: Diego Ignacio Rosales Meana
: Antropología del deseo La existencia personal de Agustín de Hipona
: Universidad Pontificia Comillas
: 9788484688525
: Colección de Filosofia. ACENA
: 1
: CHF 7.10
:
: Philosophie
: Spanish
: 294
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
La tarea que se ha planteado el autor de este libro consiste en presentar bajo términos contemporáneos la magna quaestio de la antropología filosófica clásica: ¿Quién es el hombre? La hipótesis de respuesta es el deseo (appetitus), fenómeno humano cuyo despliegue configura no solamente las acciones de los hombres sino también su identidad. Al mismo tiempo, el autor ofrece una lectura renovada del pensamiento de san Agustín. Si bien echa mano de fuentes primarias, su intención no es dar la última palabra sobre la interpretación del obispo de Hipona, sino tomarlo como punto de partida para plantear, de manera nueva, una hipótesis filosófica sobre el hombre. En este sentido, el libro que el lector tiene en sus manos intenta ser una fenomenología de la existencia personal, pero también busca ir más allá de ella y constituir la base para una verdadera filosofía de la persona.

Investigador de tiempo completo en Hápax, Centro de Investigación en Humanidades. Co-fundador de LUMBRAL, un estudio de branding que crea y desarrolla identidades de marca en sus aspectos verbal y gráfico, conjungando Filosofía + Diseño. Doctor en filosofía por la Universidad Pontificia Comillas, Madrid. Profesor de Ética y Humanidades en el Tec de Monterrey.

INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

Todo el mundo se fatiga para comer

y a pesar de todo su apetito no se sacia

~Qohéleth 6,7

1. La alegría y el dolor

La alegría del amor con el que la vida surge en mí, elfiat con el que abro los ojos al mundo, reciben su contraste cuando acontece en mi existencia el dolor. En el momento en el que soy atravesado por el absurdo aprendo mi vulnerabilidad y mi fragilidad. Sin embargo, ni la más espantosa Medusa puede volver por completo piedra un corazón nacido carne. Siempre, en lo más hondo de la abismática hondura del alma humana, hay un resquicio de nervio y de calor que puede amar y que sigue queriendo ser amado, igual que en elfiat con el que abrió los ojos a la vida en el primer momento.

Hay un axioma: todos hemos sido visitados alguna vez por la alegría, pero también hemos sido visitados por el dolor. Tan importantes son las marcas de ella como las de éste. Si la alegría configura y construye, cuaja el alma, el dolor nos muestra, en cambio, que vivimos en precario. Si bien estas verdades son de relativa evidencia, de ahí en adelante, sobre qué haya de ser la vida, es impensable una demostraciónmore geometrico. No todos sobrellevamos de igual manera los golpes del sufrimiento y las albricias del gozo. Hay a quienes el dolor les abre el alma de par en par y los convierte en fuente de sensibilidad y de vulnerabilidad a todo siguiente sufrimiento, pero también hay quienes al ver venir el sufrimiento y padecerlo, lo asumen como una visita definitiva y, horrorizados hasta esconder su cabeza entre las piernas, su corazón se hiela y comienza a pensarse a sí mismo impenetrable.

No puedo ser ciego a que para muchos seres humanos surge así la vida y que después del espanto prefieren vivir en la superficie y sin que nada del mundo haga mella en ellos. Si bien la pasión en ellos ha disminuido al mínimo de la supervivencia o está entregada al florilegio de lo superfluo, sin duda no ha muerto el fuego que anima cada uno de sus actos. Aunque hayan sido tocados por el mal, no necesariamente se han tornado malos.

Es una urgencia, por eso, comprender por qué hay corazones que se han cerrado a sí mismos y por qué hay otros que, heroicamente, soportan su destino y cargan consigo incluso el dolor de los demás. Éste es quizá el único problema filosófico que valga la pena rumiar perennemente: ¿Qué hago con esta experiencia que me ha sido dada sin pedirla? ¿Qué hago con esta vida, hecha de dolores y alegrías? «¿Qué es lo que quiero decirte, Señor, sino que no sé de dónde he venido aquí, a ésta que llamo vida mortal o muerte vital? No lo sé»[1], dice san Agustín, en lo que puede considerarse uno de los más sinceros actos de confesión que puede hacer un hombre. El mal existe, y tiene muchas formas. Hay hombres que no saben ni siquiera que están medio viviendo, presos del temor, enclaustrados en sus propias sensaciones sin poder salir de sí, sin asumir su propia libertad y comprometerla en un amor que abra las puertas de la dicha.

El mal existe, y pregunto entonces: ¿Qué es esto en donde he venido a caer? ¿Por qué vivo sin haberlo yo querido? Nadie tuvo la delicadeza de preguntarme si quería yo venir a este mundo y, sin embargo, aquí estoy y debo hacerme cargo de mi vida. Quien ha permitido que estas preguntas hagan germen se ha vuelto un problema para sí mismo. Soy una pregunta abierta: la vida no es diáfana y no siempre sé qué hacer con mi propia libertad. Quiero, a