INTRODUCCIÓN
EL PORQUÉ DE ESTE LIBRO
MEMORIA VIVA DEL PASADO, IMPULSO PARA EL PRESENTE, PROYECTO DE FUTURO
El amable lector que comienza a hojear con curiosidad este libro debe conocer el hilo que enhebra sus apretadas páginas. Los materiales de los que está construido corresponden a diversos artículos publicados en revistas cuya referencia precisa se ofrece al final. Pero esos bloques han sido reestructurados de acuerdo con un proyecto que se resume ya en el título. ¿Cuál ha sido el movimiento histórico, latente o no explícito, que subyace a los eventos eclesiales de los últimos cincuenta años?
Para responder a la pregunta conviene hacer un rapidísimo trazado de algunas realidades que jalonan el camino de la Iglesia en este medio siglo y que nos ayudan a situarnos en el momento histórico en que nos encontramos, tan nuevo y tan diverso de entonces, y tan necesitado, hoy como entonces, de la alegría del Evangelio. Lo vamos a hacer proponiendo cuatro etapas entramadas sutilmente entre sí: la euforia del primer posconcilio tras el malestar bajo Pío XII; las contestaciones surgidas inmediatamente en el segundo período posconciliar; la restauración bajo Juan Pablo II y Benedicto XVI, y las expectativas suscitadas por el papa Francisco y los interrogantes sobre el futuro de la Iglesia.
1. Euforia del inmediato posconcilio
Para una Iglesia que parecía anquilosada en el escenario de un mundo transformándose en ámbitos muy significativos, el Concilio Vaticano II supuso un auténtico torbellino de cambio. De pronto se abrieron las ventanas y una bocanada de aire fresco oxigenó a la comunidad católica. Un clima nuevo, un espíritu distinto, invadió la Iglesia toda. Fue una inflexión histórica.
Entre los aspectos positivos del Concilio que causaron entusiasmo destaca, sin duda alguna, la renovación litúrgica, que dio respuesta a los múltiples deseos del movimiento iniciado a comienzos del sigloXX; basta con recordar –como podemos hacerlo quienes peinamos canas– las celebraciones de «la misa», de los sacramentos, de la oración de la Iglesia, hechas en una lengua incomprensible para el pueblo de Dios, y caeremos en la cuenta del cambio de galaxia que supuso la implantación de la lengua vernácula. El diálogo con Dios a partir de su Palabra se hace inteligible y directo. El sujeto de la celebración no es el cura, sino la comunidad cristiana presente. Las celebraciones se han liberado de su atadura unilateral al rito romano y están abiertas a la inculturación en las diversas lenguas, costumbres y culturas de la Iglesia universal. La distribución de las lecturas se ha ampliado, de forma que los creyentes pueden escuchar (o leer) los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento en toda su riqueza. En síntesis: son muchos los laicos que consideran la nueva comprensión y vivencia de la eucaristía como la clave de todo lo recibido del Vaticano II.
Tampoco se puede desconocer el sí fundamental del Concilio a la renovada ciencia bíblica, que ha conducido a un estudio intensivo de la Sagrada Escritura y a una transmisión del mensaje bíblico de acuerdo con el cambiado horizonte de comprensión del lecto