: Gisbert Haefs
: Alejandro Unificador de la Hélade
: Ediciones Pàmies
: 9788418491481
: 1
: CHF 7.10
:
: Historische Romane und Erzählungen
: Spanish
: 530
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Atenas, finales del siglo IV a. C. El gran Alejandro de Macedonia ha muerto, y el colosal imperio que levantó en tan poco tiempo está a punto de colapsar, víctima de las luchas entre familiares y generales del rey. Una embajada acude a la ciudad en busca del consejo de Aristóteles, antiguo preceptor de Alejandro; el sabio, ya anciano y desengañado de las miserias humanas, dará rienda suelta a sus recuerdos de aquel joven a quien antaño trató de conducir por la senda de la 'paideia'. De la mano de su memoria, el lector asiste a una de las aventuras más fascinantes de toda la antigüedad: la unificación de la Hélade y la extensión de los dominios macedonios hasta Asia. Las conquistas militares y políticas que, desde la aniquilación del ejército persa hasta la fundación de Alejandría, moldearon un imperio que hizo posible que todos vivieran bajo la misma ley. Toda una epopeya que puso fin a la época clásica y dio paso al helenismo.

Gisbert Haefs (1950) es un escritor alemán que ha cultivado diversos géneros literarios, como la novela histórica, la policíaca y la ciencia ficción. Estudió Filología inglesa y española en la universidad de Bonn. Trabajó después como traductor al alemán de literatura española, francesa e inglesa. En 2004 Haefs tradujo todas las canciones (Lyrics 1962-2001) de Bob Dylan. Ha editado y traducido obras de Rudyard Kipling, Ambrose Bierce y Jorge Luis Borges. De su narrativa histórica han sido traducidos al español numerosos títulos, que se han convertido en clásicos del género, como su aclamado Aníbal, sus dos novelas sobre Alejandro Magno, Troya, Rajá, La amante de Pilatos y El jardín de Amílcar.

I


La mentira de Aristóteles

Al este de la carretera de Acarnania se veía un grupo de esclavos acarreando y arrastrando la basura de Atenas hacia una hondonada oculta entre peñascos, al pie de la colina. El suelo estaba anegado a causa de la lluvia de la noche anterior; algunos de los hombres se encontraban tan cubiertos de barro que no se distinguían ni su piel clara ni las lechuzas marcadas con hierro candente en sus hombros. Cuatro arqueros escitas, guardias mercenarios de la ciudad, los vigilaban.

La densa masa de nubes oscuras seguía avanzando hacia el norte, mostrando sus primeros desgarros sobre los huertos y las cabañas del suburbio norteño. Cuando el último de los veinte carros, cerrados y de un solo eje, llegó a aquel vertedero entre las rocas, el terreno se hallaba ya muy removido y blando. Uno de los escitas levantó una pierna y se miró el pantalón verde adornado con rombos negros y blancos; por debajo de la rodilla, todo era una oscura bota de lodo. Arrugó la nariz, dio un tirón a la orejera de su yelmo y silbó con dos dedos.

Los esclavos empezaron a descargar: excrementos, desperdicios de comida, huesos, restos de animales, a veces envueltos en pieles o pellejos, a veces amontonados en cubos y cestos de mimbre. Bajaban de los carros esos recipientes y los arrastraban hasta el borde de la amplia hondonada. Una vez vaciados, los cestos eran llevados de regreso a los carros, donde esperaban otros hombres provistos de burdas palas, tridentes y escobas hechas con ramas secas. El escita se rascó la barba. Mientras un hombre cuyo torso era una lodosa red de cicatrices y músculos prominentes arrastraba hacia las rocas el cadáver hinchado de un perro, el escita se volvió y se dirigió lentamente hacia los otros tres arqueros. De la aljaba que llevaba al cinto sacó un pellejo, un trozo de pan y dos cebollas. Apoyados en las rocas cercanas a la carretera, donde el hedor no era tan intenso y desde donde se podía observar los campos y el camino, los escitas se dispusieron a devorar su desayuno.

De repente las nubes se abrieron; cegadoras cortinas de sol cayeron sobre la tierra. Algo brillaba al otro lado del camino, algo metálico apoyado en la pared de una inestable cabaña de madera, junto a la cual trabajaban dos campesinos de mugrientas vestiduras.

Más al norte, unos pájaros echaron a volar entre chillidos; luego aparecieron por el camino unos muchachos. Venían de recoger la fruta que la tormenta había arrancado de los árboles. Pero no llevaban cestos.

—¡Macedonios! ¡Vienen los macedonios!

Toda la gente de los alrededores dejó de trabajar y echó a correr hacia la ciudad, abandonando sus carros y utensilios. Los esclavos se quedaron como de piedra, miraron carretera arriba y empezaron a cuchichear.

Sin mostrar ninguna prisa ni nerviosismo, tres de los escitas descolgaron los arcos de sus hombros, sacaron flechas de sus aljabas y apuntaron en dirección a los esclavos. El cuarto, con la misma parsimonia, desenrolló un largo látigo.

—Seguid arrastrando mierda —dijo con voz grave y ronca—. Los macedonios no vienen por vosotros. Vamos. —Blandió el largo látigo y lo hizo restallar en el aire. Los esclavos siguieron trabajando, aunque con movimientos más torpes.

La tropa se acercaba rápidamente. Eran unos cuatrocientos soldados de a pie —la mitad de armadura ligera, la mitad hoplitas—, más unos sesenta jinetes tesalios de armadura y otros tantos jinetes tracios.