: Juan Montalvo
: Gonzalo Zambulbide
: Obras
: Linkgua
: 9788498169799
: Historia
: 1
: CHF 3.60
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 572
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
En las Obras de Juan Montalvo son cuestionadas las clases militares, la amenaza de guerra civil, y  la necesidad de los partidos para gobernar con justicia. Juan Montalvo fue un autor polémico, enemigo de los dictadores, y representó el espíritu liberal de su época. Juan María Montalvo Fiallos (1832-1889) fue un ensayista y periodista ecuatoriano. Fuertemente influido por Montaigne y el romanticismo france?s, es considerado como uno de los ma?s grandes prosistas del siglo XIX iberoamericano y uno de los más fecundos escritores que tuvo el Ecuador en el siglo XIX. Sus obras responden a un pensamiento liberal. Montalvo defendió la libertad individual y el crecimiento económico con la participación de la empresa privada.

Nacido en Ambato de José marcos Montalvo y Josefa Fiallos, estudió filosofía y derecho en Quito antes de regresar a su ciudad natal en 1854. Ocupó cargos diplomáticos en Italia y Francia de 1857 a 1859. Político liberal , las creencias de Montalvo estaban marcadas por la anti- clericalismo y un agudo odio hacia los dos caudillos que gobernaron Ecuador durante su vida: Gabriel García Moreno e Ignacio de Veintemilla . Después de que un número de El Cosmopolita atacara brutalmente a Moreno, Montalvo fue exiliado a Colombia durante siete años. El asesinato de Moreno se atribuyó a los escritos de Montalvo. Fue un dedicado defensor de la democracia y enemigo del escritor Juan León Mera . A finales de los setenta Juan Montalvo fue dos veces exiliado a Francia, permaneciendo allí desde 1879, como castigo por Las catilinarias (1880), obra que lo hizo famoso en los círculos intelectuales de Estados Unidos , Europa y el resto de América Latina . Junto a los libros completos, Montalvo fue un consumado ensayista, y sus Siete Tratados (1882) y Geometría Moral (publicados en 1902, después de su muerte) fueron populares en Ecuador y fueron prohibidos por Veintemilla.

El cosmopolita

Libro I

Prospecto

Mucho es que ya podamos a lo menos exhalar en quejas la opresión en que hemos vivido tantos años; mucho es que no hayamos quedado mudos de remate a fuerza de callar por fuerza; mucho es que el pensamiento y las ideas de los ciudadanos puedan ser expresadas y oídas por ciudadanos. La tiranía también se acaba, sí, la tiranía también tiene su término, y a veces suele ser el más corto de todos, según que dicen los profetas: «Vi al impío fuerte, elevado como el cedro: pasé, y ya no le vi; volví, y ya no le encontré». Ahora nos falta que no vuelva, en el cual santo deseo Dios está para ayudarnos. Hay pestes, hambres, terremotos, nada falta en este mundo; pero más que todo hay tiranía. Y si nos alumbran bien las luces de nuestro entendimiento, ya decimos que el cólera asiático hace menos estragos en los hombres que un Atila; que un Caracalla les es más ruinoso que la mayor hambre; que un Rosas es más temible que un Vesubio. Los azotes naturales con que nos castiga la Providencia, de ella vienen al fin, y por el mismo caso ni nos desesperan, ni nos causan sentimiento; porque estando como estamos natural y obligadamente en sus manos, se nos puede tratar por ella según conviene a sus altos juicios, sin que de ahí tomemos ocasión para indignarnos. Empero las calamidades que nos vienen de nuestros semejantes, de nuestros hermanos, traen consigo una punta de amargura, que sobre causarnos males positivos, despiertan en el corazón un afecto indeciso, un nosequé de acedo e insufrible que redobla nuestras pesadumbres, y es el vivo resentimiento experimentado siempre por el alma sensitiva cuando ve venir los males de donde no debía esperar sino buenos oficios. Los hombres, en el mismo hecho de serlo, debieran de valerse unos a otros, supuesto que el padre común de todos les tiene mandado conceptuarse unos mismos y propender a su mutua felicidad.A fuerza de ver que nunca ha sido así, ya miramos como cosa corriente las desolaciones que los azotes del género humano van haciendo en su arrebatada carrera. Timur o Tamerlán manda asesinar cien mil prisioneros indios, por haberse sonreído algunos a la vista de su campamento; se le antoja al mismo, o era a otro príncipe, erigir una gran torre de cráneos humanos, y he ahí la ciudad de Ispahán gravada con un tributo de setenta mil cráneos frescos; y ese Caracalla nombrado poco ha, sin el menor motivo, hace de repente matar todos los habitantes de Alejandría. Vemos estas cosas en las historias, y poco nos horrorizan, y casi no nos admiran: debe ello ser que los siglos se interponen entre esos acontecimientos y nuestra alma, y de puro estar distantes nos obligan a quedar fríos. Pero demos que un tiranuelo de casa, un contemporáneo venga a oprimirnos, siendo como es y debe ser tan nuestro igual, y todo es hervir de enojo y tenernos por los más tristes de los hombres. Allí está Julio Arboleda que, con haber muerto a lanzadas atados a un poste, o a balazos en el patíbulo, unos trescientos compatriotas suyos, nos impresiona más desagradablemente que Sila haciendo degollar en el Pretorio diez mil prisioneros con la mayor serenidad del mundo. Allí está Gabriel García que, con haber fusilado él también algunos prisioneros inermes, después de haber azotado a un general y obligádole a morir, nos parece peor o a lo menos tan malo como el que puso fuego a Roma. Es que nuestro Don Gabriel ponía fuego a un edificio que vale más que Roma, la civilización moderna.Por esto es que nos sentimos tan aliviados cuando el Cielo nos quita de por medio estos Julios y Gabrieles, que en verdad, mejor les hubiera estado a ellos mismos quedarse allá increados en el seno de la nada, que venir a modo de Anticristos trayendo un juicio anticipado y prematuro a los pobres de sus compatriotas.Somos de parecer que el castigo de los grandes pecadores debe dejarse a la Providencia, bien así como las leyes antiguas no imponían pena ninguna al parricida, por cuanto les había parecido tan inhacedero ese crimen y tan superior a todo castigo humano, que lo dejaron sabiamente a Dios. En el orden de nuestras cosas, y tocando de paso al afamado García Moreno, diremos que entre todas sus acciones no hay ninguna peor ni de tan