Hace muchas lunas, el dólar estaba a 870 liras y yo tenía treinta y dos años. También el globo, que contaba con mil millones de almas menos, era entonces más ligero, y la cantina de lastazione a la que había llegado aquella fría noche de diciembre estaba vacía. Ahí estaba yo, en pie, esperando a la única persona que conocía en la ciudad y que podía ir a recibirme. Se retrasaba mucho.
Todo viajero conoce esta clase de apuro, esta mezcla de cansancio y aprensión. Es el momento de amedrentar con la mirada el rostro de los relojes y los horarios, de escudriñar el mármol varicoso que hay bajo nuestros pies, de inhalar amoniaco y ese extraño olor que el hierro fundido de las locomotoras exhala en las noches frías del invierno. Hice todo eso.
A excepción del bostezante cantinero y de la inmóvil figura de Buda de lamatrona ante la caja registradora, no se veía a nadie. Por otro lado, poco provecho podíamos sacar de la presencia del otro; mi única moneda de cambio en su lengua, el términoespresso, ya había sido gastada, y dos veces. También les había comprado mi primer paquete de lo que durante muchos años habría de conocer por «Merda Statale», «Movimento Sociale» o «Morte Sicura», mi primer paquete de MS. De modo que cogí mis maletas y salí del local.
En el caso improbable de que la mirada de alguien hubiera seguido mi London Fog blanca y mi Borsalino marrón oscuro, se habría encontrado con una silueta conocida. Sin duda, la misma noche se habría encargado de absorberla sin dificultad. En mi opinión, el mimetismo ocupa un puesto muy elevado en el escalafón de todo viajero, y la Italia que tenía en mente en aquel momento estaba formada por la fusión de las películas en blanco y negro de los años cincuenta y el medio igualmente monocromo de mi oficio. El invierno era por tanto mi estación; la única cosa que me faltaba para parecer un bohemio local ocarbonaro era una bufanda. Aparte de eso, me sentía invisible y listo para fundirme con la oscuridad, para ocupar el fotograma de una película policiaca de bajo presupuesto o, mejor, de un melodrama.
Era una noche desapacible y, antes de que mi retina pudiese registrar cualquier cosa, me sentí invadido por una felicidad absoluta; mis orificios nasales recibían el azote de algo que para mí ha sido siempre sinónimo de este sentimiento, el olor de algas heladas. Para algunos, es el olor de la hierba o del heno recién cortado; para otros, el aroma navideño de las agujas de las coníferas y las mandarinas. Para mí, son las algas heladas, en parte por aspectos onomatopéyicos que se conjugan en esta palabra (en ruso, alga es la maravillosavodorosli), en parte también por una pequeña incongruencia y un drama subacuático que se oculta en esta noción. Uno se reconoce en ciertos elementos; cuando aspiré este olor en la escalinata de lastazione, hacía ya tiempo que los dramas ocultos y las incongruencias se habían convertido en mi fuerte.
Sin duda, la atracción que sentía hacia aquel olor debería haber sido atribuida a mi infancia junto al Báltico, el hogar de aquella sirena errante del poema de Montale. Sin embargo, tenía mis dudas sobre esta atribución. En primer lugar porque aquella infancia no había sido tan feliz (raras veces la infancia es más que una escuela de insatisfacción personal y de inseguridad), y, por lo