1. Cueva de los caballos. Escena de caza de ciervos. Cuarto milenio a. C. Calco en el Museo de Prehistoria de Valencia. La Valltorta (Castellón).
EXISTE UNA DIVISIÓN TRADICIONAL DE LA PREHISTORIA QUE, AUNQUE SIMPLISTA, RESULTA ÚTIL PARA MOVERNOS A TRAVÉS DE ELLA: LA EDAD DE PIEDRA Y LA EDAD DE LOS METALES. ESTOS NOMBRES HACEN REFERENCIA AL MATERIAL PRIMORDIAL CON EL QUE EL HOMBRE CREÓ SUS UTENSILIOS DE USO COMÚN, SUS ARMAS, SUS OBJETOS RITUALES, ETC.
Teniendo en cuenta que estamos hablando de varios miles de años, es lógico que cada uno de estos dos grandes espacios de tiempo esté, a su vez, subdividido en otros de menor extensión, con unos rasgos específicos que les confieren personalidad propia. Así, dentro de la Edad de Piedra encontramos tres nuevas etapas que en su discurrir muestran la evolución vital y material del hombre sobre la Tierra: el Paleolítico, el Mesolítico y el Neolítico. Lo mismo podemos decir respecto a la Edad de los Metales, en la cual la evolución es más rápida y viene marcada por el nombre de los metales y aleaciones que el hombre descubre y comienza a utilizar: cobre, bronce y, finalmente, hierro. Llegados a este punto, en los inicios del primer milenio antes de Cristo, entramos ya en el periodo histórico que será objeto de estudio en el siguiente capítulo. Ahora, siguiendo los pasos que hemos expuesto, vamos a adentrarnos en estos primeros estadios de la vida del hombre en la Tierra y a contemplar sus manifestaciones artísticas más tempranas.
Hagamos un esfuerzo de imaginación y situémonos en el año 12500 antes de Cristo. Estamos en el Paleolítico Superior y, dentro de este, en su último subperiodo, el llamado magdaleniense. La climatología es muy dura. El hombre vive en cuevas. Su único medio de subsistencia es la caza y, a veces, los frutos que la naturaleza le ofrece. Por ello, todo su esfuerzo ha de centrarse en lograr que aquella sea fructífera. Para conseguirlo no solo se servirá de sus armas rudimentarias, sino que, además, pedirá la ayuda mágica de sus, para nosotros, desconocidas divinidades. Y es en esta petición tan especial donde se nos muestra el genio creador de nuestros antepasados cazadores.
Las cuevas en las que habitan son muy profundas, con espacios recónditos a los que es difícil acceder, y en los que aún es más difícil vivir, dado el alto grado de humedad y la falta de iluminación natural. Pues es aquí, en estos lugares prácticamente inaccesibles, donde el hombre paleolítico encuentra el sitio adecuado para comunicarse con sus dioses y pedirles ayuda para la caza. Con unas técnicas que aún hoy no nos son del todo conocidas, estos primitivos pintores nos han legado una serie de representaciones animalísticas que cautivan por su realismo, su color y su vitalidad.
El espacio geográfico en el que se localiza la pintura paleolítica en España estaba limitado hasta hace pocos años a la cornisa cantábrica, pero en los últimos tiempos se han encontrado yacimientos en otros lugares de la Península Ibérica que amplían considerablemente su área de difusión. No obstante, ninguno supera en calidad al que desde su descubrimiento en el año 1879 ha sido considerado como