GEORGE STEINER
(Cambridge, Reino Unido, julio de 2016)
«Estamos matando los sueños
de nuestros niños».
Primero fue un fax. Nadie respondió a la arqueológica intentona. Luego, una carta postal (sí, aquellas reliquias consistentes en un papel escrito y metido en un sobre). «No les contestará, está enfermo», previno alguien que le conoce bien. A los pocos días llegó la respuesta. Carta por avión con el matasellos del Royal Mail y el perfil de la reina de Inglaterra. En el encabezado ponía: Churchill College, Cambridge.
El breve texto decía así:
Querido señor:
El año 88 y una salud incierta. Pero su visita sería un honor. Con mis mejores deseos,
George Steiner
Dos meses después, el viejo profesor había dichosí, poniendo provisional coto a su proverbial aversión a las entrevistas.
El catedrático de Literatura Comparada, el lector de latín y griego, la eminencia de Princeton, Stanford, Ginebra y Cambridge; el hijo de judíos vieneses que huyeron del nazismo, primero a París y luego a Nueva York; el filósofo de las cosas del ayer, del hoy y del mañana; el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, el polemista y mitólogo políglota, y el autor de libros capitales del pensamiento moderno, la historia y la semiótica comoErrata,Nostalgia del absoluto,La idea de Europa,Tolstói o Dostoievski oLa poesía del pensamiento nos abría las puertas de su preciosa casita de Barrow Road.
El pretexto son los dos libros que la editorial Siruela ha publicado recientemente en español. Por un lado,Fragmentos, un minúsculo, aunque denso, compendio de algunas de las cuestiones que obsesionan al autor, como la muerte y la eutanasia, la amistad y el amor, la religión y sus peligros, el poder del dinero, o las difusas fronteras entre el bien y el mal. Por el otro,Un largo sábado, embriagador libro de conversaciones entre Steiner y la periodista y filóloga francesa Laure Adler.
El motivo real: hablar de lo que fuera surgiendo.
Es una mañana de lluvia en la campiña de Cambridge. Zara, la encantadora esposa de George Steiner (París, 1929), trae café y pastas. El profesor y sus 12.000 libros miran de frente al visitante.
Profesor Steiner, la primera pregunta es ¿cómo está su salud?
Oooh, muy mal, por desgracia. Tengo ya 88 años y la cosa no va bien, pero no pasa nada. He tenido y tengo mucha suerte en la vida y ahora la cosa va mal, aunque todavía paso algunos días buenos.
Cuando uno se siente mal…, ¿es inevitable sentir nostalgia de los días felices? ¿Huye usted de la nostalgia o puede ser un refugio?
No, lo que uno tiene es la impresión de haber dejado de hacer muchas cosas importantes en la vida. Y de no haber comprendido del todo hasta qué punto la vejez es un problema, ese debilitamiento progresivo. Lo que me perturba más es el miedo a la demencia. A nuestro alrededor el alzhéimer hace estragos. Así que yo, para luchar contra eso, hago todos los días unos ejercicios de memoria y de atención.
¿Y en qué consisten?
Lo que le voy a contar le va a divertir. Me levanto, voy a mi pequeño estudio de trabajo y elijo un libro, no importa cuál, al azar, y traduzco un pasaje a mis cuatro idiomas. Lo hago sobre todo para mantener la seguridad de que conservo mi carácter políglota, que es para mí lo más importante, lo que define mi trayectoria y mi trabajo. Trato de hacerlo todos los días… y desde luego parece que ayuda.
Inglés, francés, alemán e italiano…
Eso es.
¿Sigue leyendo a Parménides cada mañana?
Parménides, claro…, bueno, u otro filósofo. O un poeta. La poesía me ayuda a concentrarme, porque ayuda a aprender de memoria, y yo siempre, como profesor, he reivindicado el aprendizaje de memoria. Lo adoro. Llevo dentro de mí mucha poesía; es, cómo decirlo, las otras vidas de mi vida.
La poesía vive… o, mejor dicho, en este mundo de ho