Como le gusta repetir al excelente biblista Xavier Alegre, todo texto sin contexto es un pretexto. En efecto, así es. Y ese peligro puede correr también el libro que se presenta a continuación.
Por eso comienzo ubicando el contexto en el que hay que situarlo para así entenderlo. Y lo hago en un doble sentido. Primero, contestando a la pregunta acerca del origen que impulsa a dedicar un tiempo a investigar y escribir estas líneas. En segundo lugar, explicando el sentido de volver a abrir una ventana que parecía cerrada sobre la posible vinculación entre Jesús y los esenios, intentar descubrir qué puede aportarnos a nosotros dicho conocimiento.
Respecto a la pregunta acerca del nacimiento de este texto, la historia comienza hace mucho. En concreto, cuando tenía catorce años. Recuerdo cómo en clase de Religión nos hablaron de los diferentes grupos tanto sociales como políticos que conformaban la sociedad palestinense en tiempos de Jesús. Allí se encontraban los saduceos, los fariseos, el sanedrín, los sacerdotes, los zelotas... y los esenios. De estos últimos, después de explicarnos qué pensaban, cómo se organizaban y cuáles eran sus costumbres, se nos dijo que no aparecían en el Nuevo Testamento. Y fue entonces cuando en mi mente adolescente empezaron a surgir una serie de preguntas que me han acompañado a lo largo de muchos años.
¿Por qué estudiamos un grupo que no aparece en los evangelios? Primera pregunta, tal vez interesada porque así eliminaba materia. Mas no era esa mi intención. La asignatura me gustaba; el profesor, también, y tenía ganas de conocer más. Así que poco a poco la pregunta se fue configurando con la intención de encontrar una formulación más acorde con lo que iba surgiendo en mi interior.
¿Por qué no aparecen en los evangelios? Esta era la pregunta. Las respuestas podían ser diversas. Tal vez porque dicho grupo no existía en tiempos de Jesús. Era una posibilidad. Pero no era eso lo que nos había dicho el profesor. Quizá el motivo real fuera que se trataba de un grupo insignificante que apenas tuviera contacto con Jesús y su grupo de amigos. No había respuesta. Al menos no una respuesta clara que pudiera convencerme.
El profesor insinuó ante mi cuestión que tal vez era porque, al desaparecer el grupo, algunos de ellos se pasaron al cristianismo y de esta manera no hacía falta hablar de un pasado diferente a su presente actual. Tal vez. Pero solo era un tal vez que no agotaba mis ansias de saber más sobre el tema. ¿Realmente era cierto? ¿Dejaron los esenios de ser esenios para hacerse cristianos? ¿Lo hicieron todos? ¿Qué pasó con quienes no dieron ese paso? ¿Se puede comprobar que realmente algunos sí dieron el salto al cristianismo?
Años más tarde, en mi último curso de colegio, a algunos alumnos se les invitaba a participar en la clase de Religión de tres cursos inferiores. Me propusieron colaborar y acepté encantado. Aprovechando que esa tarde en que se tenía la asignatura nosotros no teníamos clase, acompañábamos al profesor asignado, de manera que, tras su explicación, hacíamos grupos pequeños de diez alumnos con los que charlábamos, analizábamos, compartíamos lo que nos había suscitado la explicación, a la par que se contestaban una serie de preguntas. Cada alumno mayor acompañaba uno de esos grupos.
Un día, el profesor nos invitó a los alumnos mayores a explicar uno de los temas que se trabajaban. A mí me tocó explicar los grupos sociales en tiempos de Jesús. Y de nuevo aparecieron los esenios. Y de nuevo vuelve a surgir la pregunta. ¿Por qué no apa