Infancia entre el Inn y el Salzach
No es fácil afirmar cuál es realmente mi patria chica. Mi padre, que era gendarme, debía mudarse con frecuencia de un lugar a otro; así que tuvimos que estar constantemente de traslado. Esta peregrinación continua concluyó en el año 1937 cuando, cumplidos los sesenta años de edad, se jubiló. Nos establecimos entonces en una casa en Hufschlag, junto al Traunstein, que se convirtió en ese momento en nuestro verdadero hogar. El anterior peregrinaje constante quedó reducido a un radio limitado: el que comprende el área del triángulo de tierra entre el Inn y el Salzach, cuyo paisaje e historia impregnaron profundamente mi juventud. Se trata de una tierra de antiguos asentamientos celtas, que después formó parte de la provincia romana de Rezia y que siempre ha permanecido orgullosa de esta doble raíz cultural. Hallazgos arqueológicos célticos nos retrotraen a un pasado lejano y nos unen a la historia del mundo céltico de Galia y Britania. Se conservan todavía fragmentos de calzadas romanas, y no son pocas las localidades que pueden exhibir, con el orgullo de su larga historia, su antiguo nombre latino. El cristianismo llegó a estas tierras antes del período constantiniano traído por soldados romanos y, aunque fue sacudido por los tumultos y disturbios de las invasiones germánicas, se salvaron algunos retazos de creyentes. A estos podemos unir los misioneros llegados de Galia, Irlanda e Inglaterra; algunos creen descubrir también influencias bizantinas. Salzburgo —laIuvavum romana— se convirtió en una metrópolis cristiana que modeló la historia cultural de esta tierra hasta la era napoleónica. Virgilio, el extraordinariamente indómito y obstinado obispo, se convirtió en una figura determinante. Más importante todavía es la figura de Ruperto, venido de la Galia, cuya veneración se mantiene aún más viva que la de Corbiniano, fundador de la diócesis de Frisinga, puesto que solo tras las revueltas del período napoleónico pudo unirse esta tierra a la nueva diócesis de Múnich y Frisinga. Obviamente, al recordar la antigua historia cristiana de esta zona, no podemos dejar de mencionar la figura del anglosajón Bonifacio, al que corresponde el mérito de ser el creador de la organización eclesiástica en el territorio bávaro de aquel entonces.
Nací el 16 de abril de 1927, Sábado Santo, en Marktl, junto al Inn. El hecho de que el día de mi nacimiento fuera el último de la Semana Santa y fuese la víspera de la noche de Pascua de Resurrección ha sido frecuentemente recordado por mi familia; y más aún que fuese bautizado al día siguiente de mi nacimiento, con el agua apenas bendecida de la noche pascual —que entonces se celebraba por la mañana—; ser el primer bautizado con la nueva agua se consideraba como un importante signo premonitorio. Siempre ha sido muy grato para mí el hecho de que, de este modo, mi vida estuviese ya desde un principio inmersa en el misterio pascual, lo que no podía ser más que un signo de bendición. Indudablemente no era el domingo de Pascua, sino exactamente el Sábado Santo. No obstante, cuanto más lo pienso, tanto más me parece la característica esencial de nuestra existencia humana: esperar todavía la Pascua y no estar aún en la luz plena, pero encaminarnos confiadamente hacia ella.
Dado que, a los dos años de mi nacimiento, en 1929, tuvimos que abandonar ya Marktl, no conservo ningún recuerdo propio del lugar, solo lo que mis padres y mis hermanos me contaron. Me hablaron de la nieve alta y del punzante frío en el día de mi nacimiento, tanto que mis dos hermanos mayores, con gran pesar suyo, no pudieron asistir a mi bautizo por el riesgo de coger un resfriado. Aquel período transcurrido por mi familia en Marktl no fue ni mucho menos una etapa fácil: dominaba el paro, las indemnizaciones de guerra gravaban la economía alemana, la lucha de partidos enfrentaba los unos a los otros, las enfermedades causaban estragos en nuestra familia. Pero quedan también muy bellos recuerdos de amistad y de ayuda mutua, de pequeñas fiestas en familia y de vida eclesial. No puedo olvidarme de señalar que Marktl se encuentra muy cerca de Altötting, el antiguo y venerable santuario mariano sobresaliente ya en la época carolingia, que a partir de la Edad Media tardía se convirtió en un