II
La decapitación
Una suave llovizna cayó al amanecer. Ptolomeo, hijo de Lago, compañero del rey, se cubrió con una capa gris y se dirigió a la chisporroteante fogata de los centinelas. Uno de los hombres le ofreció una copa con caldo de hierbas, un poco de vino y miel.
—Mierda… Ahora los caminos estarán más pesados.
El mayor de los centinelas estaba en cuclillas junto al fuego; señaló la humedad gris con un movimiento de la barbilla.
Ptolomeo murmuró algo, se frotó los ojos con la mano izquierda y sorbió el brebaje.
—Puaj… Está caliente. ¿Qué caminos?
Sonrió. Un caballo relinchó en algún lugar, otro le contestó desde más lejos. La bruma gris de la llovizna se hizo más clara, pero no llegó a volverse transparente.
—El barro, digo. —El mayor de los hoplitas escupió—. Filipo siempre lo decía: mejor barro que nada.
Ptolomeo se rio. Sacó un puñado de granos de trigo de la bolsa del cinturón; los fue masticando y triturando poco a poco y enjuagándolos cada tanto con pequeños sorbos. El soldado de a pie lo observaba; sacó el labio inferior.
—Genial —dijo finalmente.
—¿Qué?
—Ver al noble Ptolomeo, príncipe y hetairo, sentado bajo la lluvia, masticando la misma comida que nosotros.
—Mmm… ¿Ha vuelto Hárpalo?
—Sí. Está en su tienda; llegó hace unas tres horas.
—¿Alguna novedad?
—Nada.
—¿Y él? —Ptolomeo señaló la tienda grande del rey con un movimiento de la cabeza.
—Ya está en marcha.
—¿Desde cuándo?
El centinela frunció el ceño:
—Media hora, quizás un poco más.
—¿Ha dormido?
—No creo. Primero hubo música y después charla. Cuando me tocó a mí el turno, estaba sentado, escribiendo. Los dos músicos están durmiendo detrás de la entrada.
Ptolomeo asintió.
—Perfecto. A esperar, pues. Los demás no tienen por qué levantarse antes de la diana.
Se incorporó, sacudió la humedad acumulada sobre su capa e hizo una ronda. Los demás centinelas tampoco tenían nada particular que comunicar. Cuando llegó al arroyo, oyó un resoplido apagado y un ruido de cascos apenas perceptible. Bucéfalo, el caballo de color claro y con cabeza de buey que Demarato regalara hacía años al príncipe y heredero, emergió de los velos grises de la neblina. Alejandro echó pie a tierra y lo dejó beber. Solo llevaba un taparrabos de cuero, y, como en él era habitual, había estado montando a pelo y sin arreos. El cuerpo robusto y los cabellos rubios estaban mojados.
—Con solo verte me pongo a tiritar —dijo Ptolomeo.
Alejandro se rio por un momento.
—Te estás volviendo blando, amigo.
Se dirigió de nuevo a Bucéfalo, acarició el cuello del animal y pareció susurrarle algo al oído. El caballo resopló suavemente y buscó la palma de la mano de Alejandro con el morro.
Ptolomeo sacó granos de su bolsa y los deslizó en la mano de Alejandro.
—Gracias. ¿Es tu almuerzo?
—Mmm…
Alejandro chascó la lengua; Bucéfalo vació la mano con los labios y la lengua; luego frotó la cabeza en el hombro del rey.
—¿Ha vuelto Hárpalo?
Ptolomeo señaló hacia atrás con el pulgar.
—Está durmiendo en su tienda.
—