A modo de introducción
Hacia finales del siglo XIX se hizo innegable el agotamiento de un primer ciclo de la autonomía moderna, en el que los artistas se habían esforzado en acumular negatividad y marcar distancias, en plan Lautréamont, de cualquier cosa que sonara a burgués o a persona normal. Llegado ese momento pareció imponerse la necesidad de desplegar toda esa negatividad acumulada. La necesidad de ser absolutamente moderno iba a llevar implícita la necesidad de cambiar la vida y el mundo social en el que esta se desarrollaba. De modo muy torpe aún, los artistas deArts and Crafts, los poetas del simbolismo y las primerísimas vanguardias mostraron una creciente preocupación por calibrar el modo en que las formas innovadoras con las que trabajaban podrían desbordar los limitados ámbitos del mundo del arte para invadir y modificar la sociedad en su conjunto. Se pretendía actuar de tal manera que esasformas fueran los soportes y las avanzadillas de un nuevo espíritu, de un mundo nuevo… nada menos. Para ello era fundamental crear un nuevo papel social para el arte, un papel que haría del ar