Hablar sobre los vínculos que se establecen entre bioética y religión no es un tema novedoso. Hasta hoy, muchos estudiosos de diversos campos del saber han hecho sus diversas aportaciones, y se dispone de tanto material, que no pretendo aportar nada novedoso. Este primer capítulo es el marco y contexto fundamental para hablar de bioética, aunque precisando aún más, habría que decir bioéticas, en plural. Solo reflexionaremos, para insistir una vez más, sobre la necesidad de trabajar en la fundamentación antropológica. La pregunta es y sigue siendo: ¿quién es el ser humano? Sin duda, las religiones saben mucho de la naturaleza humana; la pregunta es: ¿qué nos podrían aportar?
Es significativo que algunos de los nombres más importantes de la bioética en sus inicios, hacia los años sesenta del siglo pasado, correspondan a teólogos y clérigos, preocupados por muchos de los problemas que se derivaban de la praxis clínica y de la investigación sobre los seres humanos. Cabe recordar, como dice Jorge J. Ferrer, a dos miembros de la «trinidad de los teólogos», que Albert Jonsen sitúa en los orígenes de la moderna bioética, y que provenían de tradiciones de la Reforma: Josep Fletcher y Paul Ramsey (Ferrer y Lecaros, 2016, p. 39). Por el lado católico recordamos a McCormick y a Curran, en el campo del pensamiento judío, a Siegel y Feldman. Nos vienen a la memoria nombres con trasfondo teológico, como Leroy Walters, Tom Beauchamp y James F. Childress. No olvidamos a David Callahan, que en su libroReligion and the Secularization, afirmaba que las religiones nos han proporcionado una forma de mirar el mundo, para comprender la propia vida, —lo cual no han alcanzado la filosofía, la ley o el derecho político— y que se ha perdido, al menos en parte, la fe, las visiones y las tradiciones de numerosos pueblos y culturas que han luchado por dar sentido a las cosas (Gafo, 2003, pp. 76-77). Resuenan también las palabras del gran teólogo Hans Küng, sobre el significado de las religiones y de las éticas religiosas para el futuro de la humanidad y de la bioética (Küng, 1990, pp. 77ss).
La bioética actualmente esper se una disciplina secular, es decir, no necesita recurrir a las tradiciones religiosas ni a la teología para hallar respuestas válidas. Tal es la opinión de H. Tristam Engelhardt, en su obraFundamentos de bioética, y no cabe duda que da que pensar que en una sociedad como la nuestra, tan compleja y plural, formada, como dice el mismo Engelhardt, por múltiples «extraños morales», tal vez el discurso teológico podría sobrar; sin duda, son muchos los que piensan de esta manera. ¿Es entonces verdad que cuando la bioética tiene éxito, sobra el discurso teológico? Retomemos la pregunta desde otra perspectiva: ¿es la bioética una disciplina puramente secular? ¿Sería posible abordar cuestiones como el inicio de la vida, el final de la misma, el dolor, la vejez, la salud y la enfermedad, el sufrimiento y la muerte al margen de una visión antropológica? ¿En qué consiste verdaderamente la condición humana?
Lo que llamamos condición humana abarca mucho más que las condiciones bajo las que se ha dado la vida al hombre. Somos seres condicionados, en la medida en que cuando la realidad del mundo entra en contacto con nosotros se convierten en realidades que condicionan nuestra existencia. Hanna Arendt escribió que la condición humana no es lo mismo que la naturaleza humana, ya que la suma de actividades y capacidades que corresponden a la condición humana no constituye nada semejante a