: Al-Anon Family Groups
: Los Doce Pasos Y las Doce Tradiciones de Al-Anon
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Nuestros dos primeros Legados, Los Doce Pasos y las Doce Tradiciones, cobran vida mediante ensayos, reflexiones personales e historias de los miembros de Al-Anon.

PRIMER PASO


Muchos de nosotros vinimos a Al-Anon a aprender el “secreto” para obligar a un ser querido a dejar el dañino y degradante abuso del alcohol. ¡Cuán desalentador nos pareció al principio cuando escuchamos que no había nada que pudiéramos hacer para obligar a alguien a alcanzar la sobriedad! Nos sentíamos sin ayuda ni esperanza, pero aún no estábamos dispuestos a darnos por vencidos. Sin embargo, fue muy alentador saber que nuestro temor de ser responsables del alcoholismo de otra persona era infundado.

Al aceptar el Primer Paso, reconocimos que no teníamos poder para obligar a otra persona a dejar de beber, y que las amenazas, los ruegos y nuestra firme voluntad eran igualmente inútiles. Nuestros ardides y amenazas sólo lograron dejarnos física y emocionalmente exhaustos. No teníamos el poder para lograrlo; nos pidieron que admitiéramos que era así y que debíamos creerlo si deseábamos mejorar nuestra forma de vida.

Es posible que algunos de nosotros, que asumimos grandes responsabilidades, encontrásemos difícil soltar las riendas y admitir que éramos incapaces respecto a algún asunto en nuestra vida que creíamos que debía cambiarse. Lo considerábamos una derrota, mas estábamos determinados a no dejarnos vencer ante lo que pensábamos que era un objetivo que valía la pena: la sobriedad de un familiar o de un amigo.

Cuando algunos de nosotros vinimos a Al-Anon por primeravez en busca de ayuda, no estábamos en un estado mental de admitir nada, excepto lo mal que nos trataba la vida. ¡Qué difícil era enfrentarnos a la idea de que éramos incapaces de introducir cambios en algún aspecto de nuestra vida! Al asistir a las reuniones de Al-Anon y hablar con otros miembros del grupo, recordábamos esta realidad día tras día. Se hizo más fácil aceptar algo que sabíamos que no podíamos controlar. Fue un gran alivio aprender que el alcoholismo es una enfermedad. Nos dimos cuenta de que era inútil luchar contra una enfermedad por medio de razones. Llegamos a la conclusión de que nuestra intervención directa no haría que un alcohólico dejara de beber o que una persona cambiara.

También estábamos los que vinimos a nuestras primeras reuniones de Al-Anon después de que nuestros seres queridos habían dejado de beber. Al principio de la sobriedad, algunos estábamos seguros, equivocadamente, de que a partir de entonces nuestras vidas serían perfectas. Algunos de nosotros experimentamos nuevos temores y resentimientos ya que el alcohólico o la alcohólica buscaron la solución a su problema sin nuestra ayuda. Además, teníamos que darnos cuenta de lo inútil que era tratar de controlar a los demás. Cuando nos percatábamos de que estábamos controlando de nuevo, recordábamos que no teníamos el poder ni el derecho de ejercer poder sobre nadie, excepto sobre nosotros mismos.

Una vez aceptados estos hechos, descubrimos un secreto importante e inspirador: como librarnos de la frustración y la confusión y encaminarnos hacia la felicidad y la estabilidad emocionales.

Cuando se abrieron nuestros ojos, nuestros oídos y nuestros corazones, pudimos liberarnos de nuestra rígida determinación de obtener las cosas tal como las queríamos. Entonces empezamos a progresar.

Comenzamos nuestro progreso al vencer el impulso de criticar o culpar, incluso cuando creíamos tener razón; nos repetíamos que probablemente sólo estábamos empeorando las cosas.

Una vez que reconocimos que no podemos obligar a nadie a cambiar, la sensación de alivio, rendición o de soltar las riendas nos ayudaron a aflojar el nudo sofocante de las emociones destructivas: la culpabilidad, el miedo, la autocompasión y el resentimiento. Descubrimos, para sorpresa nuestra, una nueva sensación de relajamiento, como si nos quitaran un gran peso de encima. En Al-Anon aprendemos a expresar el desprendimiento emocional de nuestros problemas a través de lemas tales como “Vive y deja vivir” y “Suelta las riendas y entrégaselas a Dios”.

Libres de la obsesión que sentíamos por otra persona pudimos concentrarnos mejor en nosotros mismos. Examinamos como nuestra vida se había vuelto ingobernable. ¿Cómo cambiamos nuestra actitud negativa? ¿Cómo encontramos el camino al conocimiento propio? ¿Qué medidas tomamos para cambiar y mejorar y cómo y dónde obtuvimos la ayuda que necesitábamos?

Las respuestas a estas interrogantes se encuentran en la aplicación de los Doce Pasos sugeridos para lograr la recuperación, los cuales han sido utilizados con éxito por otras personas con problemas similares. Comenzamos con la piedra angular de todos ellos: el Primer Paso.

De todo el caos que existía pudimos extraer cierto orden. Se hizo cada vez más fácil aceptar la idea de que podíamos hacernos cargo de nosotros mismos. Cada vez que nos desprendíamos de algo, progresábamos más.

Al admitir que carecíamos de poder sobre el alcohol, que carecíamos de la habilidad para dirigir la vida de otra persona y que nuestra vida era ingobernable, estuvimos listos para buscar más allá de nosotros mismos la fortaleza que necesitábamos para empezar una nueva forma de vida.

Reflexión

No es fácil admitir la derrota, especialmente cuando he intentado durante tanto tiempo resolver mis problemas a mi manera, pero sé que no puedo progresar a menos que esté dispuesto a tratar de dejar de controlar a los demás y sus compulsiones. Con la ayuda de mis amigos del programa, entiendo cada vez mejor lo inútil que resulta luchar contra la forma de beber o la forma de pensar de otra persona.

Sé que las acciones y reacciones de los que entran en contacto con esta enfermedad familiar se afectan. Pero también sé que fui yo quien permitió que mi vida se volviera difícil y confusa. Si puedo desviar mi atención de los demás, puedo ver cuánto yo contribuí a que mi vida fuera desagradable. Debo recordar que el inicio del proceso de liberación de toda mi ira y mi frustración sólo depende de lo que yo esté en disposición de hacer. Solamente puedo comenzar la búsqueda de mi serenidad cuando me pueda liberar de mi obsesión por los demás.

Un relato sobre el Primer Paso

Mi esposo, Pedro, salió un viernes por la mañana para la ciudad a entrevistarse nuevamente para otro empleo. Le rogué con insistencia que estuviera de vuelta a casa al atardecer y así me lo prometió.

¡Debí habérmelo imaginado! Otra noche de desvelo, mirando por la ventana preguntándome qué había pasado esta vez. ¿Cómo pude creerle cuando dijo que regresaría? Pensé que no valdría la pena investigar en los bares cercanos como yo solía hacer, porque seguramente todavía estaba en la ciudad.

Había prometido ir a la licorería del barrio el sábado por la mañana para reponer el dinero de uno de los cheques sin fondos hechos por Pedro. Esto sucedía a menudo y cada vez que me llamaban para que me hiciera cargo de la situación yo lo hacía. Cuando salí hacia allá me sentía abatida.

Entre nuestra casa a la cercana estación del ferrocarril hay una autopista de seis carriles. En el preciso instante en que la iba a cruzar, la luz del semáforo cambio a rojo, y para mi horror, al otro lado, tratando de caminar, tambaleándose en medio de todo aquel tránsito, estaba Pedro. Mi primer impulso fue apresurarme hacia donde él estaba, pero sabía cuan inútil sería. Completamente desesperada, cerré los ojos y me dije, “¡Dios mío!, ¡Dios mío!”

Cuando el tráfico se detuvo ante la luz roja, miré, y allí, al otro lado de la autopista, un hombre fornido, un desconocido, sujetaba del brazo a mi marido con firmeza, ayudándolo a cruzar hasta un sitio seguro. Cuando llegaron adonde yo estaba, le di las gracias al hombre con voz temblorosa.

Fue en ese momento que me di cuenta, ante esta situación de vida o muerte, de que alguien se había encargado de esta crisis y que ese alguien no había sido yo. Yo no tenía poder, pero Dios sí. Fue entonces cuando por fin comprendí el significado del Primero Paso.

Todavía tenía que ocuparme del asunto del cheque; lo había prometido. Pero juré que esa sería la última vez y tenía la firme intención de cumplirlo. Fui a la licorería, todavía temblorosa por el sobresalto sufrido. Expliqué que esa era la última vez que repondría el dinero de los cheques de Pedro; si el propietario del lugar estaba dispuesto a darle crédito tendría que cobrarle al mismo Pedro. El hombre estuvo de acuerdo y entonces me dijo: “Sabe, su esposo debería ir a A.A.”

¡Qué ironía! Le dije que hacía años que estaba tratando de que fuera a A.A.

“Bueno”, contestó, “quizás usted ha estado...