Al dormir lo veo claro…
J. V. FOIX
¡En cualquier lugar, con tal que sea fuera de este mundo!
¡En cualquier lugar!…
CHARLES BAUDELAIRE
Lector, quiero hilvanar para ti, en esta charla milesia, una serie de variadas historias y acariciar tu oído benévolo con un grato murmullo; dígnate tan solo recorrer con tu mirada este papiro egipcio escrito con la fina caña del Nilo…
APULEYO,El asno de oro
En su relato «A Descent into Egypt» (1914), Algernon Blackwood cuenta cómo el narrador protagonista es testigo impotente de la desaparición espiritual de su amigo George Isley, un personaje brillante y sensible que por sus inquietudes personales se convierte en egiptólogo neófito. Los dos, dandis instalados en un exilio dorado a orillas del Nilo, sienten cómo una fuerza numinosa, inefable e imparable los va atrayendo hacia una realidad otra, fascinante y rapaz al mismo tiempo. Pero solo Isley acaba cediendo, atraído por algo que lo va absorbiendo hasta transformarlo en un individuo anodino, mera carcasa: su cuerpo continúa existiendo, pero su alma ha desaparecido para siempre. Esta pujanza succionadora, seductora y mortal como el más terrible de los vampiros, cautivadora como un hechizo, no es otra cosa que el Egipto milenario, que acecha bajo la superficie profana del Egipto moderno. Como una sarna imposible de curar, los esqueletos ruinosos brotan aquí y allá sembrando la piel del país de costras y pústulas supurantes de mil promesas embriagadoras para quien se decida a hurgar un poco. Y a fe que se ha escarbado —primero con verdadera desazón y zarpas largas de expoliador— y se continúa escarbando —ahora ya con los guantes profilácticos de la ciencia arqueológica—, en busca de los vestigios de un mundo desaparecido hace, como quien dice, dos mil años. Y así la profecía delAsclepio, texto hermético de los primeros siglos de nuestra era, anunciaba el fin de ese Egipto que había sido imagen misma del cielo en la tierra —templum mundi— y donde habían residido los mismos dioses arropados por sus piadosos habitantes. El abandono de los ritos sumiría el mundo en las tinieblas, y con los dioses ya exiliados en las lejanías del cielo, Egipto habría de tornarse un pálido reflejo de lo que antaño fue1… Solo un futuro diluvio de fuego, agua y pestilencia ha de regenerar el cosmos y retornarlo a su verdadero sentido divino. A la espera de esta vuelta definitiva de los dioses, el Egipto arcano ymuerto aguarda soñando, y despliega su poder encantador por entre los despojos desparramados a lo largo del país, desde los desiertos deshabitados y desde los mensajes grabados en los jeroglíficos… Este libro es una crónica de ese influjo. Todos somos George Isley.
Hete aquí, pues, otro aspecto de esa obsesión del hombre occidental —¿o es tal vez patrimonio de toda la humanidad?— de proyectar en una realidad que ya no es, o que tal vez nunca ha sido —en cualquier caso, un no-lugar, realidad intangible—, una tierra imaginada a base de sueños donde residiría el meollo definitivo de las cosas, y que nos ha convertido en unos perseguidores de fantasmas de primer orden. Una esquizofrenia ontológica de la que han brotado idealismos excelsos, utopías variadas, amores platónicos, mundos supra- y sublunares, países del ultrasueño y realidades a las que escapar…N’importe où! n’importe où! pourvu que ce soit hors de ce monde! Nuestro territorio fantasmático es el deAigyptos, que no es ni el Egipto de nuestros mapas ni el Misr de sus actuales habitantes, sino aquel otro país que empezaron a vislumbrar los griegos —unas veces con los ojos abiertos como platos, otras con los ojos entrecerrados como quien sueña despierto— que viajaron a las tierras del Nilo. Pero sus antiguos pobladores no le dieron jamás a su país semejante nombre. Para ellos fue las Dos Tierras, las Dos Orillas, la Tierra Amada, el Ojo de los Dioses o, como muestra del dualismo que atraviesa todo su pensamiento, la combinación deKemet, la Tierra Negra, yDesheret, la Tierra Roja2. La primera se refiere a las tierras fértiles y cultivadas a orillas del río, el espacio civilizado donde impera la ley de Horus. La segunda, a los vastos desiertos estériles que se extienden a un lado y a otro del Nilo, el espacio agreste del violento Seth. NuestroAigyptos sería la voz griega que derivaría —y aquí empieza ya la leyenda— de uno de los epítetos de Menfis, la primera capital del país unificado:hut-ka-Ptah (seguramente pronunciado [hikuptah]), la «Morada delka de Ptah», el dios patrón de la ciudad y divinidad cosmogónica.<