: Rafael Aguirre Monasterio, José Antonio Badiola Saenz de Ugarte, Carlos Gil Arbiol, Fernando Rivas R
: La fe de Jesús en el judaísmo de su tiempo Reseña Bíblica 98
: Editorial Verbo Divino
: 9788490734353
: 1
: CHF 5.80
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: Religion/Theologie
: Spanish
: 72
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Los artículos de este número recorren algunos de los hitos de la conflictiva historia entre el judaísmo y el cristianismo en el contexto de la actividad de Jesús y sus primeros seguidores, comenzando con una visión panorámica del judaísmo del Segundo Templo, para entender en ese contexto las características judías del movimiento de Jesús, iniciado por él mismo antes de su muerte. Tras este acontecimiento trágico, sus seguidores vivieron diversos episodios que fueron definiendo su identidad judía durante dos generaciones. Al final de este proceso aparece con nitidez una identidad diversa a la predominante entre los judíos del siglo II. El cristianismo estaba naciendo.

EL MOVIMIENTO DE RENOVACIÓN INTRAJUDÍO DE JESÚS


Rafael Aguirre


Universidad de Deusto


En la convulsa Palestina del siglo I, la personalidad extraordinaria de Jesús, su anuncio del Reino de Dios y las acciones que realizaba hizo que surgiese un movimiento con numerosos seguidores, que podemos calificar de carismático y milenarista, que buscaba de forma inmediata la renovación radical de Israel y, en última instancia, de la entera convivencia humana. ¿Por qué hablamos de «movimiento de Jesús»? ¿Cuáles eran sus características? ¿Cómo es posible que perviviese pese al fracaso histórico de su líder?

1. La convulsa situación de Palestina

Para entender a Jesús hay que situarlo en las circunstancias históricas en que se desenvolvió su vida y su ministerio. Tras la derrota de los asmoneos y el fin del Estado judío independiente, Palestina vivió un proceso muy convulso de integración en el Imperio romano. Los romanos impusieron una dinastía vasalla, representada por Herodes el Grande (37-4 a.C.), que intentó atraerse a los judíos. Para ello, entre otras medidas, engrandeció enormemente el Templo de Jerusalén. Pero su estricta fidelidad a Roma, su origen idumeo y, sobre todo, las medidas políticas que implicaba la incorporación al orden imperial lo hacían odioso para la mayoría de los judíos de Palestina. Se hacía imposible la subsistencia de las formas tradicionales de vida campesina. Se pasaba de una economía de reciprocidad, basada en la producción de los pequeños propietarios y en un intercambio con los cercanos, a una economía de redistribución, en la que un poder central absorbía la mayor parte de los bienes mediante unas cargas impositivas muy fuertes. Los pequeños propietarios tenían que vender sus campos familiares a los grandes latifundistas, y pasaban a ser sus jornaleros, en el mejor de los casos. La emigración de los jóvenes y el bandidismo eran otra cara de la moneda. Si a esto se añade los tributos que había que pagar al Templo, se comprende que la situación del campesinado galileo era insostenible, y la pobreza, galopante.

Por otra parte, y ya desde Alejandro Magno, estaba en pleno desarrollo un fuerte proceso de urbanización con la creación de grandes ciudades por toda la cuenca del Mediterráneo. Galilea estaba rodeada de ciudades paganas: la Decápolis al este del lago Tiberíades, Tiro y Sidón al norte, Cesarea en la costa del Mediterráneo, Sebaste al sur, en el límite con Samaría. En la misma región galilea había dos ciudades que fueron sucesivamente capitales de la Galilea: Séforis, a 5 km de Nazaret, y Tiberias (o Tiberíades), construida por Herodes Antipas en honor del emperador, a donde trasladó la capital el año 26. Tendríamos que añadir Magdala, porque las recientes excavaciones están poniendo de relieve que era un núcleo urbano con notable importancia por la industria de salazón de pescado y por su tráfico náutico. En las ciudades vivía la élite pro-romana y rica, que mantenía una relación de hostilidad con los s