: Sarah Wilson
: Esta vida única, preciosa y salvaje Volver a conectarnos a un mundo fracturado
: Editorial Siglantana
: 9788418556579
: 1
: CHF 8.90
:
: Biographien, Autobiographien
: Spanish
: 525
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
La ansiedad y la desconexión son consecuencias naturales de la vida moderna consumista, argumenta la escritora y periodista australiana Sarah Wilson en esta vibrante visión de cómo construir una existencia más alegre y un mundo sostenible. La autora intercala historias personales con entrevistas, investigaciones científicas y citas de textos filosóficos, religiosos y poéticos, lo que hace que la experiencia de lectura sea similar a tener una apasionada conversación con un amigo.

Sarah Wilson es la autora de los bestsellers 'First, We Make the Beast Beautiful: A New Journey Through Anxiety' [Primero, embellecemos a la bestia: un nuevo viaje a través de la ansiedad] y 'I Quit Sugar' [He dejado el azúcar], junto con once libros de cocina que se han publicado en cincuenta y dos países. Sarah ha sido editora de Cosmopolitan Australia y presentadora de Masterchef Australia. Es conocida mundialmente por fundar el movimiento I Quit Sugar, que ha transformado la salud de millones de personas. En 2022, Sarah vendió su negocio y entregó todas las ganancias a la caridad. La edición estadounidense de Sarah de este libro ganó el premio US Gold Nautilus de 2021. Actualmente presenta su propio podcast 'Wild with Sarah Wilson' [Salvaje con Sarah Wilson], da conferencias y asesora a empresas y universidades sobre el manejo de las redes sociales y la ansiedad. Sarah vive entre Sydney y Europa, es una senderista apasionada y pasó ocho años viajando por el mundo solo con una mochila.

PRIMERO…


 

 

1. La fila de la aduana en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles a las 5:30 de la mañana es un sitio solitario. Es habitual que a esta hora fracturada aterricen aquí vuelos provenientes de Australia. Ninguno de nosotros ha dormido lo suficiente. Parpadean las luces encima de nuestras cabezas. Traemos un olor a rancio, demasiado humano, y nuestros nervios están deshilachados.

He venido a L. A. para realizar una investigación para este libro. Aterrizamos cuando la nube tóxica del cielo adquiere una tonalidad anaranjada y en la sala de llegadas me envían a la larga hilera de interrogaciones. “¿Escritora, eh?”, dice el fornido sujeto uniformado y armado que inspecciona mi cuerpo cuando llego a la línea de adelante. Su placa pone que su nombre es José. “¿Qué escribe?”

“Libros”, respondo.

“¿Qué está escribiendo ahora?” Él hojea mi pasaporte.

“Pues el título provisional es¡Despertaos, joder!

José levanta la vista, con los ojos muertos.

“¿Como quien dice, ‘despierta a lo que está ocurriendo’? ¿Alrededor de nosotros… el planeta, lo que está sucediendo con los niños?”

“Sí, exacto”.

“Yo sí lo leería”, me comenta.

“¿De veras?”, pregunto emocionada. En determinado momento dentro de los muchos años que me lleva escribir un libro, estoy un 98 por ciento convencida de que me encuentro totalmente desviada del blanco. Me aferro a instantes de reconocimiento que provienen de personas como José. Me inclino para acercarme, por encima del banquillo. “Pienso que esto nos está volviendo más tristes: la cuestión climática, los líderes por los que hemos votado, el consumismo, las desigualdades, el estar navegando por nuestros teléfonos”.

“Sí, precisamente”, dice José.

“¿Habla de eso con sus amigos?”, le pregunto, “¿con su familia?”

Hace una mueca. “Estamos empezando a hacerlo. En definitiva que estamos, pero en realidad no sabemos cómo hablar de ello”.

José escribe mi nombre en un trozo de papel y me devuelve el pasaporte. “Estaré esperando a que salga su libro”, asegura y asiente con la cabeza para que continúe mi camino.

 

2. Te oigo, José. Es difícil hablar de algo tan… nebuloso. Hablar de algo que es tan… todo. Algo no está bien. No estamos viviendo bien. Tratar de captar ese dolor, encontrar el comienzo y el final, es como intentar morderse los propios dientes.

Cuando empecé a escribir este libro le recalqué a mi editora, Ingrid, que teníamos en las manos una batalla muy poco ortodoxa. “¿Te das cuenta…”, le comenté por teléfono con moderado pánico, “que nadie tiene siquiera una palabra para referirse a esto de lo que voy a tratar de escribir?” Es un sentimiento brumoso, no un fenómeno definido que podamos señalar. Es un profundo escozor que no podemos rascar con certeza. “Para empezar, tendré que convencer a todos que ese escozor es algo cierto, antes de llegar galopando y mostrar alguna especie de remedio”. No es así como tienden a ir este tipo de libros.

Para mí, este sentimiento de escozor que abarcaba todo era, en parte, un estado de pasmo, debido al aporreamiento constante de las crisis globales y las noticias del comportamiento increíblemente inmoral de los líderes de nuestro mundo. Recibimos en la actualidad, a cada hora, esa clase de encabezados demasiado cargados que antes nos llegaban, quizá, unas cuantas veces al año. Alguna vez tuvimos tiempo para digerir las noticias, contrastarlas con el telón de fondo del resto de la vida y comentarlas con mesura entre las neveras y las mesas. Ahora tenemos una carambola de automóviles cada vez que encendemos los medios sociales. El ex “líder del Mundo Libre” le indica a su Departamento d