II
Entregarse a su voluntad
«Sígueme» (Lc 9,51-62)
El Evangelio del discipulado incondicional nos indica, en el espejo de la figura del profeta Elías, quién es Jesús: «Aquí hay algo más que Elías.» Iremos viendo y explicando aquí, paso a paso, el significado de esta sentencia. Jesús aparece en ella como quien está en el camino de «dirigir su rostro a Jerusalén», avanza hacia los días en que será «arrebatado» al cielo. Como por un lado será «asumido» en la gloria de Dios, pero, por otro, y al mismo tiempo, debe permanecer actualmente visible en este mundo, ha de llamar al servicio del seguimiento.
El seguimiento se entiende aquí no en un sentido general, es decir, en cuanto dirigido a todos los hombres, en cuanto que es el camino común para encontrar al Señor. Se entiende en un sentido especial, restringido, que ya había prediseñado el Antiguo Testamento a propósito de Moisés y Elías: como seguimiento ministerial, seguimiento por encargo, un ser admitido, ser recibido, para una misión especial. Se alude, pues, a lo que más tarde fue llamado «sucesión apostólica», el sacerdocio de la Iglesia. De ahí que este pasaje del Evangelio, precisamente porque es en su totalidad un evangelio del misterio de Jesucristo, es también, al mismo tiempo, un evangelio del servicio del sacerdocio. Este evangelio nos habla a nosotros en esta hora, en la que desfila ante nuestra mirada la vasta multitud histórica de los que oyeron y siguieron esta llamada; en la que nos llega la pregunta del futuro y la llamada del presente.
Escuchemos, pues, atentamente, esta lectura evangélica, sigámosla, paso a paso, pues nos permite percibir a Jesús sobre el telón de fondo de la figura de Elías y es así como nos solicita.
«Ser arrebatado»
Lo primero que debe advertirse es que Jesús se encamina hacia aquel «ser arrebatado», aquella «asunción» que Lucas formula misteriosamente según el modelo de Elías. Lo peculiar, en efecto, de Elías, lo que le separa y distingue de todos los demás varones de Dios de la antigua alianza y le sitúa a la altura de Moisés e incluso, bajo cierto aspecto, le supera, es que él no ha bajado, como los demás hombres, al mundo subterráneo, no ha descendido a la noche de la muerte, sino que ha sido arrebatado, asumido, y sigue estando en el mundo de los vivos. Ha sido guardado, conservado para la hora del fin y por eso se espera su venida en el momento final.
Fue arrebatado, asumido, y su asunción ocurrió en un carro de fuego, a través del cual el poder ardiente e iluminador del mundo celeste parece llegar hasta nuestro mundo, para elevarlo hasta aquél. «Aquí hay más que Elías.» Pero si Jesús quería ser más que Elías, también en él debía darse la «asunción», una asunción que tenía que ser mayor y más impresionante que aquel carro de fuego que Eliseo pudo segui