EVANGELII GAUDIUM:
DESAFÍOS DESDE LA CRISIS
JOSÉ LUIS SEGOVIA BERNABÉ
Instituto Superior de Pastoral
UPSA (Madrid)
1. Un novedoso punto de partida
Posiblemente, una de las principales novedades de la exhortación apostólicaEvangelii gaudium(EG) es la originalidad de su autor. En efecto, se trata de un papa latinoamericano, buen conocedor de los rigores que causan la pobreza y la exclusión social. En un momento de eclosión de la «aldea global», el Sur, que se encarama en lo alto de nuestras vallas fronterizas, que irrumpe en nuestras plazas y calles, que colorea nuestras ciudades y pueblos y tiñe con tonos nuevos y vivaces nuestras comunidades cristianas, se ha instalado en el corazón mismo del Norte. Tenemos un papa del Sur. ¡Toda una novedosa manera de vivir, sentir, pensar y expresar la fe! Con independencia de si lo hace mejor o peor, se ha producido un imponente salto cualitativo en la Iglesia. Ya es excéntrica: el centro ha dado paso a los márgenes. La añosa Europa cede el testigo a las jóvenes Iglesias de otros continentes. Por primera vez la periferia nos preside y nos confirma en la fe. El nombre elegido por el pontífice, Francisco, constituye toda una declaración de intenciones.
Sin ninguna violencia y con la mayor naturalidad, la periferia, personalizada en el papa Francisco, trae aquello que en el decir de Juan Pablo II debería caracterizar a la nueva evangelización: un nuevo ardor, un nuevo lenguaje y un nuevo método1. Su propuesta es elementalmente evangélica: una Iglesia abierta al diálogo y al encuentro con el otro, pobre y entregada a su servicio; solidaria, fraterna, «en la calle», «de salida», fiel al Evangelio sin glosa y atenta al Espíritu. Sin duda, las circunstancias, el pensamiento y la historia de Jorge Bergoglio antes de su sorpresiva elección2condicionarán el desarrollo de un pontificado en el que subyacerá la centralidad de los pobres: «Cualquier comunidad que pretenda subsistir tranquila, sin ocuparse creativamente» de ellos y de incluir a todos, «correrá el riesgo de su disolución» y «terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas» (EG 207).
Un nuevo ardor desde «nuevas» categorías
El «ardor» del papa Francisco se traduce en la pasión por evangelizar. Afirma lo obvio: ¡es un mensaje de alegría! No acentúa tanto si se trata de impulsar la «nueva» o la «novísima» evangelización. Supone una decidida apuesta por el retorno al Evangelio, la vuelta a la experiencia originante, por beber de la tradición fundante. Desde las primeras líneas, como quien se dirige a un ejercitante, el papa invita en la exhortación apostólica a aprovechar el momento presente para encontrarse personalmente con Jesucristo. La vuelta a lo esencial recuerda aquella expresión feliz de Benedicto XVI, cuando señalaba que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva (cf.Deus caritas est1).
Este «ardor» busca una Iglesia volcada al exterior, no preocupada por sí misma («no autorreferencial», gusta repetir Francisco). Entre Evangelio e Iglesia hay una relación de fin a medio; no al revés. «Quiero que la Iglesia salga a la calle a armar lío, quiero lío en las diócesis, quiero que nos defendamos de todo lo que es mundanidad, comodidad, clericalismo, de lo que es estar encerrados en nosotros mismos», afirma. Sin duda, el papa lo está consiguiendo. Y lo hace recordándonos que lo más opuesto a la fe no es la increencia, sino el miedo, el repliegue sobre sí y la falta de confianza en el Señor. Por eso Jesús dice a sus asustados discípulos: «Hombres de poca fe, ¿por qué tenéis miedo?» (Mt 8,26); de ahí su apremiante petición: «No tengáis miedo».
Resulta novedoso que Francisco no identifique mundanidad3con contaminación mundanal, mucho menos con ubicarse en el corazón del dolor humano y en sus miserias; todo lo contrario: llama mundanidad al repliegue timorato, al carrerismo eclesiástico, al dejarse atrapar por los falsos ídolos y