Londinium, el germen de lo que hoy conocemos como Londres, tuvo su origen en un contexto de conquista y expansión. Fue en el año 43 d.C., bajo el reinado del emperador Claudio, cuando las legiones romanas desembarcaron en Britania con el propósito de consolidar su control sobre esta isla rica en recursos. En aquel entonces, las tierras que rodeaban el río Támesis eran un paisaje de bosques y marismas habitado por tribus celtas, como los catuvellaunos y los trinovantes, que comerciaban esporádicamente con los romanos, pero que pronto se enfrentarían a la maquinaria militar del imperio.
La ubicación estratégica del río Támesis fue clave para la fundación de Londinium. El Támesis no solo ofrecía un acceso natural hacia el interior de la isla, sino que también era un punto ideal para conectar el comercio entre Britania y el resto del imperio. Los romanos, siempre pragmáticos en su planificación, identificaron rápidamente el potencial de este enclave. Fue en una colina baja en la ribera norte del río donde establecieron