Capítulo 2
Simulación de mundos
En algún lugar de su libro, Emily White dice de pasada: «Soy ese tipo de persona a la que le gusta jugar al “¿qué pasaría si…?”». Yo creo que es una frase clave. No solo porque me identifico con ella, sino porque es un rasgo que comparten todos los poetas y pensadores: se inventan situaciones que no existen, que aún no existen, o que ya no pueden existir. Dejan volar su imaginación para crear mundos y explorar cómo serían las cosas y cómo se desarrollaría su vida en ellos. La imaginación puede florecer en ese espacio, en esa brecha entre lo que realmente te está sucediendo, aquí y ahora, y lo que puedes llegar a imaginar. Es el biotopo de la creatividad. De ahí brotan las novelas, las hipótesis, los guiones cinematográficos, los programas políticos, las canciones, los proyectos… El conjunto de todas estas creaciones define una sociedad. La capacidad de conjurar mundos ficticios es lo que caracteriza profundamente a nuestra especie.
En cierto modo, todos somos poetas y pensadores. Simular mundosoffline es nuestro pan de cada día. Pensamos en lo que ya ha pasado y predecimos lo que está por venir: si crees que va a llover, coges un paraguas; si sabes que estarás muy ocupado durante la semana, te aseguras de tener la nevera llena; nos gastamos grandes sumas de dinero en seguros, porque nos imaginamos todo tipo de desgracias para las que necesitaremos ayuda. También usamos tácticas para cambiar el futuro: si prevés que en la próxima reorganización de tu empresa tu puesto pende de un hilo, le propones cuanto antes una reunión a tu jefa para indicarle cómo crees que se podrían mejorar las cosas, y así, al menos, no podrán tacharte después de pasivo y poco versátil. La sociedad actúa igual: desarrollamos modelos climáticos que predicen cómo será el mundo dentro de treinta años para saber qué intervenciones e inversiones son útiles y necesarias ahora. Luego discutimos sobre los pormenores; porque, en efecto, el cambio duele.
Hay otros animales que también son previsores. Un ejemplo clásico es el de las ardillas, que entierran frutos secos para los tiempos difíciles, aunque quizá lo hagan por instinto, sin proponérselo. No se puede decir lo mismo de las gaviotas, que dejan caer moluscos sobre la calzada para que la cáscara se rompa y poder comerse los mejillones con facilidad, pues dicha estrategia requiere un conocimiento específico y concreto de las propiedades físicas del entorno. Eso sí que es ser previsor. También lo son los cuervos, que se aseguran de que los de su especie no vean dónde almacenan los víveres, pues saben que, de lo contrario, podrían robárselos. Los cuervos vecinos que, a pesar de estas precauciones, descubren el escondite, no se lo revelan al propietario, para en algún momento futuro poder echar mano de esos suministros. Esta sala de espejos formada por expectativas, suposiciones e intenciones requiere un gran conocimiento de cómo es la situación, de cómo el otro la interpreta y de cómo podría ser.
Por lo tanto, los humanos no somos los únicos animales capaces de considerar un abanico de posibilidades y potenciales, pero sí somos unos virtuosos de la imaginación. Y hacemos algo más, algo especial, con esta capacidad: dirigimos nuestra mirada imaginativa no solo al entorno, sino también hacia nosotros mismos. Lo hacemos, por ejemplo, durante las discusiones: «No tenía que haberse tomado así mi comentario, pero yo podría haber reaccionado de otra manera», pensamos. En otras palabras, no solo podemos concebir un mundo alternativo, sino también imaginar diferentes puntos de vista y, en el mejor de los casos, si posees cierto grado de madurez, puedes asumir la responsabilidad de que tu particular visión limitada del mundo te llevó a un comportamiento reprochable. La vida nos hace pensar no solo en el mundo que nos rodea, sino también en nosotros mismos.
Dicho examen de conciencia implica mirar hacia dentro, hacia tu mundo interior, tus sentimientos, inclinaciones, opiniones y suposiciones, y preguntarte cómo son y cómo llegaron a ser así, y también imaginar cómo podrían ser y qué diferenci