Prefacio
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Su medio preferido fue la palabra, la conversación de forma individual o con un gran grupo de personas. Tenía la sorprendente habilidad de dirigirse a un individuo en particular, aunque estuviera rodeado de centenares de personas. Sus cintas, sus libros y sus películas son más bien como la encarnación de sus conversaciones o charlas. La abrumadora impresión de cuantos lo conocieron, brevemente o durante más tiempo, sobre todo, en relación con su comunidad hogareña, pero en expansión de L’Abri, en Suiza, fue su amabilidad, una palabra que aparece constantemente cuando otros lo recuerdan, ya sean holandeses, ingleses, americanos, irlandeses o de cualquier otra nacionalidad.
Su atuendo era poco convencional y memorable, pulcro, con un pantalón bombacho hasta la rodilla y algo colorido; más tarde una perilla que le proporcionaba un aspecto más artístico y culto que lo alejaba del estereotipo del pastor evangélico. Era moderno, podía hablar de Bob Dylan, de Jackson Pollock o de Merce Cunningham, del viejo Wittgenstein o del joven Heidegger y de la neoortodoxia. Habló del posmodernismo en los sesenta, antes de que fuera claramentepos.Desafiaba abiertamente el pietismo evangélico fundamentalista y, posteriormente, la superespiritualidad a la que tildaba de “neoplatónica”. Estos desafíos provocaron que más de uno de sus estudiantes, entre los que me cuento, se preguntaran cómo podía ser a la vez “neo” y “platónica”, pero tuvieron el efecto deseado de conducir a una peregrinación espiritual que, muy a menudo, causaba dolor.
Francis Schaeffer era una hombre menudo cuya gigantesca pasión por la verdad, por lo real, por Dios y por las necesidades de las personas, lo convirtió en un creador de opinión clave para el cristianismo moderno, mayor que cualquier etiqueta que se le pudiera atribuir. Esta biografía presenta su formación y sus logros, iluminando su compleja personalidad y su brillante enseñanza.
Después de haber estudiado con él, en mi juventud, haberlo entrevistado casi al final de su vida y haber escuchado cómo muchas personas reconocían su deuda hacia él, esperé en vano la aparición de una biografía completa. Por tanto, he tratado de suplir esta necesidad. Hace casi un cuarto de siglo desde su muerte y creo que la esencia de su mensaje sigue siendo tan importante como lo era cuando vivía. Tiene algunos detractores pero, en mi opinión, siempre elude sus redes. He tratado de presentar un retrato cercano, preciso y con todos los defectos de un personaje fascinante y complejo que siempre será recordado.
Para asegurar que voy a presentar un retrato fidedigno suyo y lo más objetivo posible, me he dejado guiar por un historial oral de más de ciento ochenta mil palabras concernientes a Francis Schaeffer. Lo recopilamos el historiador Christopher Catherwood, su esposa, la musicóloga Paulette Catherwood, y yo mismo. Realizamos entrevistas en Suiza, Holanda, Inglaterra, Irlanda del Norte y Estados Unidos; hablamos con personas muy diversas y, entre ellas, antiguos miembros de L’Abri, trabajadores, ayudantes, estudiantes y también miembros de su familia más cercana.
He utilizado, asimismo, el archivo de la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos, antiguos escritos de Francis Schaeffer, cartas, la biografía y las memorias de Edith Schaeffer, los escritos del novelista Frank Schaeffer y las valoraciones de este pastor intelectual (incluidas las revistas Time y Der Spiegel). He volcado todo esto en un relato continuo para que el lector pueda llegar a conocer a Franc