INTRODUCCIÓN
«Me pareció oír una voz de lamentación salida de la Edad de Oro, que me dijo que somos imperfectos, que estamos incompletos y que no somos como una hermosa tela tejida, sino como un lío de cuerdas anudadas y arrojadas a un rincón (…) Las hadas y los espíritus más inocentes moraban en su interior y se lamentaban de nuestro mundo caído en el lamento de los juncos agitados por el viento, en el canto de los pájaros, en el quejido de las olas y en el dulce canto del violín» (W. B. Yeats)[1].
La tensión entre lo que es y aquello que nos gustaría que fuese el mundo, aquello que no somos y nos gustaría llegar a ser, nuestros anhelos y ensueños frente a la servidumbre de los hechos, la nostalgia por los paraísos perdidos y las edades de oro soslayadas por eras posteriores de catástrofes y medianía o los esquemas sociales y políticos de perfección esbozada en un borrador de orden irreal y quimérico confrontados con la penuria de lo cotidiano. Así es la utopía, un no-lugar, una imagen fugitiva y evanescente de un mundo de venturosa felicidad, alternativa crítica al orden sociopolítico, económico y cultural propio de cada momento. Siempre al límite, fugaz y difícil de definir –sometida a un profundo desgaste por el uso popular y por las controversias filológicas y conceptuales del ámbito académico–, la utopía es un patrón de excelencia de los modelos sociopolíticos y económicos al que nada resulta ajeno. Con independencia de que adopte la forma de literatura de viajes fantásticos a lugares de idílica armonía, que se revista de la función de instrumento reflexivo y novedoso de crítica ideológica o del contenido de elocuente manifiesto del moralismo político e incluso que encubra una herramienta perenne y simbólica para transmitir conocimientos, el toque optimista del pensador utópico alcanzaría todos los ámbitos de la existencia. La condición humana, el amor, el trabajo, la familia, la guerra, la propiedad privada, la educación y la religión son sólo algunos ejemplos del amplio catálogo de cuestiones esenciales de la filosofía política y la antropología filósofica que contemplarían con una mirada imaginativa los esmerados prototipos de felicidad humana. Estos vuelos de la imaginación relativos al orden de perfección siempre contemplan el estandarte del ideal desde ángulos profundamente innovadores. De su investigación académica se encarga un ámbito del conocimiento científico, el estudio del pensamiento utópico.
El pensamiento utópico, además, mantiene vínculos con el pensamiento político y con el conjunto de ideas y de propuestas para la práctica política de diversas ideologías. Una de ellas, el conservadurismo, es presentada convencionalmente como la negación de la utopía. La teoría política conservadora estaría caracterizada por su defensa de la continuidad de los vínculos que mantenemos con el pasado, por el importante papel que desempeña la experiencia para conducir con éxito los asuntos públicos y privados –puesto que la sabiduría no descansaría en abstracciones teóricas, abstractas y universales sino en el caudal de conocimientos transmitidos e incrementados intergeneracionalmente–, por el pesimismo antropológico y por el carácter orgánico de las sociedades. Esta conversación con la tradición se mostraría escéptica respecto de los borradores que pretenden erigir un orden nuevo para la política y la sociedad al coste de suprimir todo lo anterior. Al mismo tiempo, la mentalidad conservadora aboga por el gradualismo en el cambio social, la intuición, la conciliación de intereses y el pacto como la mejor forma de entender la política. Política que adoptaría para el conservador la forma de un taller artesano y no la de un laboratorio cartesiano de planos perfectos emanados de la razón humana. Frente al boceto para construir un futuro excelso y la convocatoria utópica al ideal de la perfección, el conservadurismo –asevera el consenso académico convencionalmente establecido– opondría su apego al principio de realidad y su rechazo a la fantasía. En consecuencia, no habría lugar para la utopía en el seno de la mentalidad política conservadora. O no debería haberlo, puesto que no es una cuestión pacífica.
Por ese motivo, porque no es una cuestión definitivamente clausurada, en las siguientes páginas aspiro a demostrar la existencia de una utopía conservadora. Una latencia utópica que subyace en el conservadurismo y que permite rebatir la convención académica firmemente asentada que equipara ambas tradiciones políticas como arquetipos del idealismo y del realismo, respectivamente, y las haría irreconciliables entre sí. De esta manera, el supuesto desdénde la sabiduría política conservadora que contempla lo utópico como una premisa optimista pero irreal, progresista y totalitaria sería un reduccionismo ideológico caracterizado por dos elementos. En primer lugar, vincula la utopía con ideologías de izquierdas. Segundo, devalúa el pensamiento imaginativo como elemento de reflexión política. Por tanto, defender la existencia de una utopía conservadora es una afirmación provocadora que supone el intento de superar una relación polémica y aparentemente antitética entre dos ámbitos del pensami