: VV AA
: Dos Ruedas por el campo III Certamen Literario Mundo Rural
: Books on Demand
: 9788410922808
: 1
: CHF 4.00
:
: Gegenwartsliteratur (ab 1945)
: Spanish
: 168
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Hoy en día, el mundo rural está lleno de historias. Aquí hemos querido darle una vuelta de tuerca, incluyendo un factor clave en el campo, como han sido las motocicletas y la imaginación de los que usan la palabra escrita. Las posibilidades infinitas del ávido escritor, han creado una antología llena de pasión, que une antaño con ahora, en un bonito paisaje rural. Te atreves a dejarte guiar por una vieja Bultaco y perderte por parajes espectaculares Las mejores decisiones de la vida vienen del corazón.

Más que dos ruedas


— Zayra Abascal Mújica, Cantabria—

En un rincón polvoriento de Castilla, donde el campo se extiende hasta perderse en un horizonte que parece devorar al cielo, vivía Jesús, un niño de apenas diez años. Era un pueblo diminuto, con calles estrechas y casas encaladas, donde la vida se medía en estaciones: la siembra, la cosecha, el calor abrasador del verano y el crudo invierno que congelaba hasta los huesos. Allí no había secretos que no se susurraran y se expandieran como el viento entre las eras.

Jesús vivía con su padre, Eusebio, en una casa vieja pero robusta, construida por las manos de los abuelos que ya descansaban bajo las encinas del cementerio. Eusebio era un hombre curtido por el sol, con las manos ásperas de tanto labrar la tierra y el corazón aún más endurecido desde que la muerte de su esposa le había dejado un vacío que ni el trabajo ni el tiempo habían podido llenar. Desde entonces, el tractor, un Massey Ferguson rojo desvaído, se había convertido en algo más que una herramienta: era el símbolo de su esfuerzo, el único legado que podía mostrar con orgullo.

Jesús adoraba aquel tractor. Cuando era pequeño, su padre le sentaba sobre sus rodillas y le dejaba sujetar el volante mientras recorrían los surcos recién trazados."Algún día será tuyo", le decía Eusebio con una sonrisa fugaz, mientras el motor ronroneaba y el polvo les envolvía. Jesús se imaginaba mayor, conduciéndolo por los campos, haciendo que la tierra le obedeciera como lo hacía con su padre. Pero los sueños de los niños a menudo chocan con la realidad, y la suya estaba a punto de derrumbarse.

El principio del fin llegó un verano en el que la sequía castigó los pastos, y la poca agua que quedaba parecía evaporarse antes de tocar el suelo. El ganado, ya débil, comenzó a caer enfermo."Brucelosis", dijeron los del pueblo cuando Eusebio llevó al veterinario una vaca que apenas podía sostenerse. La enfermedad se propagó como un incendio, y en cuestión de semanas, la mitad del ganado estaba muerta. Para alguien que vivía de lo que daba el campo, aquello era un desastre. Peor aún, Eusebio, en su orgullo y confianza, no había asegurado a los animales."Nunca había hecho falta", solía decir, y ahora esa decisión lo perseguía.

—Papá, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Jesús una noche mientras cenaban una sopa aguada que su padre le había preparado.

Eusebio no respondió de inmediato. Tenía la mirada clavada en el plato, como si la respuesta estuviera en el fondo. Finalmente levantó la cabeza y le revolvió el cabello a su hijo.

—Saldremos adelante, como siempre —dijo, pero sus ojos no mostraban la misma confianza que sus palabras.

Unos días después, Eusebio tomó una decisión que le pesaría en el alma. Bajó al taller de herramientas y limpió el tractor como si estuviera preparando a un hijo para un viaje largo. Revisó el motor, ajustó las ruedas y limpió hasta el último resto de barro. Al día siguiente, se presentó en la plaza del pueblo y lo ofreció en venta.

Los rumores no tardaron en extenderse. Los hombres del bar lo comentaban mientras apuraban sus cañas, y las mujeres lo susurraban mientras colgaban la ropa en los tendederos."Eusebio vende el tractor. ¿Lo habrá perdido todo?", decían unos. Otros se burlaban abiertamente."Se lo voy a comprar por dos duros", soltó un vecino con una carcajada. Y así fue. Al final, lo vendió por un precio que apenas reflejaba su valor, porque el hambre no entiende de orgullo, y Eusebio necesitaba alimentar a sus hijos.

Cuando el tractor fue remolcado por el nuevo dueño, Jesús lo observó desde la ventana. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran. Sabía que su padre estaba luchando por ellos, aunque esa lucha les arrancara cosas que amaban. Sin embargo, no podía evitar sentir un vacío, como si una parte de su familia se hubiera marchado con aquel viejo Massey Ferguson.

Los días que siguieron fueron aún más difíciles. Eusebio salía al campo a pie, con el arado sobre los hombros, como en los tiempos de su abuelo. Trabajaba desde el amanecer hasta bien entrada la noche, mientras Jesús lo ayudaba como podía, llevando agua o simplemente acompañándole en silencio. Los vecinos seguían hablando, pero Eusebio caminaba con la cabeza alta, sin responder a las burlas. Él sabía que su deber era más grande que su orgullo.

Una tarde, mientras Jesús ayudaba a su padre a sembrar, se detuvo y le miró con seriedad.

—Papá, cuando sea mayor, te prometo que compraré otro tractor. Uno mejor, uno que nadie pueda quitarnos.

Eusebio sonrió, aunque sus ojos reflejaban una tristeza que Jesús aún no podía entender del todo.

—No necesitas prometerme nada, hijo. Solo sigue siendo el buen chico que eres. Eso es suficiente para mí.

Eusebio, después de vender el tractor que tanto había significado para él y su familia, usó el escaso dinero que obtuvo para comprar lo único que su ajustado presupuesto le permitía: una vieja Montesa Impala de los años 70. La motocicleta, olvidada en un rincón de la tienda de un mecánico del pueblo, llevaba meses acumulando polvo. Nadie quería aquella máquina con la pintura deslucida, el asiento desgastado y un motor que necesitaba más cariño que combustible para funcionar. El mecánico, un hombre robusto de carácter afable, le dijo entre risas:

—Eusebio, te llevas un trozo de chatarra, pero si le das maña, tal vez te aguante un tiempo.

Eusebio no se inmutó. Para él, aquella Montesa Impala no era un simple montón de hierro viejo; era la oportunidad de mantener a su familia a flote. La moto no era un tractor ni podía arar la tierra, pero con ella podía hacer pequeños repartos para las tiendas del pueblo y los encargos de comida que comenzaban a popularizarse. La recogió con serenidad, montó en ella mientras probaba el rugido ronco del motor, y se llevó a casa algo más que una máquina destartalada: una nueva esperanza.

Cuando llegó al patio de su casa con la moto, Jesús corrió a verla. Sus ojos se abrieron de par en par al contemplarla, no porque fuera impresionante, sino porque nunca había visto algo así tan de cerca. Aunque estaba oxidada y cojeaba un poco, para él era una maravilla mecánica. Eusebio, con una leve sonrisa, bajó de la moto y le revolvió el cabello.

—Jesús, ¿te gusta? —le preguntó, mientras se inclinaba para inspeccionar el motor.

—¡Es un poco fea, papá, pero me gusta! — contestó el niño, con la honestidad propia de su edad.

Eusebio soltó una carcajada y le guiñó un ojo.—Pues será nuestra joya. La vamos a arreglar juntos, y te voy a enseñar cómo funciona.

Así, la vieja Montesa Impala se convirtió en un proyecto compartido entre padre e hijo. Por las tardes, después de las labores del día, Eusebio y Jesús se sentaban en el patio con herramientas en mano. Eusebio desmontaba el motor mientras explicaba cada pieza y su función. Jesús escuchaba con atención, maravillado por cómo su padre parecía insuflar vida a aquel amasijo de hierro. Entre risas y manchas de grasa, pintaron juntos el chasis de un azul metálico que contrastaba con el negro desgastado del asiento. Cada tornillo ajustado y cada capa de pintura aplicada fortalecían no solo la moto, sino también el vínculo entre ellos.

Aunque el pueblo murmuraba. Había vecinos que se reían al ver a Eusebio pasar con su Montesa, cargando pequeñas cajas o paquetes para los comercios. Aquellos que aún conservaban tractores nuevos y rebaños prósperos decían entre dientes:

—Mira al Eusebio, de tractorista a recadero.

Pero Eusebio nunca perdió la calma. Agradecía a la moto la posibilidad de seguir trayendo comida a la mesa, por modesta que fuera. Para él, no importaba el qué dirán, sino el sustento de su hijo. Y poco a poco, la moto comenzó a ocupar un lugar especial en su vida, porque no solo le daba trabajo, sino también una inesperada alegría.

Un día, mientras hacía un reparto al supermercado del pueblo, Eusebio conoció a Rocío, la cajera. Era una mujer sencilla, de sonrisa cálida, que había enviudado hacía años y vivía con su madre al otro lado del pueblo. Como Eusebio tenía que pasar cerca de su casa al hacer los repartos, comenzó a ofrecerle llevarla en la moto. Al principio, Rocío aceptaba con cierta timidez, pero con el tiempo empezó a esperarle con alegría. El sonido inconfundible de la Montesa era la señal de que Eusebio llegaba.

En cada viaje compartido, las risas y las conversaciones comenzaron a llenar el aire. Jesús, quien observaba desde la distancia, empezó a notar algo diferente en su padre. Había una luz en sus...