CAPÍTULO II
todito
Probé el desayuno que momentos antes había servido, y resultó que me había quedado muy bien, aun así, debido a la partida de Daniela, había dejado de tener apetito, por lo que apenas le di un bocado, sin llegar a terminar todo lo que había preparado.
Durante el resto de la mañana estuve pensativo, me metí en la ducha, disfrutando el contacto con el agua, recordando cada roce, cada caricia y contacto en mi piel que horas antes me había brindado Daniela, sintiendo la imperiosa necesidad de repetir esas experiencias. Al salir, como por inercia me vi tentado a volverme a meter a la cama y dejar que el tiempo me diese paz interior; sin embargo, esa intensa noche de sexo había desenterrado instintos que consideré olvidados. Mi libido había sido puesto en marcha.
¿Hacía cuánto que no cogía con locura? ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que tuve una explosión de sensaciones? Diría que, sin contar con el tema de mi exesposa, por lo menos llevaba unos cuatro años sin sentir lo que había percibido en la madrugada. Reflexioné, con la mente en todo lugar, en todo momento y a la vez en ninguno. Divagando me terminé de secar, me paré frente al espejo de cuerpo completo que tenía a espaldas de la puerta de mi dormitorio y, como si llevase tiempo perdido, me encontré.
Me había crecido ligeramente la panza, estaba algo pálido pues no salía a menudo a disfrutar el día, pero más allá de eso aún mi cuerpo no estaba abandonado. En mi juventud me habían dicho que era un tipo bien parecido, y no sentía que ese brillo se hubiese opacado del todo. Esa jovencita tuvo que ver algo en mí para quedarse prendada y haber cooperado con nuestro encontronazo nocturno. Dándome unas bofetadas amistosas me animé a no volver a dormir. El día aún podía disfrutarse y luego el fin de semana acabaría, regresaría a dar mis clases y allí me encontraría con cierta persona… además ¡ESTABA VIVO! Reconocí un pequeño moretón en mi abdomen, seguramente un recuerdo de mi estudiante. Sonreí y cambié de actitud, pues aún había mucho que podía intentar y lograr. Así que nuevamente me di unas bofetadas amistosas, me dije «VAMOS». Animoso me vestí con ropa deportiva para salir a trotar un rato.
El parque cercano a esa hora era concurrido principalmente por chavales, corrían y hacían escándalo, pero por alguna razón ahora, mientras trotaba, y el escándalo ya no me incomodaba. Animoso disfruté del sol, del aire libre y me puse a mirar a las jovencitas que transitaban por la zona. Luego de una crítica rápida decidí que a mi parecer pocas se comparaban físicamente a mi reciente huésped, lo que me hizo sonreír. Realicé algunas flexiones y abdominales e inicié mi retorno al departamento. Mientras caminaba me puse a pensar en aquellas cosas que no había hecho, algunas que merecía hacer, tantas que me había negado. Salí de un agujero de autocompasión en el que me había enterrado, pues el divorcio no necesariamente tenía que significar el final de mi vida feliz. ¡Rayos! Podía volverme un pipiléptico, en un arrecho, un pájaro loco, un insaciable del sexo… como lo fui alguna vez en mi juventud antes de enamorarme, casarme y empez