: José María Mardones Martínez
: Matar a nuestros dioses
: PPC Editorial
: 9788428822602
: GP Actualidad
: 1
: CHF 8.90
:
: Religion/Theologie
: Spanish
: 224
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Este libro póstumo es el testamento espiritual de José María Mardones. Lo terminó uno o dos días antes de su muerte, acaecida el 23 de junio de 2006. El 19 de abril le anunciaba en un correo a su amigo y compañero Patxi Loidi: 'Ando tentado -ya he empezado- de escribir sobre las imágenes de Dios: matar a nuestros falsos dioses. Un intento de presentar siete imágenes de Dios perversas, que habría que sustituir por otras positivas. Un libro, quizá, pastoral. ¿Qué te parece? Te envío la presentación y el primer capítulo: a ver qué te sugiere. Quiere ser legible, sencillo, sin notas, aunque al final, inevitablemente, se me va el aspecto cultural. Pero quizá esto no sea un defecto. ¿Cómo lo ves? Un abrazo amistoso, cálido y pascual'. En la homilía del funeral al día siguiente de su muerte, Pedro Olalde, que convivió los últimos años con José María Mardones, decía: 'Esta última semana estabas dedicado intensamente, con ilusión, a la elaboración de un libro sobre las imágenes de Dios. Me diste los tres primeros capítulos para que los revisara. Lo hice y te di mi impresión en la mañana de ayer, el mismo día de tu partida. Dios no es alguien terrible, decías, sino un Padre con entrañas de misericordia. Dios es amor y todo lo hace por amor. Quiere envolvernos en su amor, invitándonos a acoger y desarrollar esta potencia creadora. No hay cosa más nefasta, añadías, que una mala imagen de Dios. Detrás de muchos conflictos humanos y psicológicos subyace un problema religioso. Por eso te dedicaste en cuerpo y alma a iluminar nuestras mentes con una teología y antropología serias. Gracias, Chema, por tu ingente labor. Gracias por ser un faro potente en nuestra condición de itinerantes hacia la plenitud'.

José María Mardones era desde 1986 investigador en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en las áreas de Filosofía política y de la religión. Doctor en Sociología y Teología, estudió en la Universidad de Deusto (Bilbao) y de Tubinga (Alemania). Fue profesor (1976-1983) en las Facultades de Teología de la Universidad de Deusto (Escatología) y de Sociología (Sociología del conocimiento y de la religión, Filosofía y Metodología de las ciencias sociales), posteriormente (1983-1986) en la Universidad del País Vasco (Filosofía y Metodología de las ciencias sociales). Fue también Visiting Profesor en la New School de Nueva York (1989) y profesor invitado en diversas universidades: UCA de El Salvador (1990), Iberoamericana de México y Puebla (1993, 1995 y 1997), Universidad Nacional y Universidad de Costa Rica (1995), Santo Tomás de Bogotá (1997), ITESM de Monterrey (1997, 1998 y 1999), Buenos Aires (1999), Montevideo (1999), Universidad Autónoma de Chiapas (2000), etc. Sus centros de atención giraban en torno a la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt y los problemas de las relaciones entre religión y cultura. Dirigía, junto con José Gómez Caffarena, el Seminario de Filosofía de la religión del Instituto de Filosofía del CSIC. Autor de numerosos libros y artículos de revista, en PPC ha publicado: 'Análisis de la sociedad y fe cristiana' (1995), 'Desafíos para recrear la escuela' (1999, 2ª ed.), 'En el umbral del mañana. El cristianismo del futuro' (2000), 'La transformación de la religión. Cambio en lo sagrado y cristianismo' (2005), 'Matar a nuestros dioses' (2007, 5ª ed.) y 'Ser cristiano en la plaza pública' (2007). También coordinó y participó en el volumen '¿Hay lugar para Dios hoy?' (2005).

INTRODUCCIÓN


 

1

 

Hay libros que nacen de la cabeza, el estudio y la reflexión. Otros cuyo impulso procede de la vivencia, de la necesidad de comunicar un caudal de sentimientos. Este libro nace de la práctica, del encuentro con creyentes y de la necesidad de responder a lo que considero una distorsión de la verdadera imagen cristiana de Dios.

En mi experiencia pastoral me he ido encontrando con una triste constatación: Dios no siempre es un elemento elevante, potenciador, liberador de la persona. Al revés, alrededor de su figura se dan cita un cúmulo de miedos, terrores, cargas morales, represiones o encogimientos vitales. No, Dios no siempre es una fuerza que desate nudos, libere de enredos, haga más ligera la carga de la vida o eleve a las personas por encima de las miserias existenciales y cotidianas. A menudo Dios es una carga pesada, muy pesada. Y muchos no se atreven ni a tirar este fardo por la borda.

Este libro nace del deseo de colaborar para liberar de este «Dios» opresor. Quisiera ayudar a que las personas descubrieran que esas «imágenes de Dios» no son el Dios de Jesús, sino su negación.

La imagen de Dios tiene una importancia esencial en la vida de la fe cristiana. Dado que a Dios nadie lo ha visto nunca (Jn 1,18), siempre funcionamos, inevitablemente, con imágenes y representaciones suyas que nos lo hacen accesible a la experiencia humana. Estas imágenes hacen de mediadoras de su presencia viva en nosotros. Unas imágenes forjadas a lo largo de los siglos mediante la lectura de la Escritura, la enseñanza corriente, la práctica religiosa, la moral cristiana. Estas imágenes son la forma como los creyentes han llegado a conocer y relacionarse con Dios, ya sean niños o adultos.

Vamos descubriendo que la tarea del creyente es permitir a Dios ser Dios. Al final, las figuras opresoras de Dios son una creación humana. Las ataduras y fardos proceden del corazón humano, de la educación recibida, de las imágenes fabricadas en un proceso que se pierde en el tiempo y que se van transmitiendo de padres a hijos, de maestros a discípulos, de amigos a amigos, de la impregnación del medio ambiente cultural y religioso. Junto con el sentimiento religioso y la apertura a una trascendencia, siempre misteriosa y fascinante, se deslizan ideas y representaciones de Dios que son idólatras.

El problema de la imagen de Dios es de ideas, de sentimientos, de representaciones y de vivencias. Es una madeja no siempre fácil de desenmarañar.

 

 

2

 

Hay que cambiar nuestras imágenes de Dios. Siempre habría que estar distinguiendo entre lo que es nuestra idea y representación de Dios y lo que es Dios. Frecuentemente ni lo hacemos ni nos ayudan a hacerlo en la Iglesia. Los que hablamos de Dios –y alguna vez casi todos lo hacemos–, a menudo hablamos con poco respeto o distancia entre lo que son nuestras palabras e imágenes de Dios y lo que es el misterio de Dios. A Dios nadie le ha visto, pero nosotros nos comportamos como si desayunáramos con él, como dice la expresión borgiana.

Tendríamos que recordar continuamente el aviso que uno de los más grandes teólogos del sigloXX, Karl Barth, nos hacía respecto a su hablar de Dios: no olvidéis que esto lo dice un hombre de Dios. Siempre hablamos hombres y mujeres, seres humanos, en lenguaje humano, con los condicionamientos humanos. Se nos olvida a menudo. Benedicto XVI, cuando era teólogo en Tubinga, decía algo parecido referido al lenguaje sobre Dios.

Recuerdo la impresión que me causó, en uno de nuestros seminarios de filosofía de la religión, un joven colega que había estado algún tiempo estudiando y viviendo en la India, cuando expresó espontáneamente el malestar que le producía nuestro hablar tan distendido y seguro sobre Dios y sus atributos. Es un hablar con poco respeto del misterio de Dios, nos dijo. Y tenía razón. Hablamos con demasiada alegría y seguridad de Dios, de su Misterio. Quizá una de las consecuencias no queridas, perversas, de este empeño de la cultura occidental, cristiana, de aclarar, reflexionar y razonar acerca de todo, es que le perdemos el respeto al Misterio. Peor, que algunas de las afirmaciones y representaciones hechas con cierta alegría sobre Dios, dentro de la Iglesia, se toman como verdades inconcusas. No guardan la distancia respecto al Misterio. No saben ni avisan de que son hombres, por muy excelsos, santos e inteligentes que sean, que hablan del misterio de Dios. A lo mejor debiéramos poner un aviso generalizado en todas las parroquias, iglesias, salas de conferencias, catequesis y seminarios intelectuales del mundo: «Recuerden: aquí hablan seres humanos, hombres y mujeres, de Dios». A lo mejor ayudábamos algo a no confundir a Dios con nuestro hablar y nuestras representaciones sobre él.

Y habría que avisar también que incluso el habla de los libros sagrados, la Escritura con mayúscula, la Biblia, los evangelios, el Corán, las Upanishads, etc., son libros donde Dios habla a los hombres con palabras humanas. Es decir, como sugiere J. L. Sicre, para nosotros, los católicos, en nuestras misas habría que decir, tras la lectura y proclamación de la Escritura, no solo «Palabra de Dios», sino «Palabra de Dios y palabra humana». Se nos olvida con frecuencia que la comunicación de Dios con el hombre se efectú