I
La mentira de Aristóteles
Al este de la carretera de Acarnania se veía un grupo de esclavos acarreando y arrastrando la basura de Atenas hacia una hondonada oculta entre peñascos, al pie de la colina. El suelo estaba anegado a causa de la lluvia de la noche anterior; algunos de los hombres se encontraban tan cubiertos de barro que no se distinguían ni su piel clara ni las lechuzas marcadas con hierro candente en sus hombros. Cuatro arqueros escitas, guardias mercenarios de la ciudad, los vigilaban.
La densa masa de nubes oscuras seguía avanzando hacia el norte, mostrando sus primeros desgarros sobre los huertos y las cabañas del suburbio norteño. Cuando el último de los veinte carros, cerrados y de un solo eje, llegó a aquel vertedero entre las rocas, el terreno se hallaba ya muy removido y blando. Uno de los escitas levantó una pierna y se miró el pantalón verde adornado con rombos negros y blancos; por debajo de la rodilla, todo era una oscura bota de lodo. Arrugó la nariz, dio un tirón a la orejera de su yelmo y silbó con dos dedos.
Los esclavos empezaron a descargar: excrementos, desperdicios de comida, huesos, restos de animales, a veces envueltos en pieles o pellejos, a veces amontonados en cubos y cestos de mimbre. Bajaban de los carros esos recipientes y los arrastraban hasta el borde de la amplia hondonada. Una vez vaciados, los cestos eran llevados de regreso a los carros, donde esperaban otros hombres provistos de burdas palas, tridentes y escobas hechas con ramas secas. El escita se rascó la barba. Mientras un hombre cuyo torso era una lodosa red de cicatrices y músculos prominentes arrastraba hacia las rocas el cadáver hinchado de un perro, el escita se volvió y se dirigió lentamente hacia los otros tres arqueros. De la aljaba que llevaba al cinto sacó un pellejo, un trozo de pan y dos cebollas. Apoyados en las rocas cercanas a la carretera, donde el hedor no era tan intenso y desde donde se podía observar los campos y el camino, los escitas se dispusieron a devorar su desayuno.
De repente las nubes se abrieron; cegadoras cortinas de sol cayeron sobre la tierra. Algo brillaba al otro lado del camino, algo metálico apoyado en la pared de una inestable cabaña de madera, junto a la cual trabajaban dos campesinos de mugrientas vestiduras.
Más al norte, unos pájaros echaron a volar entre chillidos; luego aparecieron por el camino unos muchachos. Venían de recoger la fruta que la tormenta había arrancado de los árboles. Pero no llevaban cestos.
—¡Macedonios! ¡Vienen los macedonios!
Toda la gente de los alrededores dejó de trabajar y echó a correr hacia la ciudad, abandonando sus carros y utensilios. Los esclavos se quedaron como de piedra, miraron carretera arriba y empezaron a cuchichear.
Sin mostrar ninguna prisa ni nerviosismo, tres de los escitas descolgaron los arcos de sus hombros, sacaron flechas de sus aljabas y apuntaron en dirección a los esclavos. El cuarto, con la misma parsimonia, desenrolló un largo látigo.
—Seguid arrastrando mierda —dijo con voz grave y ronca—. Los macedonios no vienen por vosotros. Vamos. —Blandió el largo látigo y lo hizo restallar en el aire. Los esclavos siguieron trabajando, aunque con movimientos más torpes.
La tropa se acercaba rápidamente. Eran unos cuatrocientos soldados de a pie —la mitad de armadura ligera, la mitad hoplitas—, más unos sesenta jinetes tesalios de armadura y otros tantos jinetes tracios.