EL PRIMER VISLUMBRE
Sesenta y tres días antes
La sangre olía distinto cuando se enfriaba. Roan Corveth lo sabía mejor que ningún ser vivo del continente, porque llevaba dos siglos provocando que se enfriara.
Recién derramada tenía un olor brillante, casi dulce, metálico como una moneda bajo la lengua. Después, conforme el calor del cuerpo la abandonaba, se volvía densa y terrosa, y al cabo de unas horas no era más que barro con un recuerdo de hierro. Roan podía fechar una matanza con los ojos cerrados, solo por el aire. Era la clase de conocimiento que un hombre no elegía tener. Le llegaba, como todo lo demás, a fuerza de repetición.
De pie en la cresta del valle de Greywilde, contemplaba lo que quedaba de la rebelión que había osado desafiarlo. Cuerpos sobre la nieve sucia. Estandartes rotos clavados en el barro como dientes arrancados. El humo de las hogueras subía recto hacia un cielo del color del hierro —no había viento esa mañana, como si hasta el clima contuviera el aliento ante él— y el aire traía consigo el inventario completo de la carnicería: hierro y entrañas, lana quemada, el hedor dulzón de los lobos que habían muerto en forma humana antes de poder cambiar de piel.
Su gente lo llamaba el Rey Licántropo. Sus enemigos tenían nombres peores: el Carnicero del Norte, el Lobo sin Luna, la Sombra que no Envejece. A Roan le daba igual cómo lo llamaran, siempre que lo dijeran arrodillados. Los nombres eran herramientas. El miedo era una herramienta. Dos siglos atrás había aprendido que un rey no necesitaba ser amado para mantener la paz; necesitaba ser ineludible, y eso él lo era como la nieve en invierno.
—Está hecho, mi rey. —Marcus se detuvo a su lado, limpiando la hoja de su espada con un trapo que ya no servía para limpiar nada—. El alfa Drennan ha caído. Su manada se ha rendido o ha huido a los pasos altos. Greywilde es vuestra otra vez.
—Greywilde siempre fue mía. —Roan no apartó la mirada del campo—. Solo lo habían olvidado. La gente olvida deprisa, Marcus. Esa es la única constante de gobernar a los vivos: que hay que recordarles, una y otra vez, lo que cuesta la memoria corta.
Marcus no respondió. Llevaba un siglo a su lado y había aprendido cuándo las palabras del rey pedían eco y cuándo pedían silencio. Esta vez pedían silencio.
Drennan. El nombre le dejó a Roan un regusto a ceniza. Hacía tres semanas, ese mismo alfa había tendido una emboscada a Tobias —el segundo de Roan antes que Marcus, un lobo que había peleado a su lado durante ochenta años, que había reído con él junto a mil hogueras— y lo había destripado bajo bandera de tregua. Sin desafío. Sin honor. Un cuchillo en la oscuridad y una carcajada que tres testigos juraron haber oído. Roan había cruzado tres territorios para cobrarse esa deuda, y esa misma mañana, por fin, la había saldado con sus propias garras, sintiendo cómo la vida abandonaba al traidor bajo sus manos.
Debería sentir algo. Esa era la verdad que lo carcomía mientras contemplaba el campo: debería sentir algo, y no sentía casi nada. Antes lo sentía. El frío placer de la victoria, la satisfacción ordenada de un problema resuelto con violencia, hasta una pena limpia por los suyos caídos. Doscientos treinta y siete años atrás, su primera matanza lo había hecho temblar durante una semana entera; había vomitado tras su primer duelo a muerte, joven y verde y todavía humano por dentro. Ahora vengar a un amigo de ochenta años era como contemplar un campo arado. Trabajo terminado. Tierra lista para lo siguiente.
Esa era la verdad que nunca confesaría a nadie, ni siquiera a Marcus: estaba cansado. No del cuerpo —su cuerpo no se cansaba, ni envejecía, ni le concedía la misericordia de fallar— sino de algo más hondo, una fatiga