Quiero construir una casa en el silencio,
sin paredes ni ventanas,
para aquietar el pensamiento
en la oscuridad iluminada.
Andrea Luca
Hoy se habla mucho y se escucha poco. Basta con asomarse a cualquier tertulia en los medios o en conversaciones entre amigos y familiares. Todos hablan al mismo tiempo y casi no se escucha. Esto no es sino un síntoma de la falta de silencio existente en la sociedad.
El silencio ayuda a controlar las emociones y deseos. Nos libera de intereses mezquinos, de apegos, preocupaciones y temores. Nos ayuda a poner orden en el caos interior de nuestras emociones y pasiones. Es libertad del corazón. El silencio interior nos revela la auténtica esencia del alma.
El silencio conlleva capacidad de escucha, de diálogo, de reflexión y profundidad en la palabra. El silencio es el arte de toda conversación. Nos ayuda a situarnos en el lugar del otro, a ser comprensivos y compasivos. Es, a veces, un modo de comunicación más efectivo que las palabras.
Aporta ver con la mente y el corazón la realidad que nos rodea, la realidad del mundo en que vivimos, un mundo desbordado de ruidos –ruidos exteriores y ruidos interiores– que ahogan la vida e impiden que germine la espiritualidad y broten la alegría y la esperanza.
La ambición económica, la corrupción y especulación financiera, el afán de tener, de dominar, de sobresalir y la búsqueda insaciable de placeres destruyen lo más noble que existe en el corazón humano: la capacidad de amar y de contemplar la vida con la mirada transparente y limpia de un niño.
Muchos hombres y mujeres de hoy, materializados por el consumismo, no saben lo que es el frescor de una tarde de primavera. Han perdido el sentido de la contemplación, de maravillarse ante la inmensidad del mar, del bosque o del desierto, de sorprenderse contemplando en la noche el cielo estrellado y de extasiarse ante los gestos sencillos de la gente humilde. Han perdido la sensibilidad para encontrar en lo pequeño la grandeza de la vida, la belleza, la armonía, la paz interior.
Son incapaces de quedarse solos, sin móvil, sin Internet, sin televisión, sin aparato de sonido, sin vehículo… Tienen miedo al silencio y a la soledad. Tienen miedo de escuchar la voz que viene de dentro, la voz que nunca miente, la voz de la conciencia, que siempre nos acompaña y nos dice lo que es ético y lo que no lo es.
Es necesario liberars