: Paul Tremblay
: Una cabeza llena de fantasmas
: NOCTURNA
: 9788416858552
: 1
: CHF 7.60
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 389
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
'Tengo la cabeza llena de fantasmas y estoy intentando expulsarlos'. La apacible vida de los Barrett da un giro cuando su hija Marjorie, de catorce años, empieza a mostrar síntomas horribles de esquizofrenia que los médicos no consiguen mitigar. Muy pronto, la situación ha empeorado tanto que su descenso a la locura parece imparable. Desesperado, el padre pide ayuda a un cura para practicar un exorcismo. Y es entonces cuando se produce una vuelta de tuerca: debido a sus problemas económicos, acepta la oferta de una productora de reality shows para grabarlo todo. Quince años después, una escritora entrevista a la hermana pequeña de Marjorie. A medida que ella rememora la tragedia, va desgranándose una impactante historia que plantea interrogantes sobre la memoria y la realidad, los medios de comunicación, el poder de la ciencia y la religión, y la naturaleza misma del mal. Ganador del Premio de Novela Bram Stoker, Una cabeza de llena de fantasmas es un libro fascinante que combina el terror con el misterio, el drama familiar y la crítica a la sociedad del espectáculo en la estela de El resplandor de Stephen King, La maldición de Hill House de Shirley Jackson y El exorcista de William Peter Blatty.

Paul Tremblay nació en Aurora, Colorado, en 1971 y se crió en Massachusetts. Tras licenciarse y hacer un máster de Matemáticas en la Universidad de Vermont, se dedicó a dar clases en un instituto de Boston. Autor de novelas de misterio como The Little Sleep (2009) y No Sleep Till Wonderland (2010), así como de la colección de relatos In the Mean Time (2010), en 2015 publicó Una cabeza llena de fantasmas, que ganó el Premio de Novela Bram Stoker (concedido por la Asociación de Escritores de Terror) y de la que Focus Features está preparando una adaptación cinematográfica. Con su nueva novela, Desaparición en la Roca del Diablo (2016; Nocturna, 2018), juega de nuevo con los convencionalismos del género a través de una pequeña población en la que desaparece un adolescente.

CAPÍTULO 1

—Qué difícil debe de ser esto para ti, Meredith.

La escritora debest sellers Rachel Neville lleva puesto un conjunto de otoño perfecto: sombrero azul marino a juego con su recatada falda hasta las rodillas y una chaqueta de lanabeige con botones tan grandes como cabezas de gatitos. Se esmera por no resbalar en la superficie irregular de la acera. Las losas de pizarra se han levantado, sobresaliendo del suelo con sus bordes, y se tambalean como dientes de leche sueltos bajo sus pies. De pequeña hacía lazos con mi hilo de seda dental rojo, los anudaba alrededor del diente que se me movía en aquel momento y después los dejaba allí amarrados, colgando durante días, hasta que el diente se me caía solo. Marjorie me acusaba de provocadora y me perseguía por toda la casa, intentando tirar del hilo, mientras yo chillaba y gritaba, entre muerta de risa y atemorizada; me asustaba pensar que, si le dejaba tirar de uno, ya no fuese capaz de aguantarse y acabara arrancándomelos todos.

¿De verdad ha pasado tanto tiempo desde que vivíamos aquí? Sólo tengo veintitrés años, pero a todo el que me pregunta le digo que tengo un cuarto de siglo menos dos. Me gusta ver cómo la gente se devana los sesos.

Evito las losas y camino por el abandonado patio delantero, cubierto de malas hierbas y maleza en primavera y verano, aunque ya están empezando a retirarse con las primeras heladas del otoño. Las hojas y los tallos sarmentosos me hacen cosquillas en los tobillos y se me enganchan en las zapatillas. Si Marjorie estuviera aquí ahora, seguro que se inventaría sobre la marcha cualquier historia protagonizada por gusanos, arañas y ratones que se arrastran bajo el manto de hojas en descomposición dispuestos a darle su merecido a esa jovencita insensata que se ha alejado de la seguridad que representa la acera.

Rachel es la primera en entrar en la casa. Tiene una llave, y yo no. De modo que me quedo atrás, arranco una tira de pintura blanca de la puerta principal y me la guardo en el bolsillo de los vaqueros. ¿Por qué iba a quedarme sin unsouvenir? Es evidente que muchos otros se han llevado ya el mismo recuerdo, a juzgar por lo descascarillado de la hoja de madera y la caspa que cubre el escalón del umbral.

No me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que echaba de menos este lugar. Me fascina su aspecto tan gris. ¿Sería así siempre?

Me cuelo dentro, lo justo para dejar la puerta a un suspiro de distancia de mi espalda. De pie en el piso de madera cubierto de arañazos del recibidor, cierro los ojos para visualizar mejor esta instantánea inicial de mi pródigo retorno: los techos son tan altos que nunca conseguía alcanzarlos; los radiadores de hierro forjado se ocultan en innumerables rincones desperdigados por todos los cuartos, deseosos de arder al rojo vivo una vez más; frente a mí, en línea recta, está primero el comedor y después la cocina, donde no había que quedarse nunca más tiempo del imprescindible, y a continuación un pasillo, un camino despejado que conduce a la puerta de atrás; a mi derecha, la sala de estar y más pasillos, como los radios de una rueda; a mis pies, bajo el suelo, el sótano con sus cimientos de piedra y mortero y su frío piso de tierra, que todavía puedo sentir entre los dedos de los pies. A mi izquierda está la embocadura de la escalera, como un teclado de piano: blanca en las molduras y la barandilla, negra en los rellanos y los peldaños. Asciende hasta la primera planta recurvándose en tres juegos de escalones y dos rellanos intercalados. Va así: tres escalones hacia arriba, rellano, giro a la derecha, después sólo cinco escalones hasta el siguiente rellano, otro giro a la derecha y de nuevo seis escalones hasta el pasillo de la primera planta. Dar una vuelta completa al llegar al piso de arriba fue siempre mi parte favorita, pero, ay, cómo lamentaba que faltase aquel sexto esc