: Carlos Rodriguez Magallon
: En-sueños El cuerpo sutil
: Books on Demand
: 9788411749619
: 1
: CHF 9.70
:
: Gegenwartsliteratur (ab 1945)
: Spanish
: 400
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Hay sueños que no lo son. Hay tiempos que no existen. Hay amores que sobrepasan lo conocido. Hay errores que matan. Hay pequeñas equivocaciones que modifican a la humanidad por completo. Hay múltiples bifurcaciones a lo largo de tu sendero principal. Lo que no puede suceder puede que exista. Coge tu linterna y no dejes de iluminar en todas direcciones. Así podrás decidir qué senda lleva tu nombre. Todo ello está en este libro si lo sabes leer.

Nacido en el año 1948, escritor del ensayo"LO QUE RODEA EL ENTORNO", de la antología poética"EL ROBLE SECO", del libro de cuentos para adultos"10 RELATOS Y UNA PREGUNTA" y de una novela"MELISA". Actualmente con un pie en el silencio de la naturaleza leonesa y otro al borde del Atlántico Vigués.

1-LAS COSAS DE CADA DÍA


(Lo que me falta a mí, lo tengo yo)

Todo debió comenzar de la manera más inesperada y simple. Hacía años que había leído un libro titulado “El pesador de almas”, de André Maurois.

La historia que contaba era aparentemente muy sencilla: se trataba de una persona que había descubierto que, al morir, nuestro cuerpo pasaba a pesar unos gramos menos. Pensando que era el espíritu que se marchaba trataba de contenerlo en recipientes de cristal.

Luego observaba cómo en cada recipiente en el que había atrapado un espíritu había una especie de nube coloreada: Colores diferentes para personas diferentes. Pero a nadie más se le ocurrió y su descubrimiento desapareció con él.

Durante muchos años no me volví a acordar de esa historia. La verdad es que tampoco tuvo una gran repercusión en mí porque mi vida comenzó de una forma de lo más anodinay vulgar. Una vida de familia, de colegio y, al final, de oficina amorfa, monótona y aburrida. Una oficina que me permitía vivir de una forma lo suficientemente cómoda como para no cuestionarme si lo que hacía era importante para el mundo o solamente era una disculpa y un medio fácil para vivir sin plantearme nada.

Los días pasaban igual que habían pasado los anteriores y anunciaban nuevos días iguales. Sin sorpresas, sin la esperanza de un cambio importante que diera emoción a la vida.

Pero en mi interior siempre había tenido inquietud por todas aquellas cosas que eran consideradas como fuera de lo normal. Esas cosas de las que no sueles hablar porque te encuentras con miradas de sospecha que van a alterar tu vida cómoda.

No podía ignorar que a mí mismo me habían sucedido algunas experiencias difíciles de encajar como casualidades, expresión en la que se refugian los incrédulos, más por miedo que por desconocimiento.

En alguna ocasión me había encontrado con sueños que luego resultaban premonitorios. Pero, además de los ingobernables sueños, fui cultivando delicadamente la observación de ciertas inquietudes que normalmente pasan desapercibidas.

Son como llamadas sutiles del pensamiento para que se preste atención a algo en particular que no parece relevante pero que, de no atenderse, deja un agrio sabor y un malestar que se entiende cuando, tiempo después, se descubre qué era aquello que desatendimos equivocadamente.

Los continuos cuidados que iba poniendo en estos fenómenos interiores me habían dado una gran sensibilidad frente a acontecimientos cotidianos y aparentemente inocuos.

Mientras los demás permanecían impasibles en una situación aparentemente normal, yo me fijaba en esas sensaciones casi imperceptibles que envolvían, como con un halo transparente, al espíritu que siempre se desprende de los hechos corrientes.

Por eso cuando intenté comunicar mis experiencias a otras personas, me encontré con que me miraban de forma extraña así que decidí que era mejor no decir nada.

Probablemente estas mismas experiencias me fueron convirtiendo en una isla a la que procuraba dotar de un bonito paisaje que ocultara el verdadero tesoro interior que poseía.

Además, la incomprensión de los demás se acababa convirtiendo peligrosamente en juicios negativos.

El primer recuerdo que tengo sucedió aproximadamente a los doce años. Hasta mucho después no le di importancia. Hantenido que pasar muchas cosas para que, al recordarlo, me haya resultado revelador.

Simplemente, una noche soñé. No fue un sueño como los demás sueños. Al despertarme no sucedió como otras veces, en que notaba cómo el recuerdo de lo soñado se me iba escapando cuanto más intentaba retenerlo. (Al final me había quedado siempre como mucho con una vaga sensación que no significaba nada). Había intentado grabar lo que soñaba en un viejo magnetofón que dejaba en la mesilla de noche.

Cuando me despertaba entre sueños grababa algo para oírlo al día siguiente, pero eso también había sido inútil. Al volver a oírlo solamente se oían frases inconexas y sin sentido que no me hacían recuperar lo soñado.

Pero el día en que soñé con el resultado de unas apuestas y acerté, determinó que había que tomárselo en serio.

No tener una explicación racional no invalidaba el hecho de que se había alterado sustancial y determinantemente el tiempo. Y me negué a ignorarlo sabiendo que era la clave que mi subconsciente me mandaba para que no abandonara la investigación de mis inquietudes. Y, aunque con los años mi parte racional ha querido borrarlo, mi invariable determinación lo ha mantenido vivo hasta hoy.

Volviendo a donde estaba, diré que empezaron a producirse sucesos y experiencias diferentes: había notado cómo veía desde arriba mi casa y las otras casas del pueblo. Aunque conocía todo lo de mi alrededor no podía comprobar si tenía algoque ver con la realidad porque para eso habría tenido que poder volar.

A lo largo de los años siguientes volvió a repetirse el mismo fenómeno en algunas ocasiones. Pero esta vez pude contrastarlo con la realidad porque gracias a los adelantos en informática pude acceder a programas fotográficos aéreos en un ordenador.

Y luego, unos años más y la vida aplastante, las obligaciones, los estudios y posteriormente el trabajo, hicieron que me olvidara de todo.

Hasta que una mañana cualquiera, un 5 de julio, lunes, sucedió mientras estaba enfrascado en mis labores administrativas vulgares.

Ese día la oficina estaba tranquila, como todos los lunes. Clara me trajo un montón de carpetas que dejó en mi mesa.

Hacía tiempo que le había notado que me miraba con mucho interés, hasta que un día se había atrevido a preguntarme:

-“¿Tienes novia?”- En su cara se notaba el esfuerzo que había hecho para vencer la vergüenza. Llevaba días intentando atreverse. Mi respuesta fue todo menos delicada:

-“No, no puedo

-“¿Por qué?”-contestó extrañada.

A lo que respondí muy serio:-“Por qué mi mujer no me deja”

Estaba claro que había sido un grosero. Vi cómo se alejaba azorada y me arrepentí de mi actitud. Pero nunca le dije nada ni ella volvió a acercarse a mí. Tampoco supo nunca que posteriormente me había separado porque me cuidé de mantener mi vida privada bien a salvo.

Desde entonces pasa a mi lado lo indispensable para acercarme las carpetas de documentos y pronuncia la frase más corta que le es posible.

-“De lunes, ¿no?”-

Casi le contesto rutinariamente. Estaba aún medio dormido.

-“Claro. Todos los lunes son iguales”.-

Carlos estaba hablando por teléfono, Francisco miraba al infinito hacia una pared en la que, seguramente, estaba recreando cualquier cosa menos la realidad. Conchi estaba enfrascada en su trabajo. Probablemente era la única. El extractor de aire emitió un chirrido y se paró. Todo como un lunes cualquiera.

-“A las once necesito los presupuestos. ¿Los tienes?”- Era César.

-“Sí, ya casi he terminado”- Contesté sin saber lo que decía y me puse inmediatamente en actitud activa a rematar el encargo.

Encendí el ordenador. La pantalla mostró el dibujo habitual de un verde campo de hierba relajante. Me quedé mirándolo fijamente largo rato hasta que pareció que todo el resto de la habitación empezaba a oscurecerse y a desaparecer.

Fue uno de esos momentos que todos tenemos de vez en cuando, tal vez por cansancio o porque nuestros pensamientos se han ido a alguna situación remota.

Noté con curiosidad cómo los pelos de mi indomable coronilla se levantaban como sucede cuando la corriente estática de un globo al que has frotado previamente se te acerca. Un instante después sentí como una leve brisa. Aunque no puedo explicarlo, me envolvió una gran paz y sentí algo como una sonrisa cerca de mí.

Sin darme cuenta empecé a perder los sonidos de mi alrededor y también la luz comenzó a estrecharse frente a mí dejándome ver exclusivamente la pantalla. Lo que tenía delante era un tubo redondo como cuando se mira con un catalejo del revés.

Al fondo solamente la pradera verde del protector de pantalla. Fue como si un nubarrón de tormenta hubieseoscurecido el día de forma instantánea. Los sonidos de ambiente casi desaparecieron.

En ese momento noté cómo la presión de mi cuerpo sobre la silla había disminuido notablemente. Notaba una ligereza sorprendente pero estimulante a la vez. Me dejé llevar por la curiosidad. No sabía lo que estaba pasando pero me intrigaban...