Introducción
Tal vez el mejor crítico de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) haya sido su hermano Cecil Edward (1879-1918). No es de extrañar, pues los dos se habían entrenado desde su niñez en la dialéctica de la conversación y la disputa. Además, el círculo más cercano que los rodeaba no era menor: los picantes Hilaire Belloc y Ada Jones. Todos ellos periodistas (con trazas de poetas, filósofos, teólogos, novelistas, historiadores, políticos y un largo etcétera) tenían la mirada incisiva, las palabras afiladas, la paradoja oportuna y la pluma siempre desenvainada; eran, para decirlo en una palabra,críticos, de todo y de todos. Pues bien, una de las frases más orientativas para comprender el sentido de la obra chestertoniana la escribió Cecil al afirmar que Gilbert «es principalmente un portavoz. El predicador de un claro mensaje para su tiempo. Él usa todo el poder de su capacidad literaria para conducir su época hacia un fin determinado»1. Chesterton se presenta con una tarea, tiene algo en mente que hacer, una labor que cumplir: un mensaje que dejar. No es raro, por eso, que Gilbert, con tan solo cinco años, se alegrara profundamente cuando naciera Cecil y exclamara: «¡Qué bien!, ahora siempre tendré público»2. Él quería un auditorio porque tenía un mensaje. Pero, primero, el público debía estar citado, y el joven Gilbert en suCuaderno de Notas tiene la invitación registrada:
Invitación
Gilbert Chesterton
tiene el gusto
de invitar a la humanidad
a tomar el té
el 25 de diciembre de 1896.
Plaza de la humanidad, la Tierra, el Cosmos3
¿Qué dijo ese día? No lo sabemos a ciencia cierta. Puede ser que ni siquiera él al principio lo supiera. Tenía claro al menos que tenía algo que decir, aunque lo que no sabía muy bien en esos días era su contenido. Él mismo escribe en una de sus poesías de juventud: «pero si me preguntas qué es, no lo sé; es un rastro de pasos en la nieve; es una linterna alumbrando un camino; es una puerta abierta»4. Pero él ya estabain statu pupillari en su propia escuela. Lo que sabemos con seguridad de esos primeros años del joven Gilbert es que se los pasó leyendo, pensando y escribiendo. A propósito, leía hasta en las comidas; en una carta inédita a Frances —su novia, la única que le ponía orden— le escribe: «Comí mientras leía el ensayo de Renan sobre san Francisco de Asís […] Pero recordé que tú me habías dicho que es mejor no leer mientras se come. No me acuerdo la razón. Entonces, dejé mi lectura y me puse a debatir con Cecil sobre el ideal doméstico de los franceses»5. Y en esa época —como en toda su vida— escribía a granel: «durante media hora escribo palabras sobre un trozo de papel, palabras que no son examinadas ni escogidas, palabras en las que vierto la sangre del alma, como la sangre del cuerpo surge de una herida»6. Le escribe también a Frances: «¿Sabes que tengo una serie de ensayos cortos, escritos como ejercicios, sobre los primeros diez temas discutidos enNoctes Ambrosianae de Wilson?». Chesterton se estaba entrenando. Ahí escribe, como van saliendo, su religión personal, sus pasiones y sus anhelos, sus iras y sus desacuerdos, su gratitud hacia Dios y hacia los hombres, el grito de su indignación, sus ociosas alegorías, su sofisticado humor y las alegrías que emergen de la sagrada embriaguez de su existencia7.
Pasado el tiempo, Chesterton comenzará a organizar su mente, a estructurar sus ideas y a fundamentar su filosofía, su mensaje o su «herejía propia»8. De hecho, en una carta lo confirma: «Antes derramaba un torrente de nociones como si fuera el Niágara y me importaba muy poco adónde me conducían, así como a las cataratas no les importa adónde va su espuma. Ahora, solemnemente y con sentimientos de indescriptible ventura, tomo nota de cualquier cosa que se me ocurra. Cultivo las ideas como si fueran coles. Tengo un ‘método’ co