: John Williams
: El hijo de César
: Ediciones Pàmies
: 9788416331765
: 1
: CHF 7.10
:
: Erzählende Literatur
: Spanish
: 340
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Año 44 a. C. Julio César es asesinado. Cuando en su testamento adopta y nombra como su heredero universal a su sobrino Octavio, la vida de este joven de dieciocho años cambia para siempre. Rodeado de hombres que luchan encarnizadamente por el poder -Cicerón, Bruto, Casio, Marco Antonio, Lépido-, el joven Octavio debe imponerse a todas las maquinaciones para hacer suyo el legado de su padre adoptivo y reclamar su destino como primer emperador romano. El hijo de César nace, después de una meticulosa labor de investigación, de la pluma de un auténtico poeta, y nos cuenta el sueño de un hombre por liberar a la corrupta Roma de las luchas internas que amenazan con acabar con ella y afianzarla como eje del mundo.

John Williams Nació en Clarksville, Texas, en 1922. En 1948 publicó su primera novela, Nothing But the Night, y un año más tarde, su primer libro de poemas, The Broken Landscape. Después de estudiar en las universidades de Denver y Missouri volvió a la primera donde enseñó literatura durante más de treinta años. Autor no muy prolífico, durante ese periodo escribió sus novelas Butcher's Crossing, Stoner (publicada en 2011 en castellano, siendo la gran sorpresa del año en nuestro país) y El hijo de César (ganadora del prestigioso National Book Award), así como su segundo libro de poemas, The Necessary Lie. Murió en Fayetteville, Arkansas, en 1994.

Capítulo segundo


I. Carta de Atia y Marcio Filipo a Octavio (abril, 44 a. C.)

Hijo mío, cuando recibas esta carta estarás ya en Brindisi y habrás oído las noticias. Tal como temía, el testamento se ha hecho público, y has sido nombrado hijo y heredero de César. Aunque sé que tu primera reacción será aceptar tanto el nombre como la fortuna, tu madre te implora que aguardes, que reflexiones y juzgues ese mundo al que el testamento de tu tío te conducirá. No es el sencillo mundo campechano de Velletri donde transcurrió tu infancia, ni el entorno familiar de tutores y ayas de cuando eras niño; ni tampoco el mundo de los libros y la filosofía en el que viviste tu juventud, ni tan siquiera el sencillo mundo del campo de combate en el que César, en contra de mi voluntad, te inició. Es el mundo de Roma, donde ningún hombre sabe quién es amigo o enemigo, donde la licencia despierta más admiración que la virtud y donde los principios se hallan a merced de las voluntades particulares.

Tu madre te ruega que renuncies a los términos del testamento; puedes hacerlo sin traicionar el nombre de tu tío y nadie pensará mal de ti. Porque, aceptando el nombre y la fortuna, aceptas también la enemistad tanto de los que asesinaron a César como de los que ahora honran su memoria. Tan solo contarás con el afecto de la plebe, al igual que César, que no fue suficiente para preservarle de su destino.

Rezo por que recibas esta carta antes de haber tomado una decisión precipitada. Nosotros nos hemos alejado del peligro de Roma y nos quedaremos aquí en la casa de tu padrastro hasta que amaine el caos y comience a haber un mínimo de orden. Si decides no aceptar el testamento, podrías viajar con total seguridad por el país para reunirte aquí con nosotros. Uno aún puede llevar una vida digna en la intimidad de su propia mente y de su corazón. Tu padrastro desea añadir unas palabras a las mías.

 

Tu madre te habla desde el amor que hay en su corazón; yo te hablo de igual modo desde el afecto, pero también desde el conocimiento práctico que poseo del mundo y de los hechos acaecidos en estos últimos días.

Ya conoces mi postura política y sabes que en ocasiones pasadas he disentido del proceder de tu difunto tío. De hecho, alguna vez, al igual que nuestro amigo Cicerón, he considerado necesario manifestar mi desacuerdo en la sala del Senado. Si te digo esto es solo con el fin de asegurarte que no es por motivos políticos que te ruego que tomes el camino que tu madre aconseja, sino por motivos de orden práctico.

No condono este asesinato, y de haber sido consultado al respecto, sin duda lo habría rechazado con una aversión tal que hiciera peligrar mi propia vida. Mas debes comprender que entre los tiranicidas (como ellos mismos se hacen llamar) se encuentran algunos de los ciudadanos más responsables y respetados de Roma. Cuentan con el apoyo de la mayoría del Senado, de modo que su única amenaza proviene de la plebe; algunos de ellos son mis amigos y, aun siendo erradas sus acciones, son hombres honestos y leales a la patria. Ni siquiera Marco Antonio, a quien arropa el fervor de la plebe, se atreve a proceder contra ella; ni lo hará, porque él también es un hombre práctico.

Con independencia de cuáles fueran sus virtudes, tu tío ha dejado Roma en un estado del que es difícil que se recupere pronto. Todo está en duda: sus enemigos son poderosos, pero vacilan