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Melina
Con los dedos apretados con fuerza contra sus mejillas para detener las lágrimas, Melina apenas distinguía las formas borrosas de Mamá y Papá mientras el autobús dejaba atrás la estación. Se abandonó en el asiento de plástico pegajoso y miró con los ojos entrecerrados por la ventana trasera hasta que solo fueron puntos borrosos en el horizonte. En la parada del autobús, parecían tan pequeños. Mamá se aferraba a Papá como si todo su ser dependiera de ello, mientras él reunía toda la fuerza que su cuerpo cansado tenía para ofrecer, solo para sostenerla. Llevaba puesta su máscara de coraje, la que usaba cuando la familia oía un extraño golpe en la puerta, temerosos de que pudieran ser agentes de Inmigración y Control de Aduanas. La cabeza se balanceaba rígida sobre sus hombros estrechos y musculosos, y forzaba a su boca a formar una delgada línea recta, como si la hubieran dibujado con un marcador mágico. Sus ojos no lo delataron con lágrimas mientras miraba hacia adelante. Mamá y Papá parecían una sola persona mientras se fundían uno con otro para apoyarse. Ninguno de los dos parecía poder separarse y dirigirse con dificultad hacia la casa.
Acurrucada en lo profundo de los pliegues de su gastado abrigo amarillo favorito que Mamá había remendado la semana anterior, Melina tocó la pequeña cruz de oro. Era prácticamente todo lo que traía de casa. Algunas semanas atrás, después de retirar el último plato de la cena, Mamá había tomado la mano de Melina y la había llevado a su lugar habitual en el sofá junto a la butaca de Papá. Mamá inclinó la cabeza como para rezar, pero en lugar de eso se quitó la delicada cadena de oro del cuello y se la puso a ella.
—Esto te mantendrá a salvo, Melina. No te la quites, y recuerda cuánto te amamos. Melina sabía que había pertenecido a la Abuela y que Mamá nunca se la quitaba. ¿Qué mantendría a Mamá a salvo sin ella? Ahora era el turno de Melina de preocuparse.
Cerró los ojos y las últimas semanas se reprodujeron bajo sus párpados como un video en tiempo real. Ocultar sus temores a lo largo del verano había sido difícil para su familia, pero también les proporcionó momentos especiales. Recordar el día que Mamá la llevó de compras trajo una sonrisa al rostro marcado por las lágrimas.
—Ven, hoy vamos al centro comercial. He estado ahorrando un poco aquí y allá, y quiero comprarte algunas cosas bonitas para la universidad.
Se rieron juntas ese día mientras elegían un par de zapatos elegantes nuevos, dos jeans y un pijama rosa brillante, solo por diversión. Después, se sentaron en el parque y compartieron un vaso grande de horchata y dos tacos: uno de carne asada y otro “al pastor”. Melina quería darle otro abrazo a Mamá y decirle cuánto la extrañaría, pero ya era demasiado tarde. En lugar de eso, mantuvo los ojos cerrados y los dedos alrededor de la cruz diminuta.
Recordaba el día que Gabriela pasó por la casa para rogarle que no se fuera.
—Melina, me siento muy sola aquí, y eres la única con quien puedo hablar. Mamá casi nunca me deja salir y cuando me quedo en casa, no me habla. Solo se sienta frente al altar de Chuy con los ojos fijos en la pared. Papá se va a trabajar y me dice que la cuide, pero yo no sé qué hacer. Tú fuiste la única que se preocupó por mí después del tiroteo. No quiero que te vayas.
Era cierto que después de que asesinaran al hermano de Gabriela en un tiroteo desde un automóvil, hacía unos meses, Melina era la única en la escuela que se sentaba con ella. Los demás estudiantes se mantenían alejados, como si el simple hecho de hablar con Gabriela los hiciera igual de vulnerables. Melina recordó las primeras semanas después de la muerte de Chuy. Una mañana, de camino a la escuela, vio a Gabriela en un rincón lejano del patio, hecha un ovillo. Sabía que llegaría tarde a su primera clase, pero instintivamente se sentó con ella en el banco y la escuchó.
—Mi madre se queda en la cama todo el día y no me habla. Mi tía viene todas las tardes a encender las velas pa