Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Según los datos oficiales, fue a las 4:40 de la mañana, a los 82 años de edad, en su cama –que por tal pudo tener la que ocupaba en la Ciudad Sanitaria «La Paz»– tras una agonía interminable. Dos días después, D. Juan Carlos de Borbón accedió a la Jefatura del Estado con el título de rey e iniciamos la transición a la democracia. Cuando el 27 de diciembre de 1978 el monarca sancionó la nueva constitución en una sesión conjunta de las dos Cámaras –Congreso y Senado–, el Estado confesional había dado paso a un Estado laico.
Nadie arrebató a la Iglesia los privilegios que tenía antes. Fue la Iglesia misma quien renunció a ellos por boca del cardenal Tarancón en la homilía pronunciada el 27 de noviembre de 1975, durante la Misa del Espíritu Santo con la que D. Juan Carlos quiso comenzar su reinado:
Para cumplir su misión, Señor, la Iglesia –le dijo el cardenal– no pide ningún tipo de privilegio. Pide que se le reconozca la libertad que proclama para todos; pide el derecho a predicar el Evangelio entero, incluso cuando su predicación pueda resultar crítica para la sociedad concreta en que se anuncia; pide una libertad que no es concesión discernible o situación pactable, sino el ejercicio de un derecho inviolable de todo hombre 1.
1 VicenteEnrique y Tarancón,Confesiones. Madrid, PPC, 1996, p. 866.
Merece la pena resaltar el sentido verdaderamente admirable de responsabilidad por el bien común que manifestaron los principales protagonistas de la vida pública española durante aquellos años de la transición: las Cortes franquistas prefirieron hacerse a sí mismas el haraquiri, aprobando la Ley de Reforma Política, antes que provocar un nuevo enfrentamiento sangriento entre españoles; D. Juan de Borbón renunció a sus derechos dinásticos como jefe de la familia real, para no dividir al pueblo español; los partidos de izquierdas renunciaron a su reivindicación ancestral de establecer un régimen político republicano para no dar pie a que resucitaran nuestros demonios domésticos; la Iglesia –acabamos de recordarlo– renunció a la confesionalidad del Estado para evitar una guerra religiosa; por último, todos los partidos políticos renunciaron a introducir en la Carta Magna elementos partidistas para lograr que la constitución fuera verdaderamente de todos los españoles.
Desgraciadamente, en los últimos años el clima se ha enrarecido tanto que un prestigioso sociólogo se pregunta:
¿Vuelve el español por donde solía, como decía Antonio Machado, y nos encontramos otra vez a las dos Españas enfrentadas? ¿Vamos a la creación de dos polos socio-culturales antagónicos: la España católica y la España laica? 2.
2 Rafael Díaz-Salazar,El factor católico en la política española. Del nacional-catolicismo al laicismo. Madrid, PPC, 2006, p. 7.
Desde luego, los enfrentamientos entre los obispos españoles y los poderes públicos no son solo cada vez más frecuentes, sino también más agrios; siendo hasta el momento la Iglesia quien está perdiendo la batalla ante buena parte de la opinión pública. Es triste que la imagen de la Iglesia católica –tan buena en los años de la transición– se esté deteriorando cada vez más y haya pasado de ser todavía en 1990 la segunda institución más valorada, después del sistema de enseñanza 3, a ser en nuestros días la menos valorada, junto con las empresas multinacionales 4.
3 FranciscoAndrés Orizo,Los nuevos valores de los españoles. España en la Encuesta Europea de Valores. Madrid, Fundación Santa María, 1991, p. 144.
4 Fundación BBVA,Actitudes sociales de los españoles, julio de 2007, p. 31.
El que fuera obispo auxiliar de Valencia, Rafael Sanus, escribió:
Algunos obispos hablan con tal arrogancia y seguridad, con un estilo tan tajante y autoritario, que producen alergia y aversión en quienes les leen o escuchan. Parece que siempre hablan contra alguien o contra algo 5.
5 Rafael Sanus Abad, «La Iglesia en un Estado aconfesional», enEl País, 14 de marzo de 2005, p. 14.
De hecho, hemos asistido al resurgir del anticlericalismo, con una agresividad que creíamos felizmente superada.
En medio de esas refriegas, algunos católicos están incondicionalmente con sus obispos, pero otros muchos están desconcertados y no saben qué postura tomar. Con seguridad no les gustan algunas leyes aprobadas en los últimos años, pero a la vez piensan que estamos en un Estado laico y no debemos imponer nuestros criterios éticos a quienes no los comparten. Les hieren profundamente las burlas a los sentimientos religiosos de no pocos medios de comunicación y artistas, subvencionados incluso con dinero público, pero también piensan que es el precio a pagar por la libertad de expresión. Marcan, quizás, en su declaración de la renta, la casilla de la Iglesia católica, pero les hacen mella los argumentos de quienes dicen que un Estado laico no debería financiar actividades religiosas que solo interesan a una parte de los ciudadanos...
Mi intención, al dar estas páginas a la imprenta, es facilitar una reflexión serena sobre todos estos temas, que permita a los