1. LA BIOÉTICA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
LA BIOÉTICA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
Lydia Feito Grande
Profesora de Bioética e Historia de la Medicina.
Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid.
<lydia.feito@med.ucm.es>
«Esto de la ética es muy delicado: hay muchas formas de hacerlo mal y pocas de hacerlo bien.»[1]
1. EL INICIO DE LA BIOÉTICA EN LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
Para poder hacer un relato mínimamente completo de los orígenes y desarrollo de la bioética en la Universidad Complutense de Madrid, es preciso remontarse al pasado, algo más lejos de los veinticinco años que conmemoramos como tiempo de vida del Seminario de la Cátedra de Bioética de la Universidad Pontificia Comillas, y mencionar una figura extraordinaria del panorama de intelectuales que tuvo que sufrir la guerra civil: Pedro Laín Entralgo.
Pedro Laín Entralgo accedió en 1942 a la Cátedra de Historia de la Medicina, en la Facultad de Medicina –que fue la de Gregorio Marañón, la de Ramón y Cajal, la de Severo Ochoa–, cuando la Universidad Complutense todavía no había recuperado el nombre original de su fundación por el Cardenal Cisneros en 1499, y se llamaba Universidad Central. En aquella época de reconstrucción tras la guerra, las cosas no eran fáciles. Fue rector de la universidad de 1952 a 1956, intentando una apertura intelectual novedosa, y tratando de devolver a la institución su nivel intelectual, sanando viejas heridas y recuperando profesores, lo que le generó no pocos problemas y enemigos.
Frente al positivismo y su confianza ciega e ingenua en la ciencia, Laín Entralgo consideraba que la ciencia es un saber parcial y penúltimo sobre las cosas y sobre la realidad, nunca definitivo, de modo que siempre está necesitado de rectificaciones y nuevas aproximaciones. Esta es la razón de que el sentido de sus descubrimientos no pueda entenderse más que en perspectiva histórica. La ciencia es rigurosamente histórica, como lo es también el conocimiento humano.
La tarea de Laín estará, pues, basada en el estudio de la historia porque sirve «para entender mejor el presente y para mejor planear el futuro».[2] La historia de la ciencia no puede considerarse, desde su perspectiva, algo erudito y superfluo, sino consustancial al propio progreso científico.
La inquietud intelectual y la apertura al conocimiento que muestra Laín es una de las consignas que han marcado su magisterio y el de quienes le han seguido. Desde una perspectiva que se sabe siempre incompleta, abre la ciencia y la medicina, a las humanidades y la filosofía, como único modo de comprender lo humano. Laín es un historiador de la medicina, pero es mucho más que eso. A través del drama de la historia de España y de la mano de Ortega y Gasset, se introduce en la historia y descubre su valor como método de conocimiento, porque la génesis de los problemas es histórica y la razón humana tambi