: Leo Augliera
: La Taberna Del Oso Perverso
: Tektime
: 9788835474319
: 1
: CHF 4.40
:
: Dramatik
: Spanish
: 226
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB

Esta es la historia de Marco, un periodista a la deriva tras la violencia sexual sufrida por su mujer y su suicidio. La desesperación y el deseo de cambio lo transportan a lugares alejados de su mundo. Se encuentra, casi sin quererlo, frecuentando los barrios bajos de su ciudad y un tugurio, 'La taberna del oso perverso', donde conoce a una humanidad abandonada al margen de la legalidad, compuesta en su mayoría por ciudadanos extracomunitarios. Entre ellos destaca Ígor, un húngaro culto con experiencias intensas en Oriente Medio, donde ha combatido como contratista y como voluntario al lado de los kurdos contra ISIS. Marco se siente atraído por su personalidad, pero descubrirá algo que lo perturbará y agravará su crisis existencial.

2
Cuando volví a abrir los ojos estaba en la cama de una habitación de hospital. No podía mover la cabeza debido a un fuerte dolor. Por el rabillo del ojo pude notar el blanco inmaculado que reinaba en la habitación: el techo, las paredes, las sábanas y hasta los pocos muebles, todo era blanco. Creí haber pasado mucho tiempo en un estado semiconsciente, inmerso en aquella miseria aséptica y esto me provocó un profundo malestar. Inesperadamente sentí una extraña fuerza vital emergiendo desde el fondo de mi estómago. Con esfuerzo, giré la cabeza hacia la ventana y, aunque solo veía la penumbra debida a la caída de la tarde, de todos modos, mi corazón se abrió. La alegría duró poco, un dolor agudo en el costado me obligó a apoyar la cabeza en la almohada, devolviéndome una vez más a la blanca miseria de la habitación.
Llamó mi atención el molesto sonido de pasos apresurados acercándose. Después de unos momentos, dos médicos y una enfermera entraron; procedieron rápidamente, distraídamente, con aire de que, por enésima vez, repetían estos actos. Se pararon al pie de la cama y me miraron en silencio, como si intentaran estudiar mi aspecto desde esa distancia. Pensé que no irían más allá de esa mirada fugaz, pero debí pensarlo nuevamente, el médico de más edad se separó del grupo y se colocó a mi lado. Desde esa distancia lo vi claramente: era un hombre apuesto que se encontraba al final de su carrera, con barba y cabello brillante, cuidadosamente arreglado. Me pareció bastante alto, varios centímetros más alto que el colega que lo acompañaba. Tenía un porte confiado, casi arrogante, típico de alguien acostumbrado a gestionar las precarias existencias de los demás. Tomó con firmeza el historial médico y lo miró fijamente durante un largo momento. Molesto, miró su reloj como si hubiera recordado un compromiso, hizo una mueca de contrariedad y volvió a mirar la carpeta. Tuve la impresión de que, mientras hacía esos gestos bruscos y decididos, estaba pensando en algo que no tenía que ver conmigo. El otro médico, un hombre huesudo de unos cincuenta años, con anteojos y una calvicie que ahora había invadido su brillante cráneo, me miraba con ojos distraídos. La enfermera que los acompañaba, una muchacha sencilla, de cabello y pestañas muy rubias, miraba al médico jefe en silencio, con una expresión que me pareció demasiado respetuosa. Desconcertado por su silencio, me esforcé por dejar escapar un leve jadeo que fue suficiente para atraer su atención. El médico de más edad levantó la vista del historial y comenzó a observarme con curiosidad. Clavó su mirada en mí, buscando en mi rostro una señal que yo, exhausto, no podía darle.
«Doctor, ya despertó».
Después de un largo silencio, la voz de la enfermera resonó en mi cabeza como el sonido de cien campanas.
El hombre dejó lentamente el historial y bajó la cabeza hasta quedar a centímetros de mi oreja. «Intente no forzarse a hablar, aún es muy pronto».
Susurró las palabras con tal dulzura que me sonaron siniestras, idénticas a las fras