: Gisbert Haefs
: Alejandro. Conquistador de Asia
: Ediciones Pàmies
: 9788418491610
: 1
: CHF 7.10
:
: Historische Romane und Erzählungen
: Spanish
: 530
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Sometida la totalidad de Grecia, Alejandro de Macedonia retoma el plan de su padre Filipo y cruza el Helesponto decidido a atacar el Imperio persa. A partir de ahí, inicia una serie de campañas militares a ritmo frenético que le llevarán a extender sus dominios desde África a la India en apenas diez años. Una hazaña nunca lograda anteriormente. Alejandro fue un guerrero nato y un gobernante con una apasionada ambición que en todo momento comprendió la inmensa aventura en la que se había embarcado. Su vasto imperio llegó a ocupar mas de cinco millones de kilómetros cuadrados. Haefs, como ya hizo en el anterior volumen, Alejandro. Unificador de la Hélade, recrea con maestría la vida del gran conquistador, desde su paso a Asia hasta su muerte. «Como en Aníbal, Haefs compagina inteligentemente la ficción con el rigor histórico y la atención al detalle (puede detenerse en la descripción de cómo se construye una lira, o hacer respirar el olor de un puerto griego)». Jacinto Antón, El País.

Gisbert Haefs (1950) es un escritor alemán que ha cultivado diversos géneros literarios, como la novela histórica, la policíaca y la ciencia ficción. Estudió Filología inglesa y española en la universidad de Bonn. Trabajó después como traductor al alemán de literatura española, francesa e inglesa. En 2004 Haefs tradujo todas las canciones (Lyrics 1962-2001) de Bob Dylan. Ha editado y traducido obras de Rudyard Kipling, Ambrose Bierce y Jorge Luis Borges. De su narrativa histórica han sido traducidos al español numerosos títulos, que se han convertido en clásicos del género, como su aclamado Aníbal, sus dos novelas sobre Alejandro Magno, Troya, Rajá, La amante de Pilatos y El jardín de Amílcar.

II


La decapitación

Una suave llovizna cayó al amanecer. Ptolomeo, hijo de Lago, compañero del rey, se cubrió con una capa gris y se dirigió a la chisporroteante fogata de los centinelas. Uno de los hombres le ofreció una copa con caldo de hierbas, un poco de vino y miel.

—Mierda… Ahora los caminos estarán más pesados.

El mayor de los centinelas estaba en cuclillas junto al fuego; señaló la humedad gris con un movimiento de la barbilla.

Ptolomeo murmuró algo, se frotó los ojos con la mano izquierda y sorbió el brebaje.

—Puaj… Está caliente. ¿Qué caminos?

Sonrió. Un caballo relinchó en algún lugar, otro le contestó desde más lejos. La bruma gris de la llovizna se hizo más clara, pero no llegó a volverse transparente.

—El barro, digo. —El mayor de los hoplitas escupió—. Filipo siempre lo decía: mejor barro que nada.

Ptolomeo se rio. Sacó un puñado de granos de trigo de la bolsa del cinturón; los fue masticando y triturando poco a poco y enjuagándolos cada tanto con pequeños sorbos. El soldado de a pie lo observaba; sacó el labio inferior.

—Genial —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Ver al noble Ptolomeo, príncipe y hetairo, sentado bajo la lluvia, masticando la misma comida que nosotros.

—Mmm… ¿Ha vuelto Hárpalo?

—Sí. Está en su tienda; llegó hace unas tres horas.

—¿Alguna novedad?

—Nada.

—¿Y él? —Ptolomeo señaló la tienda grande del rey con un movimiento de la cabeza.

—Ya está en marcha.

—¿Desde cuándo?

El centinela frunció el ceño:

—Media hora, quizás un poco más.

—¿Ha dormido?

—No creo. Primero hubo música y después charla. Cuando me tocó a mí el turno, estaba sentado, escribiendo. Los dos músicos están durmiendo detrás de la entrada.

Ptolomeo asintió.

—Perfecto. A esperar, pues. Los demás no tienen por qué levantarse antes de la diana.

Se incorporó, sacudió la humedad acumulada sobre su capa e hizo una ronda. Los demás centinelas tampoco tenían nada particular que comunicar. Cuando llegó al arroyo, oyó un resoplido apagado y un ruido de cascos apenas perceptible. Bucéfalo, el caballo de color claro y con cabeza de buey que Demarato regalara hacía años al príncipe y heredero, emergió de los velos grises de la neblina. Alejandro echó pie a tierra y lo dejó beber. Solo llevaba un taparrabos de cuero, y, como en él era habitual, había estado montando a pelo y sin arreos. El cuerpo robusto y los cabellos rubios estaban mojados.

—Con solo verte me pongo a tiritar —dijo Ptolomeo.

Alejandro se rio por un momento.

—Te estás volviendo blando, amigo.

Se dirigió de nuevo a Bucéfalo, acarició el cuello del animal y pareció susurrarle algo al oído. El caballo resopló suavemente y buscó la palma de la mano de Alejandro con el morro.

Ptolomeo sacó granos de su bolsa y los deslizó en la mano de Alejandro.

—Gracias. ¿Es tu almuerzo?

—Mmm…

Alejandro chascó la lengua; Bucéfalo vació la mano con los labios y la lengua; luego frotó la cabeza en el hombro del rey.

—¿Ha vuelto Hárpalo?

Ptolomeo señaló hacia atrás con el pulgar.

—Está durmiendo en su tienda.