: Pablo Romero Buccicardi
: Caminos de reconciliación
: PPC Editorial
: 9788428836845
: Fuera de Colección
: 1
: CHF 8.00
:
: Religion/Theologie
: Spanish
: 328
: Wasserzeichen
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
Este libro quiere colaborar con la reconciliación de las personas, de la Iglesia y de parte de la sociedad. Una reconciliación que sobre todo es con ellas mismas, partiendo de un tema tan esencial para la vida como es la sexualidad, pero que va de la mano de una renovada relación con Dios y con los demás. Se trata de diez historias personales cuya lectura puede conmover al lector y, también, permitir reconocerse en ellas, al menos en una parte de sí mismos. Puede aparecer el miedo al rechazo, el temor a mirar ciertos aspectos de la sexualidad, la resistencia a reconocer y aceptar los impulsos y deseos de la afectividad.Una crónica del mal sufrido, pero, sobre todo, historias de fe y amor LGTBI.

Pablo Romero Buccicardi es licenciado y máster en Teología, Economía y Políticas públicas en Chile y España. Ha sido religioso durante dieciséis años, trabajando en distintos contextos sociales y eclesiales. Acompañante de personas homosexuales y comunidades cristianas de diversidad sexual, actualmente es profesor de Liderazgo ignaciano y doctorando en Ciencias humanas y sociales en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid). Casado con Ana y padre de Marina.

Prólogo


 

Siempre he sido muy aficionada a la lectura, y cualquier tema me entusiasma; me intereso por diversos géneros literarios –la poesía es uno de ellos– y, últimamente, me gustan mucho los testimonios autobiográficos de personas reales. Que los retazos de vida sean el contenido de ciertas lecturas me anima desde la más profunda admiración.

Precisamente, desde esa admiración leo con auténtica pasión los que constituyen este libro; historias de vida llena de esperanza, de lucha, de fe, de amor a Dios y de búsqueda de él. Y tienen además un atractivo extra: son relatos de personas creyentes que sencillamente quieren vivir en la Iglesia.

Mi relación con el colectivo LGTBI viene de lejos. He tratado con personas con orientaciones sexuales diversas sobre todo cuando, recién llegada a Madrid, trabajaba como funcionaria en el área de teatro y espectáculos del ministerio de Información y Turismo. Desde entonces he podido disfrutar de su amistad, de su relación como compañeros de trabajo y también de diversión.

Más tarde, ya en la vida religiosa, he acompañado y acompaño a todo tipo de personas; nunca he excluido a nadie que me haya pedido caminar a su lado. ¿Acaso la diversidad sexual podría justificar la exclusión? Sé que hemos avanzado y seguimos progresando en el tema de la inclusión de toda diversidad, pero aún tenemos camino por delante en un asunto que ha provocado mucho sufrimiento dentro y fuera de la Iglesia.

Ser mujer con una opción de compromiso célibe, vivida dentro de la Iglesia, me proporciona una forma distinta de vivir el amor: no renunciando a él ni reprimiendo nada, sino encauzándolo y abriendo vías para vivir con mayor plenitud mi dimensión afectivo-sexual. La opción por esta manera de vivir el amor lleva como renuncia consecuente no tener un amor exclusivo ni generar hijos biológicos, pero sí hijos nacidos desde y en el corazón, que es otro modo de ser fecunda, no estéril.

Porque ser fecunda es generar vida para una y para los demás. La fecundidad tampoco consiste en hacer muchas cosas; muchos apostolados y muchos activismos a veces son estériles porque no ponen en juego el corazón, sino la agitación continua, quizá para llenar otros vacíos, y esos sí que son motivos de esterilidad, de no vida.

Además, desde mi concreta manera de amar, entiendo otras formas de vivir esta dimensión afectiva, como las que aquí leo, que me ayudan a ampliar el horizonte y a sentirme confirmada en mi opción.

También poder ejercer el acompañamiento espiritual es una manera de apostar por la vida, de caminar al lado de las personas, las que sean y como sean, y, cuando me asomo a las que están detrás de estas mismas páginas que ahora podemos leer, no puedo menos que sentir una gran conmoción.

Soy así testigo del dolor de muchas personas dentro de la Iglesia, pero, al mismo tiempo, exulto de gozo al ver cómo la fe, la confianza, la esperanza en el Dios de la vida hacen que se superen tantas barreras y se vayan construyendo puentes que nos vinculen, que nos ayuden a estrechar las manos de todos.