I. UN BUEN DÍA PARA MORIR
HOY es un buen día para escribir. El cielo está gris, una tormenta de otoño se cierne sobre las aguas picadas del estrecho, el viento sopla casi en perpendicular contra la ventana… Es un día perfecto para pasarlo frente al fuego con un vino caliente especiado. Ayer decían en el mercado que en las comarcas más al norte de la tierra firme ya caían, aun siendo mediados de octubre, las primeras nieves.
Hace algunos años oí a un poeta decir que escribir siempre es como morir un poco. Hoy podría decir que es un buen día para morir. Él ya murió y tal vez ahora lo sepa mejor, si es que realmente existe un más allá en el que se pueda saber algo. Yo he matado y estuve varias veces a punto de morir, y ahora, mientras escribo estas palabras, creo que el poeta era un necio. Cierto que escribía, como él mismo decía, con el corazón en la mano. Seguro que escribía también sobre su propio cerebro apergaminado. Y sólo por el mero hecho de escribir.
Tomo papel y tinta. Sólo los locos escriben… por nada. Y como escriben por nada, no conocen nada que tenga más importancia. Escribir por el amor de una mujer, por dinero, para dejar constancia de sus conocimientos, si se quiere hasta para honrar a un supuesto dios, por la gloria de la estirpe, de una ciudad, de un reino. Todo eso está muy bien; pero ¿escribir por escribir? Y aunque así fuera, ¿no sería más bien un testimonio y no una muerte? Tal vez es que yo no estoy lo bastante loco, o que soy demasiado necio.
Escribir antes de morir, para legar algo. Estamos a mediados de octubre; mi muerte está anunciada para principios de noviembre. Vendrán, eso es seguro; algún día entre el 1º y el 10 de noviembre, dependiendo de las condiciones meteorológicas y de los caminos o de los mares. ¿La posibilidad de un asalto en el camino o de un naufragio, la esperanza de un cuchillo clavado en medio de la noche o de gusanos con un hambre canina? ¿Terremotos, picaduras de serpiente, una roca que se despeña, un infarto cerebral? Nada es imposible, pero el azar es impredecible, un azar que caería además sobre el más valioso de los tesoros, ahora en manos del enemigo. Por eso espero que otro azar impida ese primero; prefiero encomendarme a lo acordado, a la amenaza predecible. Tomaré todas las precauciones posibles; más no puedo hacer.
Por esa razón escribo esto. Ya existe un primer informe, el que escribí hace años para Lorenzo Bellini y el archivo de la Serenísima. En un arcón de la casa de Mestre guardo una copia.