: José Rodríguez Carballo
: Francisco de Asís y la vida religiosa
: PPC Editorial
: 9788428826693
: Francisco de Asis
: 1
: CHF 8.90
:
: Biographien, Autobiographien
: Spanish
: 160
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: ePUB
En dos mil años de cristianismo hay un solo hombre que ha marcado la historia de un modo inigualable: Francisco de Asís, por el que cristianos y no cristianos sienten una profunda simpatía. Hace ahora precisamente ochocientos años que el joven Francisco se presentó ante el 'señor Papa' para pedirle permiso para vivir como vivió Jesús: pobre, obediente y casto. El Evangelio es 'regla y vida' de Francisco y de los franciscanos.

José Rodríguez Carballo ofm nació en el municipio de Sarreaus (Orense). Es licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma y en teología bíblica por la Facultad de Ciencias Bíblicas de Jerusalén. Ha sido profesor en el Seminario Mayor de Vigo y en la Facultad de Teología de Santiago; Ministro Provincial de la Provincia franciscana de Santiago; Consejero general de la Orden por parte de la Conferencia Ibérica de Franciscanos y Secretario general para la Formación y Estudios de la Orden. Actualmente es Superior General de la Orden franciscana, con sede en Roma. Es miembro consultor de varias congregaciones vaticanas. Ha escrito notables estudios sobre espiritualidad y franciscanismo.

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LA VIDA RELIGIOSA
Y
FRANCISCO DE ASÍS


 

1. Si oís hoy su voz, no endurezcáis el corazón

 

«Tú, ven y sígueme», dice el Señor Jesús a todo hombre y mujer que, seducidos por su persona y por su palabra, se muestran dispuestos a dejarlo todo para «estar con él y ser enviados» (cf. Mc 3,14). Esta es invitación constante del Señor a su Iglesia, interpelación de Cristo a todo aquel que se interroga por el sentido de su vida. Entre estos «mendicantes de sentido» siempre ha habido algunos que, dispuestos a dejarlo todo, quisieron «reproducir» en su vida la de Cristo Jesús: sus sentimientos, sus gestos, sus palabras, la vida común de la primera comunidad de los creyentes. Un ideal de vida y de bienes similar al de la comunidad de Jerusalén, al que continuamente los creyentes volverán los ojos y el corazón. Un ideal de vida y de anuncio de la Buena Noticia que los seguidores del Pobre de Nazaret tendrán siempre como modelo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, esta ha querido responder con fidelidad creativa al mensaje de su Esposo, de su Señor. Ella ha querido vivir con creatividad fiel el Evangelio y seguir «más de cerca» a Cristo. La vida consagrada es una respuesta eclesial, suscitada por el Santo Espíritu de Dios, al mensaje de Jesús de Nazaret, elKyrios. La vida consagrada brota de la voz de Dios, pues es Dios quien llama, ofrece al llamado su ayuda y sostén, y lo consagra para su alabanza; y el llamado responde y acepta por la fe la palabra que el Señor le dirige, y se arriesga a vivir solo de la gracia, solo del amor de Dios.

A lo largo de la historia de la Iglesia, desde el principio mismo de su misión al soplo del Espíritu del Resucitado, hubo creyentes que optaron por vivir el Evangelio como célibes por el Reino de Dios, enteramente dedicados a buscar una existencia centrada en el misterio de Jesús y el seguimiento, en radical desnudez de afectos y riquezas, con el oído atento a la Palabra. Hombres y mujeres que, deseosos de vivir el Evangelio con hondura, supieron encontrar cauces para que se manifestase en la Iglesia lo que en ellos había suscitado la escucha del Evangelio y la respuesta personal a la invitación de Jesús: «Ven y sígueme».

Fue alrededor del año 300 d. C. cuando los cristianos comenzaron a buscar la soledad como un camino para acercarse a Dios y amar a sus hermanos los hombres. Algunos vivieron completamente solos, como ermitaños; otros vivieron en comunidades donde silencio y estilo de vida les ayudaban a relacionarse con Dios. Pues bien, en ese marco plural y rico de la vida consagrada a Dios y a los demás se sitúa también la vida consagrada de la época de Francisco de Asís. Este se encuentra con el monacato occidental heredero de Martín de Tours († 397), Agustín de Hipona († 430), Cesáreo de Arlés († 542), Benito de Nursia († 547). En Italia, el monacato se encon