7 de enero, 1911
Estas elecciones, estas Navidades
La irrealidad de estas elecciones, que no son más que una mera repetición cansina, ha quedado perfectamente de manifiesto en el hecho de que no hemos sentido que supusiera un contraste con las Navidades. Si existiera un verdadero conflicto político, nos habríamos dado cuenta de alguna manera, irónicamente, o solemnemente, o absurdamente, en relación con la paz religiosa. Si existiera una auténtica revolución entre los cristianos, desembocaría en una tregua mística en Navidad o crecería y explotaría en una cruzada mística en Navidad; pero algo se intensificaría, desde luego, ya fuera la paz o la guerra. Tal y como son las cosas, sentimos que no afecta a ninguna de esas raíces secretas de la religión de las que fluye la savia de la política. Este año, las Navidades no hacen que el luchador piense que se equivoca; ni le hacen sentir tampoco que tiene razón. La política partidista no es sólo un juego; ahora se han convertido en un juego de Navidad. En esta ocasión apenas fingimos que exista una inevitable hostilidad en las ideas. Hay muchos tipos de peleas, por supuesto. Reto a los socialistas a un combate mortal; pero a los individualistas evolutivos los reto a un combate inmortal; sin embargo, en estas elecciones no se da la pugna entre modos y maneras de modo vital o valioso. No se trata ni siquiera de una representación teatral, sino de una pantomima. El Sr. Balfour y el Sr. Asquith no han disparado con pistola; sólo han abiertocrackers1. Ni siquiera, seriamente me temo (según experiencias del pasado) han estado tirando del mismocracker.
Bien, los políticos tienen el derecho de disfrutar de unas felices Navidades como cualquiera. En el tiempo del perdón divino, ciertamente deberíamos extender nuestro perdón a los más altos en la tierra. Y, aunque el juego que practican es más torpe que laGallinita Ciega, y menos valiente queSnapdragon2, no les quedan prohibidas diversiones más adultas y varoniles. Pero existe una diferencia entre la decadencia de las cuestiones religiosas, como es la Navidad, y la decadencia de las cuestiones más mundanas, como el sistema partidista: sabemos de las cosas mundanas que cuando mueren están muertas, y esto es precisamente lo que desconocemos de las cuestiones religiosas. El hombre está hecho de tal forma que una mala religión puede durar más que un buen gobierno; de la misma forma que la cabeza más débil dura más que el sombrero más resistente. Si la Navidad fuese en realidad tan mala como lo buena que es, los simples utilitaristas y racionalistas encontrarían casi igual de imposible desarraigarla. Si Santa Claus no bajase de la chimenea desde el Cielo, sino que subiera por el hueco de la chimenea desde cualquier otro sitio, sería igualmente difícil poner una barricada para evitar que entrase en una casa europea. Los hechos se fusionan y cambian continuamente; son las fantasías las que perduran.
La Navidad es una evidencia extraordinariamente buena, tanto en contra como a favor, para los que dicen que podemos vivir en los sentimientos, sin ideas definidas. Hasta cierto punto, es perfectamente cierto que el cristianismo ha conseguido hacer llegar una especie de sabor inconfundible del arte popular y de las virtudes populares a una época mayoritariamente agnóstica. No se tiene en cuenta el origen real de estas asociaciones. Santa Claus, por supuesto, sólo es san Nicolás, el patrón de los niños; pero, en cierto sentido, se ha convertido más en un duende que en un santo. Se han impreso muchos miles de felicitaciones navideñas y muchos libros sobre la Navidad describiéndole; y dudo que haya siquiera cinco que le representen con una aureola. Hablamos de la Navidad como una especie de paz que reconcilia a todos. Sin embargo, las dos sílabas de la palabra3 son las dos palabras que rasgan Europa de parte a parte con más fiereza que cualquier otras. Es cierto, entonces, que existe alguna diferencia entre las doctrinas definidas en las que surgen estas cuestiones y los festivales humanos en los que dan fruto. Pero existe un límite muy positivo y muy lógico de este proceso. La Navidad es algo real, como el pastel de Navidad o las tarjetas navideñas. Se puede modificar un pastel de Navidad para que se adapte a la debilidad de tu alma, o a tu digestión o a tu familia. Se puede hacer en un molde elegante y darle otras formas diferentes de la bala de cañón achatada. Se puede caer tan bajo como para hacerlo sin quemar brandy, pero sí llega un momento de barullo y confusión en el que ya no es en absoluto un pastel de Navidad; cuando no tiene su apariencia, cuando no huele como un pastel de Navidad ni sabe a pastel de Navidad. Y cuando llega a este punto, por mi vida que no veo por qué un cristiano no puede arrojarlo al fuego y comer el pan y el queso de siempre.
Se puede permitir una gra