Prólogo
Las vallas blancas de la finca brillaban entre los árboles. A la izquierda se arrastraban los carros por la superficie polvorienta. Capas de aire arremolinado desfiguraban todo. De pronto vimos dos caballos gigantescos que tiraban de un punto negro; luego reparamos también en un enorme carro volcado, con las ruedas hacia arriba. Unos cientos de pasos más allá se inclinaban sobre el campo algunos braceros de la pequeña finca; no nos molestarían.
Habíamos llegado a la bahía esa noche, según lo planeado; uno siempre podía fiarse de Bomílcar. El barco estaba anclado tras unos peñascos, no podía verse desde el mar.
—Bostar es casi puntual. —Volví a sentarme tras el bloque de piedra y eché una mirada irónica a Bomílcar—. ¿No, capitán?
Su rostro se iluminó; sus dientes brillaban, resaltando la oscuridad de su piel.
—Ocho años —dijo en voz muy baja—. Mi padre es un anciano. —Luego añadió, riendo a medias—: Como tú, Antígono.
Era la primera vez que pisábamos suelo púnico desde nuestro destierro y nuestra huida de Qart Hadasht. La bahía no quedaba lejos de las ruinas de la finca rústica donde yo había pasado parte de mi juventud. Ocho años atrás habían sido destruidas todas las propiedades de los bárcidas y de sus amigos.
—Deberíamos salirle al encuentro. Aquí no puede pasarnos nada.
Quise levantarme.
Iolaos dio un tirón a mi túnica y me señaló el cielo, tras la carreta: nubes de polvo y el reflejo de algunos jinetes cuyos trajes blancos ondeaban al viento.
—¡Númidas! —Bomílcar se levantó de un salto, sin prestar atención a los gestos del capadocio—. Vamos, tenemos que largarnos de aquí. ¡Ah, ojalá los dioses ahogaran a Masinissa en mierda de ratas!
Titubeé un instante, y luego hice una señal a los demás.
—¡Vamos! Agachaos, quizá no nos vean.
Iolaos compuso una mueca extraña.
—Como tú digas, jefe. —Se llevó dos dedos a la boca y silbó.
Los viejos somos malos corredores. Empuñé la espada y corrí tras ellos tan rápido como pude. Bomílcar iba entre los primeros: marchaba blandiendo su espada cretense. Los arqueros capadocios avanzaban con pasos largos y elásticos. Aparceros —hombres, mujeres y niños— salían a nuestro encuentro dando gritos y tropezando.
Intenté correr más rápido. El corazón, fatigado por ocho décadas de vida, rabiaba como un animal enjaulado; los pulmones se contraían formando una bola de fuego. Ante mis ojos, o tras ellos, daban vueltas diversas imágenes: los númidas de Amílcar; los jinetes de Naravas, su yerno, persiguiendo soldados dados a la fuga; los númidas de Maharbal galopando a través de una quebrada, en Iberia; los númidas de Aníbal, figuras vertiginosas fundidas en sus ligeros caballos, dispersando a la caballería pesada romana, llevando a sus tropas hacia un remolino mortal… Pero estos númidas eran los jinetes de Masinissa, rey de los númidas, aliado de Roma. Estos númidas asaltaban las fincas y poblados púnicos, devastaban los cultivos, cercenaban porciones cada vez mayores del interior, vitales para la subsistencia del país. Y Qart Hadasht, atada de pies y manos por el tratado con Roma, no podía emprender ninguna guerra, ni siquiera en Libia, ni siquiera para defenderse.
Una mujer salió corriendo de una nube de polvo. Sus cabellos ondeaban tras ella. Dio un grito. Tenía la boca desgarrada. No escuché el grito, lo vi. El jinete le dio alcance. Ella corría con los brazos extendidos. Entonces brilló la es