: Javier Arnaldo
: Yves Klein
: Editorial Nerea
: 9788415042693
: 1
: CHF 8.00
:
: Kunstgeschichte
: Spanish
: 120
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
En los siete años que duró la vida artística de Yves Klein (Niza, 1928-París, 1962), que van desde su primera exposición en 1955 hasta el año de su muerte, este experto yudoca tuvo tiempo suficiente para cambiar las cosas. Con la actitud de un preclaro prestidigitador, puso a la vista del público sus múltiples invenciones (los monocromos, la escultura de fuego, la pintura antropométrica, la arquitectura de aire, el vacío, las esponjas, etc.) como reclamos para seducir a la experiencia del mundo en una dimensión perfeccionada. Del color, el principal objeto de su obra, dijo: 'Es lo que más se sumerge en la sensibilidad cósmica'.

Javier Arnaldo es profesor titular de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid, además de autor de diversos trabajos sobre la historia del arte y de la estética de los siglos XIX y XX. Entre sus publicaciones destacan la monografía 'Caspar David Friedrich', su participación en la obra 'Historia de las ideas estéticas y de las teorías artísticas contemporáneas' y la edición, preparada junto con O. Fernández, de los escritos de Ángel Ferrant: 'Todo se parece a algo. Escritos críticos y testimonios'.

El pintor monocordial


En 1958, el mismo día en el que cumplía treinta años, Yves Klein inauguraba en París una exposición en la que no se mostraba nada. Había vaciado la galería Iris Clert y pintado de blanco sus paredes, declarando que se trataba de una zona de sensibilidad pictórica inmaterial. “Esta inmaterialización de la pintura debe actuar con mucha más efectividad que las pinturas comunes”, dijo. El silencio de la pintura podía ser tan bienvenido como unas vacaciones, si no fuera porque el pintor no se las tomaba y señalaba a ese vacío blanqueado como a un campo magnético a cuya fuerza muda había que someter la sensibilidad pictórica. Quiso además Klein que ese mismo día se iluminara de azul ultramarino el obelisco de la plaza de la Concordia, dejando el pedestal en penumbra, para convertirlo en una masa erecta en suspensión que anunciara majestuosamente en la noche el triunfo de una sensibilidad manumitida. Como se lo prohibieron, no se pudo disfrutar de tal visión, hasta que, años después de la muerte de Klein, París le homenajeara proyectando luz azul sobre el célebre obelisco (fig. 1). Después de la exposición del vacío le quedaron, hasta 1962, aún cuatro años de vida a este pintor, cuya historia fue la de una entrega, la de un viaje narcótico, la de una pasión por la experiencia del color, que lo desfondó. Ya intuyó que podría ocurrir esto cuando, estando en Londres, el 21 de mayo de 1950, después de haber practicado, casi por primera vez, algo de pintura a la acuarela, anotaba en su diario: “Esta tarde y esta mañana pinté, solamente pinté, ¡y pensé mucho sobre esto! El resultado es muy deprimente, porque es muy difícil pintar, más de lo que cualquiera pudiera imaginar. Comprendo ahora por qué mi padre solía decir que un pintor debía ser muy fuerte y muy resistente, porque la pintura puede llegar a matarte en muy poco tiempo, ¡destrozando tus nervios y tus células mucho más rápidamente que cualquier otro arte! En todo tipo de arte o deporte o trabajo, uno emplea más o menos energías para desarrollarlo. En la pintura uno da sus energías y, además, algo más. Desconozco exactamente qué es lo que te arrebata toda tu fuerza. He notado que hoy era incapaz de hacer otra cosa sino pintar ¡porque había comenzado como es debido esta mañana! No era capaz de detenerme y de comenzar otra tarea. Tengo una sensación extraña y debo analizar esto en profundidad” (Stich, 1995: 25). Cinco años después arranca su dedicación a la pintura, y con un objeto que es, desde ese momento, diáfano.

El territorio de la totalidad, el de la vida en forma de clímax y de máximos, en un presente infinito, fue el campo de cultivo de Yves Klein, para quien Pierre Restany encontró, sin mucho ingenio, el alias de Yves,el monocromo. En 1958, además de exponer el vacío, trabajaba a menudo en colaboración con el arquitecto Werner Ruhnau, entre otras cosas en proyectos de arquitectura de aire, una arquitectura sustentada por grandes estructuras de aire comprimido. Y fue por esa época cuando escribióVen conmigo al vacío