Introducción
Daniel Buren nació, en 1938, en la localidad francesa de Boulogne-Billancourt, y, en la actualidad, vive y trabaja in situ... De esta manera tan concisa y elusiva, en la que sólo se refleja una fecha y una actitud ante el arte y la vida, expone Buren su biografía, que, como es posible advertir, evita manifiestamente la amenaza de cualquier “contaminación narrativa” que pudiera convertir su trayectoria en una suerte de relato (récit), articulado en torno a una serie de líneas de progresión fuertes. Esta maniobra de autoprotección no debe ser recibida como si de una simple y gratuita excentricidad se tratara, ya que, si existe una tendencia –por no llamarla una tentación– contra la que Buren ha estado luchando insistentemente, durante muchos años, ha sido la proclividad de no pocos críticos e historiadores a hacer del análisis de su obra un ejercicio de reducción, orientado al repliegue de ésta a discursos o ideologías nucleares que permitieran su fácil localización. El ejemplo proporcionado por el autor francés es paradigmático de las dificultades a las que se enfrentan disciplinas cerradas y de esquema evolutivo como la historia del arte a la hora de asimilar casos como el suyo, que, a todas luces, desbordan los estrechos conductos por los que suele encauzar los diferentesasuntos por ella tratados. Tal es la heterogeneidad y naturaleza diversa de la documentación generada por Buren a lo largo de sus casi cuarenta años de trabajo que algunos de sus principales estudiosos, en el momento de confeccionar un índice en el que quedara reflejado tanto dicha documentación como las interpretaciones de ella derivadas, no han dudado en recurrir a la ordenación, por orden alfabético, de los múltiples conceptos que la integran y diversifican.
No cabe duda, en este sentido, de que la mayor conveniencia de una fórmula tan en desuso en la “crítica oficial” como la de las “palabrasclave” radica, fundamentalmente, en el hecho de que los índices a los que da lugar no imponen un itinerario analítico único y lineal, sino que, por el contrario, ofrecen diferentes “rutas” posibles que, dependiendo de la manera en que se transiten, revelarán una u otra faceta de la irreductible producción de Buren. Un autor como éste, que ha pretendido cuestionar –hasta su efectiva erosión– algunos de los mitos sobre los que se ha venido fundando, durante los últimos siglos, la experiencia artística –menciónense, a este respecto, ideas tan arraigadas como las de la subjetividad, el autor, el museo o la autonomía de la obra de arte– no podía permitirse caer en la grave contradicción de hacerlo a través de un modelo como el lineal-evolutivo que, entre otros aspectos destacables, se mostraba deudor de aquellos “grandes relatos” denunciados, por vez primera, por Lyotard. Se podría decir, en consecuencia, que Buren ha trabajado siempre desde la evitación de las estructuras narrativas encargadas de orientar el conjunto de su obra en una sola y exclusiva dirección. Y así sucede porque, entre otros motivos reseñables, la impugnación de un modelo de producción como el moderno –profundamente “narrativizado”– pasa, ante todo, por el debilitamiento máximo de todos aquellos elementos de legitimación causales y teleológicos sobre los cuales pivotó el discurso por él alumbrado.
BUREN-MOSSET-PARMENTIER-TORONI
Una de las principales y más evidentes derivaciones de este deseo de reducción de la obra de Buren a un patrón de comportamiento suministrad