UNO
Wen
La niña del pelo negro baja las escaleras de madera del porche y se sumerge hasta los tobillos en la amarillenta laguna de hierba. Una brisa cálida se desliza ondulante entre las briznas, las hojas y los pétalos con forma de cangrejo de las flores de trébol. Estudia el patio, atenta a los sincopados movimientos mecánicos y los brincos frenéticos de los saltamontes. El tarro de cristal que acuna contra su pecho desprende una tenue fragancia a mermelada de uva y está pegajoso por dentro. Desenrosca la tapa agujereada.
Wen le había prometido a papá Andrew que soltaría a los saltamontes antes de que se asaran en el terrario casero, aunque no iba a pasarles nada porque ella se aseguraría de evitar que le diera directamente el sol a su bote. Le preocupa, eso sí, que se puedan lastimar ellos solos estrellándose contra los bordes aserrados de los orificios de la tapa. Su intención es capturar saltamontes pequeños, para que no salten ni tan alto ni con tanta fuerza; además, lo compacto de su tamaño les permitirá disponer de más espacio para estirar las patitas dentro del frasco. Les hablará en voz baja, tranquilizándolos; quizá así consiga que no sucumban al pánico y se empalen contra las peligrosas estalactitas metálicas. Satisfecha con su plan actualizado, arranca un puñado de hierba, con raíces y todo, dejando un pequeño cráter en el mar ocre y verdoso del patio. Deposita la hierba en el fondo del bote, la distribuye con esmero y se limpia las manos en su camiseta gris de Wonder Woman.
Faltan seis días para el octavo cumpleaños de Wen. Aunque sus padres albergan la no demasiado secreta sospecha (los ha oído hablando de ello) de que esa fecha, más que señalar el día exacto de su nacimiento, podría haberle sido asignada al azar por el orfanato de la provincia china de Hubei. Para su edad, se encuentra en el percentil 52 de altura y 42 de peso, o al menos así era hace seis meses, la última vez que la vio la pediatra. La doctora Meyer le había explicado el contexto de esas cifras con todo lujo de detalles. Se alegraba de superar la media de altura, pero al mismo tiempo le irritaba estar demasiado delgada. Wen, tan directa y decidida como espigada y atlética, se impone a menudo a sus padres tanto en los duelos de voluntad como en los combates de lucha libre coreografiados que libran con su cama como cuadrilátero. Sus ojos castaños son muy oscuros, y sus finas cejas parecen patitas de oruga cuando se contonean como si estuviesen dotadas de vida propia. Atraviesa su surco nasolabial la sombra de una cicatriz que sólo resulta visible en función de cómo le dé la luz y si uno se fija (o eso le han dicho). Esa sutil línea blanca es el recordatorio de un labio leporino reparado tras múltiples operaciones quirúrgicas que le habían practicado entre los dos y los cuatro años. Se acuerda del primer viaje al hospital y del último, aunque no de los otros. El hecho de que esas visitas y operaciones intermedias se hayan perdido, por así decirlo, es algo que le molesta. Wen es cordial, extrovertida y tan bromista como cualquier otra niña de su edad, pero no se prodiga con sus sonrisas reconstruidas. El que quiera una se la tendrá que ganar.
Hace un día de verano despejado en Nuevo Hampshire, a escasos kilómetros de la frontera con Canadá. La luz del sol baña las hojas de los majestuosos árboles que se alzan sobre la pequeña cabaña, un solitario punto rojo en la orilla meridional del lago Gaudet. Wen deja el tarro en un parche de sombra junto a las escaleras del porche y se adentra en la hierba con los brazos extendidos, como si estuviese vadeando un curso de agua. Utiliza el pie derecho para barrer la punta de los tallos adelante y atrás, como le enseñó papá Andrew. Se crio en una granja de Vermont, así que es el experto de la familia en encontrar saltamontes. Le ha dicho que su pie debería imitar los movimientos de una guadaña, pero sin llegar a cortar de verdad la hierba. Como ella no sabía a qué se refería con eso, papá Andrew le explicó en qué consistía la herramienta y cómo se usaba. Sacó el móvil para buscar imágenes de guadañas antes de que los dos se acordasen de que en la cabaña no había cobertura. En vez de eso, le dibujó una en una servilleta; una cuchilla con forma de medialuna en la punta de un palo muy largo, como un arma de las que podría usar cualquier orco o guerrero en las películas deEl señor de los anill