José M.ª Martín Patino se confiesa[1]
1. ¿Cómo veo mi manera de ser y actuar?
La formación de la identidad individual es siempre un proceso. Al reflexionar sobre el mismo, he caído en la cuenta de los rasgos más característicos. Entre ellos uno destaca por su tozudez: la preocupación por el futuro. Las fechas de mi biografía coinciden con acontecimientos públicos que iban nublando el horizonte de mi entorno familiar y social. Cumplí seis años quince días antes de la proclamación de la Segunda República: recuerdo perfectamente el ambiente tan triste que se respiraba en mi casa. Me atreví con un amigo a salir para ver ondear la bandera republicana que había izado el jefe de Correos en mi pueblo natal; tenía once años cuando estalló la Guerra Civil y catorce cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial; durante el régimen franquista se cruzaban los sentimientos opuestos del triunfo de los católicos y la preocupación por el aislamiento internacional y la sucesión de Franco. En plena madurez, a los cincuenta años, viví muy de cerca y pude comprometerme en la transición política de la dictadura a la democracia.
Permítame el lector que sea esquemático en esta primera presentación. De lo contrario, le aburrirían las reiteraciones, si es que he de seguir fielmente el esquema que me han marcado los editores de este libro. Del quinquenio republicano recuerdo su crueldad con las instituciones católicas. La orden de retirar los crucifijos de la escuela y la expulsión de los jesuitas causaban grandes sufrimientos a mis padres, profundamente católicos e inmersos en el integrismo religioso y político. Baste decir que en nuestra casa sólo se leíaEl Siglo Futuro, un diario ultracatólico a pesar de sus grandes enfrentamientos con la misma jerarquía romana. Durante la guerra y con la victoria franquista llegamos a convencernos de que habíamos vencido al comunismo. Los obispos garantizaban la vuelta al «espíritu nacional», una expresión que después se hizo clásica y fue usurpada por el partido único. Terminada la guerra mundial empezamos a tener datos del holocausto judío y de los campos de concentración.
El Concilio Vaticano II llegó cuando terminaba mi tesis doctoral en Roma sobre los manuscritos españoles del Oficio Divino visigótico. En Alemania, durante los estudios de Teología, había incorporado casi sin darme cuenta a mi espiritualidad ignaciana el sentido de la liturgia. Me sorprendió la seriedad y exactitud de los jesuitas alemanes en la celebración de la misa, pasaba los veranos en Innsbruck, trabajando en la biblioteca del padre Jungmann, quien me introdujo de lleno en la pastoral litúrgica. Esta nueva experiencia de la celebración de la Palabra de Dios caló profundamente en mi ánimo y ha permanecido siempre. La misma investigación para la tesis doctoral me llevó a convivir largas temporadas con los benedictinos de Beuron, de San Jerónimo en Roma y Montserrat en Cataluña.
Aunque mi entorno vital actual está más cercano a la teología política, dentro del marco de la Fundación Encuentro, compruebo a diario el peso de mi preocupación por el futuro de la Iglesia católica en España y experimento una gran ayuda en la lectura de los salmos del Oficio Divino y en la celebración de la Eucaristía con el pueblo.
El propósito central de la Fundación Encuentro, que ahora trato de animar y dirigir, me lleva a mantener y multiplicar las relaciones con gentes de diversas tendencias culturales y religiosas. Es el centro de mi actividad institucional y personal. Mi «agenda» de trabajo anda siempre apretada. Tengo que aprovechar los «almuerzos de trabajo», las reuniones y debates que organizamos para vivir y hacer vivir las grandes cuestiones éticas de la esfera pública. Mi carácter se adapta tan fácilmente a este trabajo que mi actividad sorprende a los que me rodean. Tengo que sacar tiempo para leer a los autores más diversos y estar bien informado utilizando toda clase de medios.
Una buena información es la mejor arma de persuasión, y por este camino tuve que introducirme en la lectura y análisis de estadísticas, encuestas y ensayos sociológicos. Los encuentros, debates y relaciones personales que mantenemos con sociólogos, juristas, políticos y teólogos han ido fraguando el espíritu del Informe anual, cuya estructura se inspiró en el de la Fundación CENSIS italiana. Este año hemos editado ya el octavo volumen, que corresponde al año 2001, y en el que analizamos principalmente las fuerzas centrífugas cuyos procesos imparables actúan como motores de exclusión