: Dolores Aleixandre Parra
: La hendidura de la roca Variaciones sobre el Cantar de los Cantares
: PPC Editorial
: 9788428822848
: Sauce
: 1
: CHF 8.90
:
: Religion/Theologie
: Spanish
: 224
: DRM
: PC/MAC/eReader/Tablet
: ePUB
El intento de estas páginas es leer el Cantar de los Cantares desde otra 'hendidura de la roca', descodificando de alguna manera su lenguaje y buscando las líneas de fuerza que coinciden con las constantes de cualquier relación amorosa, sea cual sea su cualidad concreta (esponsalidad, amistad, filiación...). Eso nos permitirá descubrir, por ejemplo, que, cuando el padre de la parábola le dice a su hijo mayor: 'Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo' (Lc 15,31), está expresando algo muy parecido a lo que declara la novia del Cantar: 'Mi amado es para mí y yo para él' (Cant 2,16), porque el dinamismo de mutua pertenencia y de totalidad están siempre presentes en el amor. Y, por eso, cuando ella afirma: 'Lo agarré y no lo soltaré' (Cant 3,4), se está refiriendo a la misma experiencia de Pablo cuando dice: 'Continúo mi carrera por ver si consigo alcanzar a aquel por quien he sido alcanzado' (Flp 3,12). En cada capítulo, después de la introducción, aparecen estos apartados: - Centellas de fuego (Cant 8,6): textos de san Juan de la Cruz, lector por excelencia del Cantar, y de san Juan de Ávila, que, sin hacer referencia explícita a él, se mueve dentro de sus mismas claves y lo expresa en un castellano rotundo y maravilloso. - Con cuánta razón eres amado (Cant 1,4): textos de diferentes autores en los que resuena con música de distintos 'instrumentos' el tema de fondo de cada capítulo. - Detrás de la tapia (Cant 2,9): propuestas de lectura del Cantar en clave global y solidaria, en un camino de 'descenso' hacia el mundo de los empobrecidos, que paradójicamente invierte la dirección mística de 'ascenso' hacia Dios, pero que acaba en idéntico término. Porque 'ambas experiencias nos acercan y anticipan, aún en un espejo, lo que será el gozoso encuentro con el Compasivo (Is 49,10)' (J. L. Segovia). - En la hendidura de la roca (Cant 2,14): sugerencias de profundización orante que permitan utilizar el libro en tiempos de oración personal, días de retiro o de Ejercicios.

Dolores Aleixandre Parra es religiosa del Sagrado Corazón de Jesús. Ha sido profesora de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia Comillas, en Madrid, y ha formado parte del Consejo de Redacción de las revistas Sal Terrae y Catequistas. Habitualmente da ejercicios espirituales y retiros y se mueve en el ámbito de la Biblia y la espiritualidad. Colaboradora de las revistas Sal Terrae, Christus, Alandar, 21 y Vida Nueva, es autora de más de 20 libros, entre los que destacan: Círculos en el agua (1999), 'Dame a conocer tu nombre'. Imágenes bíblicas para hablar de Dios (1999), Compañeros en el camino. Iconos bíblicos para un itinerario de oración (2000), Esta historia es mi historia. Narraciones bíblicas vividas hoy (2001), Relatos desde la mesa compartida. Aproximación bíblica y catequética a la eucaristía (2003), Hilvanes y pespuntes (2012), Las puertas de la tarde. Envejecer con esplendor (2008) y Escondido centro (2014).

INTRODUCCIÓN


 

En el Congreso Internacional de Ejercicios ignacianos (Loyola, 1991) hubo un debate interesante sobre si en san Ignacio de Loyola estaba presente la mística esponsal, como en san Bernardo o san Juan de la Cruz, o si más bien prefería hablar de la relación con Dios en términos de «Señor» o «Rey». Alguien dijo que el lenguaje de Ignacio era el de un vasco sobrio y contenido, pero que su expresión «ser puestos con el Hijo» expresa la misma totalidad de relación que el lenguaje nupcial de los místicos.

En todo caso, al hablar de Dios como «Esposo», como «Señor» o como «Padre» estamos empleando algunas de las infinitas metáforas que nos ofrece la Escritura a la hora de dirigirnos a Aquel que es el origen de todo. Lo intuye Rilke en uno de sus poemas:

 

¿Eres el Padre nuestro? ¿Y yo, yo habré

de llamarte Padre?

Eso sería igual que separarme mil veces de ti.

Tú eres mi hijo. Te reconoceré

como se reconoce al hijo único amado

cuando se llega a ser hombre, un hombre anciano1.

 

Aceptar esta «movilidad» de lenguajes y esta pluralidad de nombres a la hora de invocar a Dios y relacionarnos con él supone una gran liberación: por una parte nos sitúa en continuidad con la audacia de los profetas, que se dirigen a él desde un «imaginario» variadísimo y sorprendente, y, por otra, nos permite acceder al Cantar de los Cantares con una mirada diferente y asomarnos a su «jardín» sin que nos lo impidan las tapias que a lo largo de los siglos se han ido levantando en torno a él. Una de esas «tapias» ha sido la polémica entre dos posturas que se consideraban irreconciliables: la de una lecturaalegórica, inspirada en los Padres, que ve solamente en él una parábola del amor entre Dios y el alma, y laliteral,que lo contempla simplemente como un conjunto de canciones de amor con un fuerte componente erótico. Unos han huido de la primera, porque las imágenes nupciales en la relación con Dios les resultan demasiado intimistas e individualistas, mientras que otros han evitado leerlo, desconcertados por el atrevimiento de su lenguaje sexual.

Pienso que hay una «tercera vía» de lectura, y es escucharloen estéreo, es decir, aprendiendo y disfrutando de su visión tan gozosa y positiva de la relación amorosa entre un hombre y una mujer, tejida de igualdad y reciprocidad, quedándonos a la vez deslumbrados al leer esa relación como una bellísima parábola del amor de Dios. El amor humano se convierte entonces en un «lugar teológico» capaz de expresar algo de la cercanía, la preocupación, el vehemente deseo que fluye entre Dios y los seres humanos, en una metáfora que nos revela algo inaudito: así nos ama Dios y así somos amados: con esa pasión, con esa impaciencia, con ese júbilo2.

«Deseamos a Dios a partir de una experiencia humana», afirma Bernardo Olivera, ex Prior General de la Orden Cisterciense: «En el nivel de la consciencia, estas experiencias se traducen en símbolos que remiten y expresan lo deseable e inefable. Nuestra concepción de Dios nace de nuestras disposiciones y deseos, porque, como dice san Bernardo: “El que llamemos a Dios con los diversos nombres de Padre, Maestro o Señor no quiere decir que haya alguna diversidad en su naturaleza simplicísima y completamente invariable, sino una múltiple variación en nuestros afectos según los diversos progresos o defectos de nuestra alma” (Sermones varios8,1)»3.

Por eso, el intento de estas páginas es leer el Cantar y, ya que estamos con las metáforas, desde otra «hendidura de la roca», descodificando de alguna manera su lenguaje y buscando las líneas de fuerza que coinciden con las constantes de cualquier relación amorosa, sea la que sea su cualidad concreta (esponsalidad, amistad, filiación...). Eso nos permitirá descubrir, por ejemplo, que cuando el padre de la parábola le dice a su hijo mayor:«Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31), está expresando algo muy parecido a lo que declara la