Escribir sobre las cosas cotidianas puede resultar superficial, vaco o, incluso, poco motivador. Pero lo cierto es que suele ser lo opuesto. La espera de un anciano sentado en la vereda de su casa, el recuerdo de un viaje, el sentirse acompaado, un beso en la estacin, un abrazo c?lido, sentarse a la sombra de un ?rbol en un parque. Situaciones que, con seguridad, hemos disfrutado o nos remiten a nuestra infancia o, tal vez, son parte de nuestra vida diaria. Ese fuego es el que nos hace sentir vivos. De eso se trata este poemario, de aquellas pequeas llamas que nos habitan, que hacen, por mnima que sean, que el fuego nunca se apague. Si vive en nosotros, nos enciende. |