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EN MEDIO DE UNA CRISIS SIN PRECEDENTES
Antes que nada parece necesario tomar conciencia de las nuevas condiciones en que la Iglesia ha de llevar a cabo hoy su misión evangelizadora. Condiciones insospechadas hace solo unos años. No es posible exponer aquí, ni siquiera de manera resumida, los análisis sociológicos y los ensayos que se están publicando sobre la sociedad contemporánea occidental. Nos limitaremos a tomar nota de algunos datos básicos que parece necesario tener en cuenta para pensar hoy de manera renovada la misión evangelizadora de la Iglesia.
1. Centralidad de la crisis
No es fácil analizar lo que está sucediendo. El momento actual es complejo y está lleno de tensiones y contradicciones. No todos hacen la misma lectura, pero casi siempre se pronuncia una palabra: «crisis».
Las filosofías modernas entienden que la crisis se ha convertido en el horizonte de comprensión del momento actual. La aparente armonía de un mundo unificado y coherente se está derrumbando. Todo aparece cuestionado. Se habla de «omnicrisis» o de crisis total. «La crisis es un fenómeno que se ha extendido a todos los dominios de la existencia humana, hasta el punto de que viene a designar simplemente nuestra condición de hombres modernos» 1.
La crisis afecta a todos los sectores de la vida: hay crisis metafísica, cultural, religiosa, económica, ecológica. Están en crisis la familia, la educación y las instituciones sociales de otros tiempos. Han caído en buena parte los mitos de la Razón, la Ciencia o el Progreso: la razón no nos está llevando a una vida más digna y humana; la ciencia no nos dice ni cómo ni hacia dónde hemos de orientar la historia; el progreso no es sinónimo de felicidad para todos.
Está en crisis la transmisión del patrimonio socio-cultural a las nuevas generaciones. Se va perdiendo la memoria histórica y religiosa. Emerge una cultura plural y difusa en la que las grandes tradiciones culturales, religiosas y políticas van perdiendo la autoridad que han tenido durante siglos. Se ponen en cuestión los sistemas de valores que configuraban en el pasado el comportamiento ético. Crece la indiferencia ante lo religioso, lo metafísico y lo político. Se ha dejado de creer en «las antiguas razones de vivir». Vivimos una situación inédita: los antiguos puntos de referencia parecen inadecuados y los nuevos no están todavía bien dibujados. La actitud más generalizada ante el futuro es la incertidumbre y una difusa inquietud. Para captar mejor la profundidad de esta crisis podemos recordar algunos rasgos básicos.
En primer lugar, eldescréditoy ladesconfianza. No resulta fácil creer en el pensamiento humano. Las grandes ideologías del sigloXXhan conducido a la humanidad a las mayores tragedias de la historia: dos guerras mundiales, el Holocausto(Shoá),Nagasaki, Hiroshima, la era estaliniana, las guerras de Camboya, Yugoslavia o Ruanda, y en estos momentos el terrorismo del Daesh 2. No es fácil tampoco creer en el proceso humano cuando el cinismo económico de los países más avanzados mantiene en el hambre y la miseria a un tercio de la humanidad. En medio de la incertidumbre y la desconfianza solo queda el ser humano con su fuerza creadora y también con su poder destructor.
Por otra parte se experimenta como nunca lafragmentación. No se aceptan los grandes relatos de salvación, las grandes síntesis, los sistemas, las gran