En el Congreso Internacional de Ejercicios ignacianos (Loyola, 1991) hubo un debate interesante sobre si en san Ignacio de Loyola estaba presente la mística esponsal, como en san Bernardo o san Juan de la Cruz, o si más bien prefería hablar de la relación con Dios en términos de «Señor» o «Rey». Alguien dijo que el lenguaje de Ignacio era el de un vasco sobrio y contenido, pero que su expresión «ser puestos con el Hijo» expresa la misma totalidad de relación que el lenguaje nupcial de los místicos.
En todo caso, al hablar de Dios como «Esposo», como «Señor» o como «Padre» estamos empleando algunas de las infinitas metáforas que nos ofrece la Escritura a la hora de dirigirnos a Aquel que es el origen de todo. Lo intuye Rilke en uno de sus poemas:
¿Eres el Padre nuestro? ¿Y yo, yo habré
de llamarte Padre?
Eso sería igual que separarme mil veces de ti.
Tú eres mi hijo. Te reconoceré
como se reconoce al hijo único amado
cuando se llega a ser hombre, un hombre anciano1.
Aceptar esta «movilidad» de lenguajes y esta pluralidad de nombres a la hora de invocar a Dios y relacionarnos con él supone una gran liberación: por una parte nos sitúa en continuidad con la audacia de los profetas, que se dirigen a él desde un «imaginario» variadísimo y sorprendente, y, por otra, nos permite acceder al Cantar de los Cantares con una mirada diferente y asomarnos a su «jardín» sin que nos lo impidan las tapias que a lo largo de los siglos se han ido levantando en torno a él. Una de esas «tapias» ha sido la polémica entre dos posturas que se consideraban irreconciliables: la de una lecturaalegórica, inspirada en los Padres, que ve solamente en él una parábola del amor entre Dios y el alma, y laliteral,que lo contempla simplemente como un conjunto de canciones de amor con un fuerte componente erótico. Unos han huido de la primera, porque las imágenes nupciales en la relación con Dios les resultan demasiado intimistas e individualistas, mientras que otros han evitado leerlo, desconcertados por el atrevimiento de su lenguaje sexual.
Pienso que hay una «tercera vía» de lectura, y es escucharloen estéreo, es decir, aprendiendo y disfrutando de su visión tan gozosa y positiva de la relación amorosa entre un hombre y una mujer, tejida de igualdad y reciprocidad, quedándonos a la vez deslumbrados al leer esa relación como una bellísima parábola del amor de Dios. El amor humano se convierte entonces en un «lugar teológico» capaz de expresar algo de la cercanía, la preocupación, el vehemente deseo que fluye entre Dios y los seres humanos, en una metáfora que nos revela algo inaudito: así nos ama Dios y así somos amados: con esa pasión, con esa impaciencia, con ese júbilo2.
«Deseamos a Dios a partir de una experiencia humana», afirma Bernardo Olivera, ex Prior General de la Orden Cisterciense: «En el nivel de la consciencia, estas experiencias se traducen en símbolos que remiten y expresan lo deseable e inefable. Nuestra concepción de Dios nace de nuestras disposiciones y deseos, porque, como dice san Bernardo: “El que llamemos a Dios con los diversos nombres de Padre, Maestro o Señor no quiere decir que haya alguna diversidad en su naturaleza simplicísima y completamente invariable, sino una múltiple variación en nuestros afectos según los diversos progresos o defectos de nuestra alma” (Sermones varios8,1)»3.
Por eso, el intento de estas páginas es leer el Cantar y, ya que estamos con las metáforas, desde otra «hendidura de la roca», descodificando de alguna manera su lenguaje y buscando las líneas de fuerza que coinciden con las constantes de cualquier relación amorosa, sea la que sea su cualidad concreta (esponsalidad, amistad, filiación...). Eso nos permitirá descubrir, por ejemplo, que cuando el padre de la parábola le dice a su hijo mayor:«Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31), está expresando algo muy parecido a lo que declara la