El cosmopolita
Libro I
Prospecto
Mucho es que ya podamos a lo menos exhalar en quejas la opresión en que hemos vivido tantos años; mucho es que no hayamos quedado mudos de remate a fuerza de callar por fuerza; mucho es que el pensamiento y las ideas de los ciudadanos puedan ser expresadas y oídas por ciudadanos. La tiranía también se acaba, sí, la tiranía también tiene su término, y a veces suele ser el más corto de todos, según que dicen los profetas: «Vi al impío fuerte, elevado como el cedro: pasé, y ya no le vi; volví, y ya no le encontré». Ahora nos falta que no vuelva, en el cual santo deseo Dios está para ayudarnos. Hay pestes, hambres, terremotos, nada falta en este mundo; pero más que todo hay tiranía. Y si nos alumbran bien las luces de nuestro entendimiento, ya decimos que el cólera asiático hace menos estragos en los hombres que un Atila; que un Caracalla les es más ruinoso que la mayor hambre; que un Rosas es más temible que un Vesubio. Los azotes naturales con que nos castiga la Providencia, de ella vienen al fin, y por el mismo caso ni nos desesperan, ni nos causan sentimiento; porque estando como estamos natural y obligadamente en sus manos, se nos puede tratar por ella según conviene a sus altos juicios, sin que de ahí tomemos ocasión para indignarnos. Empero las calamidades que nos vienen de nuestros semejantes, de nuestros hermanos, traen consigo una punta de amargura, que sobre causarnos males positivos, despiertan en el corazón un afecto indeciso, un nosequé de acedo e insufrible que redobla nuestras pesadumbres, y es el vivo resentimiento experimentado siempre por el alma sensitiva cuando ve venir los males de donde no debía esperar sino buenos oficios. Los hombres, en el mismo hecho de serlo, debieran de valerse unos a otros, supuesto que el padre común de todos les tiene mandado conceptuarse unos mismos y propender a su mutua felicidad.A fuerza de ver que nunca ha sido así, ya miramos como cosa corriente las desolaciones que los azotes del género humano van haciendo en su arrebatada carrera. Timur o Tamerlán manda asesinar cien mil prisioneros indios, por haberse sonreído algunos a la vista de su campamento; se le antoja al mismo, o era a otro príncipe, erigir una gran torre de cráneos humanos, y he ahí la ciudad de Ispahán gravada con un tributo de setenta mil cráneos frescos; y ese Caracalla nombrado poco ha, sin el menor motivo, hace de repente matar todos los habitantes de Alejandría. Vemos estas cosas en las historias, y poco nos horrorizan, y casi no nos admiran: debe ello ser que los siglos se interponen entre esos acontecimientos y nuestra alma, y de puro estar distantes nos obligan a quedar fríos. Pero demos que un tiranuelo de casa, un contemporáneo venga a oprimirnos, siendo como es y debe ser tan nuestro igual, y todo es hervir de enojo y tenernos por los más tristes de los hombres. Allí está Julio Arboleda que, con haber muerto a lanzadas atados a un poste, o a balazos en el patíbulo, unos trescientos compatriotas suyos, nos impresiona más desagradablemente que Sila haciendo degollar en el Pretorio diez mil prisioneros con la mayor serenidad del mundo. Allí está Gabriel García que, con haber fusilado él también algunos prisioneros inermes, después de haber azotado a un general y obligádole a morir, nos parece peor o a lo menos tan malo como el que puso fuego a Roma. Es que nuestro Don Gabriel ponía fuego a un edificio que vale más que Roma, la civilización moderna.Por esto es que nos sentimos tan aliviados cuando el Cielo nos quita de por medio estos Julios y Gabrieles, que en verdad, mejor les hubiera estado a ellos mismos quedarse allá increados en el seno de la nada, que venir a modo de Anticristos trayendo un juicio anticipado y prematuro a los pobres de sus compatriotas.Somos de parecer que el castigo de los grandes pecadores debe dejarse a la Providencia, bien así como las leyes antiguas no imponían pena ninguna al parricida, por cuanto les había parecido tan inhacedero ese crimen y tan superior a todo castigo humano, que lo dejaron sabiamente a Dios. En el orden de nuestras cosas, y tocando de paso al afamado García Moreno, diremos que entre todas sus acciones no hay ninguna peor ni de tan