Es jueves, Jueves Santo. El día sacerdotal. El día en que el memorial de la cena del Señor adquiere una especial densidad que lo distingue del que celebramos cada día, cada domingo, en la eucaristía, cuando hoy el gesto del celebrante de despojarse de la casulla y arremangarse arrodillado a lavar los pies de los fieles nosre-signaen nuestra condición sacerdotal de servidores, de Iglesia servidora, y de ministros servidores de la comunidad. Hoy experimento que mi vida, mi opción, tiene sentido cuando la vivo arrodillado a los pies de mis hermanos y hermanas con los que voy caminando en la Iglesia, como Iglesia, en el seguimiento de Jesucristo. Tiene sentido cuando la vivo eucarísticamente, dispuesto a dejarme tomar, a dejarme bendecir, a ser partido y comido por mis hermanos, en la entrega de la propia vida.
Hoy es costumbre intercambiar felicitaciones y deseos de vida con hermanos sacerdotes, y sentirnos alentados y consolados mutuamente en nuestro ministerio, para ayudarnos a vivirlo con fidelidad y agradecimiento. Es el día en que algún amigo de los de toda la vida, laico, como todos los años desde mi ordenación, me felicita y agradece mi ministerio.
Lo estoy viviendo de manera distinta a otros años, porque, al no tener actualmente una parroquia, puedo venirme al monasterio de Santa María del Paular a celebrar el Triduo Pascual con la acogedora comunidad benedictina y los huéspedes que estos días comparten la vida monástica. Es el segundo año que puedo hacerlo. El año pasado nevó copiosamente. Este llueve mansa e insistentemente. La lluvia no me impide, al hacer un alto en mi oración y meditaciones, salir a caminar a media mañana por el sendero que, atravesando el bosque, lleva hasta Rascafría, con la intención de desentumecerme, tomar un café y regresar después al monasterio.
Al llegar al pueblo entro en un bar que atiende una mujer. Supongo que la propietaria. Le pido mi café cortado en una pausa que hace en la animada conversación que mantiene con los dos únicos parroquianos, y, tras servirme, la reanuda para decir: «Yo prefiero ir a la procesión de la cofradía, aunque reconozco que no voy mucho a misa,porque los curas son hombres y mienten mucho».
Mi educación exquisita me impide entrar a discutir esa afirmación, que escucho en silencio, aunque bastante sorprendido. Pago «religiosamente» mi consumición, me despido y vuelvo a la lluvia y al camino, pensando que no podía esperar mayor bofetada sin manos en este día sacerdotal para hacerme topar con la cruda realidad de lo que la Iglesia y los curas significamos hoy para un número no despreciable de personas, incluso de creyentes. Más aún, teniendo en cuenta actualmente el dolor provocado a tantas víctimas inocentes por el pecado-delito de la pederastia en el seno de la Iglesia.
No sé si ambos argumentos –ser varón y mentiroso– van indisolublemente unidos en el imaginario de esta señora. Supongo que no se refiere a que los hombres mentimos más que las mujeres. No hay evidencia científica, y tampoco de lo contrario. Me preocupa más que haya querido expresar que los sacerdotes que conoce o ha conocido tienen poco que ver con la verdad, en el sentido de autenticidad. Que no descubra en su vida el testimonio coherente de una vida auténtica, incluso en medio de las contradicciones que todos tenemos; es decir, una vida que manifieste vitalmente aquello –a Aquel– en quien dicen creer. Que sean personas a las que es mejor no escuchar, porque ya sabemos que no hacen lo que dicen.
Esta posible incoherencia no es patrimonio sacerdotal exclusivo, sino humano. Mal de muchos... Por ahí puedo consolarme, aunque sea un consuelo efímero, porque se supone que los creyentes en Jesucristo hemos de ser, en el encuentro con él, buscadores incansables de la Verdad de nuestro existir.
En esas cavilaciones voy regresando al monasterio, para enfrascarme en la lectura del texto que Cristina me ha pedido, con sorpresa por mi parte, que le prologue. Y el contraste es realmente tremendo, y apropiado. Así que tengo que agradecer al Espíritu esa manera de hablarme que tiene a t