¿Somos o no somos? Palíndromo a modo de introducción
RECUERDOS
Recuerdo con encontradas sensaciones un libro de texto de la época en que el acceso a las universidades daba nombre al rango escolar con el ecléctico epígrafe de “Curso de Orientación Universitaria”. Despuntaba como uno de mis tratados preferidos no por su contenido, absolutamente escueto y escaso, sino precisamente por sus carencias. Esta parvedad hacía al volumen atractivo en la medida en que despertaba el instinto de caza de lo omitido. Consistían aquéllas en ausencias neciamente justificadas por temor a un inoportuno atracón de “causa”, habitualmente poco propicia a la cañada del devenir académico.
El título del libro eraLiteratura española. El capítulo 7 –“Del vanguardismo al grupo poético del 27”– incluía los apartados 7a –que resolvía con diligencia estatal “La literatura de vanguardia. Documentos y textos”– y el 7b –una sincopada narración de la “Generación del 27”.
Con cándida pirueta, el 7b recortaba un discurso erudito de Dámaso Alonso en el que reflexiona sobre la conveniencia de tratar a los integrantes de la generación del 27 (llamada por algunos, en el colmo de la ordinariez, “generación de la amistad”) como tal generación. Nótese la radical importancia que dicho trámite suponía para un chaval de 18 años al que bien podría haberse obligado a memorizar, puestos a incentivar, siquiera uno sólo de los poemas dePoeta en Nueva York,por citar al de siempre.
La cuestión: “¿Es el grupo poético del 27 una generación, o no?” se saldaba con una sesgada selección de la reflexión de Alonso basada en los requisitos dictados por el crítico alemán Julius Petersen en 1930. El discurso de Petersen –discurso, éste sí, tratado con criterio– establecía unos preceptos que permitían dictaminar si frente a un grupo de escritores de líneas afines se podía hablar de generación. A saber:
•Nacimiento en años poco distantes.
•Formación intelectual semejante.
•Relaciones personales entre ellos.
•Participación en actos colectivos propios.
•Existencia de un “acontecimiento generacional” que aglutine sus voluntades.
•Presencia de un “guía” (o “caudillaje”).
•Rasgos comunes en cuanto al estilo (“lenguaje generacional”).
•Anquilosamiento de la generación anterior.
Dámaso Alonso mostraba su recelo a calificar a los reunidos bajo el epígrafe “Generación del 27” como tal. Escribe: “¿Se trata de una generación? ¿De un grupo? No intento definir”, y, a pesar de emplear el desmañado tecnicismo, reconoce la falta de algunas de las formalidades exigidas por “sabios varones”.
Reproduzco literalmente el párrafo correspondiente al apartado 7b, página 271 y, en cursiva, las palabras de Dámaso Alonso:
“Ningún hecho nacional o internacional la trae a la vida(sólo forzando las cosas puede considerarse el centenario de Góngora como acontecimiento que aúna voluntades: casi todos ellos se hallaban ya muy unidos antes de tal hecho)”.
”Caudillo no lo hubo(pese a su influencia, no puede otorgarse a Juan Ramón Jiménez ese papel)”.
”No se alza contra nada(al contrario, veremos su respeto por la tradición y por las grandes figuras de generaciones anteriores)”.
”Tampoco hay comunidad de técnica o de inspiración(si bien los anima el ansia de renovar el lengua