Escribir sobre Manzoni
¿Qué se puede decir sobre Piero Manzoni? ¿qué se pude escribir de nuevo, sobre un artista que realizó una obra tan corta, tan estructurada, analizada ya desde tantos puntos de vista? Quizás sólo recorrer el mismo lugar, manosear las obras y los discursos que ha producido, dar una vuelta más a la tuerca de las cosas sabidas. Pero quizás se pueda enfocar el trabajo desde el punto de vista contrario: la importancia de algunos artistas fundadores de lenguaje, como Duchamp o Warhol, como Schwitters o Beuys, radica en que aparecen como permanentes fuentes de discurso. Manzoni, como los artistas que acabamos de citar, instauró un índice, una señal que no se agota en sus objetos sino que, por el contrario, alimenta la producción del texto. ¿Qué decir, pues, de Manzoni, después de todo lo dicho?
Su obra está rodeada de un halo particular que la hace atrayente para el espectador contemporáneo: la brevedad de su vida –murió sin cumplir los 30 años–, el aspecto fulgurante y radical de su actividad, así como la reverberación que su obra ha tenido en los años sesenta y setenta a través del arte povera, el conceptual y la performance, hace que su figura adquiera una dimensión siempre actual. Pero también, el carácter extremadamente lateral de su obra, su brevedad, su componente subversiva, han ayudado a construir en torno a ella una barrera opaca de mitificación que oscurece su trabajo. Este texto intenta clarificar, en la medida de sus posibilidades, tanto la posición de la obra de Manzoni en el contexto del arte italiano y europeo de su época (Burri, Baj, Klein, Fontana, Castellani, Mack, Piene, Ben, Arman...), como su trascendencia en el devenir inmediato del arte europeo y norteamericano. Una de sus conclusiones –matizada cuidadosamente a lo largo del texto– apunta la idea de que su trabajo ha sido a menudo sobrevalorado.
Uno de los argumentos más difundidos que quieren explicar la importancia del trabajo de Manzoni, es el que minimiza el valor real de su obra, a favor de la determinante influencia que ha tenido sobre artistas posteriores, su inequívoca presencia en las propuestas conceptuales, povera o comportamentistas. Manzoni aparece como un “comienzo”, un patriarca para colocar en las primeras páginas de los catálogos, un venerable antepasado cuya obra no tuvo oportunidad de realizarse en toda su potencialidad. En cierta medida, un primitivo, a la maneratrecentesca,que sólo apunta breves e inciertos trazos de lo que luego florecerá con plenitud. La obra de Manzoni ha sido vista en negativo y en positivo. En el primero de los casos, trata del comportamiento anormal, difícilmente codificable, de unenfant terribleque se dirige prioritariamente a la “desmitificación de la obra” (G. Dorfles), practicando una suerte de dadaismo tardío. En el segundo, su obra aborda –incluso desde una estrategia nihilista– las posibilidades inéditas del arte en los años sesenta y